La Última Vela Violeta: El Pesebre vacío y el corazón lleno
Cuarto Domingo de Adviento
El Amor que Todo lo Envuelve El abuelo se emociona recordando la Nochebuena que está a punto de llegar.
Mis cachitos de cielo, mis últimos días de Adviento… Hoy encendemos la cuarta y última vela violeta. La corona está completamente iluminada y el belén casi terminado. Solo falta el Niño… porque todavía no ha nacido.
Hoy hablamos del amor. El amor más grande, el que no cabe en el pecho. El amor que hizo que Dios se hiciera tan pequeñito como vosotros cuando erais bebés.
La lectura de hoy es siempre el anuncio del ángel a María o a José. A mí me gusta especialmente la de José: un hombre bueno que, al saber que María está embarazada, decide dejarla en secreto para no perjudicarla. Pero el ángel le dice en sueños: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.

Y José se levantó, obedeció y cuidó a María y al Niño con un amor que no cabe en palabras.
Por eso este domingo preparamos el belén con más cariño que nunca. Ponemos musgo fresco, el río de papel de plata, las ovejitas… y dejamos el pesebre vacío. Algunas familias envuelven al Niño Jesús en pañal blanco y lo esconden; los niños más pequeños lo buscan la mañana de Navidad y lo colocan entre María y José mientras cantan “Noche de Dios”.
Hoy también hacemos la “noche de los deseos buenos”: cada uno escribe en una estrella de papel dorado una obra de amor que quiere hacer en Navidad (visitar a un abuelo solo, compartir juguetes, rezar por los niños que no tienen papá ni mamá…). Colgamos las estrellas en el árbol y las guardamos para releerlas el año que viene.
Oración final del Adviento junto a las cuatro velas encendidas:
“Dios Padre, que tanto amaste al mundo que nos diste a tu Hijo único, María, Madre del amor hermoso, José, guardián silencioso y fuerte: preparad nuestro corazón como preparasteis el pesebre de Belén. Que Jesús nazca de nuevo en nosotros esta Navidad y que su amor nos cambie para siempre. Amén.”
Y ahora, mis niños, solo queda una cosa: esperar despiertos. Porque dentro de muy poquitos días escucharemos campanas, cantaremos “Noche de paz” y el Niño Dios llamará suavemente a la puerta de nuestro corazón.
El abuelo os abraza muy fuerte y os quiere hasta el cielo de ida y vuelta. ¡Feliz, santa y bendita Navidad!

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