13 julio, 2026

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La red de los abuelos

La sabiduría de nuestros mayores como red de protección existencial

La red de los abuelos

La larga duración de la sequía y los devastadores incendios estivales consiguieron que se deseara la lluvia con fervor. Al principio fue muy bien recibida, pero, conforme el pantano próximo a nuestro pueblo acumulaba agua con avaricia y los pluviómetros medían elevadas cantidades, se evidenció que el desastre sería considerable para la agricultura. A los fuertes aguaceros se unió la acción del pedrisco y del viento, que derribó muros, árboles y viejos refugios de labranza. Almendros, uva, cítricos y otros frutales y cultivos bajos de la huerta se vieron afectados y los caminos quedaron intransitables.

Aún era verano. Como la tormenta impedía faenar en el campo, un vecino amigo de la familia aceptó el reclamo de mi abuelo, que lo había invitado a pasar la mañana en nuestra casa. Después de almorzar lo cocinado por mi abuela, se pusieron a jugar a las cartas. Entre bromas y veras, los dos septuagenarios disfrutaron con deleite hasta la hora de la comida, pero fui yo quien más gozó observando sus gestos y expresiones de complicidad generacional. A la sazón, en un rincón del comedor, sin que me molestara su conversación de fondo en torno a la fortuna que les deparaban los naipes -más bien al contrario-, me encontraba leyendo La tía Tula, la íntima y estremecida novela de Miguel de Unamuno (1864-1936).

Mientras me adentraba en las peripecias de la relación cotidiana entre Rosa, Gertrudis y Ramiro –personajes centrales del relato–, una mágica descarga de felicidad primaria se instaló en mi ánimo. Fue una sensación penetrante y duradera. Siempre tuve presente su recuerdo, pero nunca salvo hoy me detuve en analizar su significado. Ahora, cincuenta años después de haber sucedido, he caído en la cuenta de que su vivencia fue el reflejo del íntimo sentimiento de saberme vitalmente protegido por mis abuelos paternos y maternos. Sus efectos me han acompañado a lo largo de la vida.

Sin el menor asomo de vacilación puedo decir que, en todo tiempo, detecté en ellos una peculiar capacidad para desvelar la verdad acerca de lo real y comunicarme su profundo saber acerca de la riqueza y los límites de la existencia. Su conocimiento adquirido con la decantación de las experiencias habidas en el transcurso de los años ha sido para mí una magnífica enseñanza que, al ofrecerme una unidad sistemática y transparente de la vida, ha contribuido a que no me perdiera en su maremágnum.

Ellos desempeñaron un papel decisivo en mi crianza infantil, pero, por encima de cualquier otra circunstancia, con su visión del mundo aprendí a ser persona. Me transmitieron su noción de los principios morales, pero también la no menos importante sabiduría popular de las costumbres y tradiciones de épocas pasadas, representativas de una sociedad básicamente rural ya casi desaparecida. De ahí que lo dicho a veces por mí de manera espontánea, como si fuera la última novedad de mi intransferible pensamiento, es una idea de alguno de mis abuelos que, enquistada en mi cerebro desde la más tierna infancia, rompe de pronto su envoltura y, apoderándose de mis neuronas, se impone y adquiere nueva carta de naturaleza.

Estas cualidades descubiertas en la convivencia con mis abuelos me dejaron una singular huella biográfica, que se ve todavía más confirmada cuando, en muchos trances de la existencia diaria, siento su presencia en mis rasgos físicos, gestos, tendencias, aficiones e incluso en mis achaques de salud. A veces tengo la impresión de estar aún bajo su autoridad y predicamento, como si ellos siguieran viviendo en mí y, a su vez, yo viviera de ellos.

Pero mi opinión sobre este asunto no es una excepción antropológica: en general, sucede lo mismo en casi todas las familias de las diferentes culturas, las de ayer y las de hoy. Testigos de una historia personal y comunitaria, los abuelos no solo son un incuestionable tesoro para los nietos, sino que, gracias a su legado –afectivo, emocional, cultural…– se logra un fecundo equilibrio intergeneracional. No hay duda: en el trapecio de la vida los abuelos son siempre la segura red que nos protege ante la caída en picado de nuestro vuelo existencial. ¡Esperemos que siga ocurriendo así en las generaciones futuras!

Pedro Paricio . Dame tres minutos

Exaudi Redacción

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