La mística del perdón
La fuerza invisible de los pequeños gestos cotidianos que sostienen a las familias y sanan el alma
Una madre deja sin respuesta el portazo de un hijo y a la hora de cenar le pone el plato delante como siempre. En la oficina, un compañero recibe el reconocimiento que otro había ganado, y este no protesta; en casa, después de una discusión, uno de los dos busca la mano del otro sin haberlo planeado. Estos perdones no salen en ninguna parte. Se cuenta el visible: el abrazo, las palabras, el gesto público que repara una herida conocida. El invisible es la parte sumergida del iceberg, mucho mayor que la otra, y la que la sostiene.
La unidad de una familia descansa en los miles de pequeños perdones de cada día. Un matrimonio no aprende en cuarenta años a no hacerse daño. Aprende a perdonarse el daño que se hace, una y otra vez, sin ceremonia. Una amistad se sostiene con las concesiones invisibles de cada semana. Entre hermanos las heridas son más antiguas, una rivalidad nunca resuelta o la preferencia que los padres parecieron tener por otro, y el perdón puede tardar años en llegar. Una de las grandes historias del Antiguo Testamento es la de José perdonando a los hermanos que lo habían vendido como esclavo: «Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo pensó para bien» (Gn 50, 20).
Desde fuera, quien aguanta con resentimiento y quien aguanta perdonando pueden parecer iguales. El primero acumula silencios que acaban fermentando. El segundo mantiene el corazón libre para seguir queriendo. En esa diferencia interior reside lo que llamo mística del perdón: la profundidad oculta del gesto ordinario, el modo en que un acto pequeño, una protesta que se calla o un cuerpo que vuelve a buscar al otro, alcanza una región del alma que el observador no ve. La casa o la oficina son ya lugares místicos, aunque nadie los llame así.
Algunas personas han vivido ese perdón con tal intensidad que su biografía ha quedado como testimonio para los demás. Edith Stein, filósofa judía alemana y discípula brillante de Edmund Husserl, se convirtió al catolicismo y entró en el Carmelo en 1933, con el nazismo ya en el poder. Tomó el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz. En 1938 la trasladaron a Holanda para protegerla. Allí, escribió un testamento en el que ofrecía su vida, entre otras intenciones, por la salvación de Alemania, el país que iba a matarla, y por la paz del mundo. El 2 de agosto de 1942, en represalia por la carta pastoral en que los obispos holandeses protestaban contra la deportación de los judíos, las SS irrumpieron en el convento de Echt y se la llevaron junto con su hermana Rosa, también conversa. «Ven, vamos por nuestro pueblo», le dijo a Rosa. Murieron en Auschwitz el 9 de agosto.
Otra mujer asesinada en un campo nazi pertenece a una tradición cristiana distinta, la ortodoxa. Elizaveta Pilenko nació en Riga en 1891, en una familia aristocrática rusa, y fue una poetisa de cierta celebridad. En el exilio parisino enterró a una de sus hijas pequeñas. En 1932 hizo votos como monja con el nombre de María y poco después abrió una casa de acogida para emigrados sin recursos en el número 77 de la rue de Lourmel. Durante la ocupación nazi, María Skobtsova convirtió aquella casa en escondite para judíos perseguidos y, junto al sacerdote Dimitri Klepinin, falsificó certificados de bautismo que salvaron numerosas vidas. La Gestapo la detuvo en febrero de 1943. Murió en la cámara de gas de Ravensbrück el 31 de marzo de 1945, Sábado Santo, posiblemente tras ofrecerse para ocupar el lugar de una compañera judía más joven. El Patriarcado Ecuménico de Constantinopla la canonizó en 2004. Sus compañeras de barracón recordaban que escuchaba a quienes ya no querían vivir. En ella amar y perdonar eran un solo gesto.
Estas vidas son apenas la parte emergida del iceberg. Debajo, en el anonimato, hay millones de personas: hijos que vuelven a llamar sin haber recibido disculpa y vecinos que dejan pasar el agravio. Sin esos perdones no quedaría en pie ninguna familia ni comunidad. La mística del perdón no es privilegio de unos pocos. Brota en lo oculto, en lo más profundo del alma, donde uno puede abrazarse con Dios.
El perdón. Una sabiduría silenciosa, Rafael Domingo Oslé, La Esfera de los Libros, Madrid, 2026.

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