15 mayo, 2026

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Rosa Montenegro

08 diciembre, 2025

6 min

La demora

Una iniciativa antropológica ante la desmesura

La demora

En un mundo que exige inmediatez, la demora no es un lujo: es una rebelión antropológica. Un modo de recuperar la dignidad en el tiempo y la relación cercana.

Quisiera empezar diciendo que lo mío no es juzgar, sino relatar: iluminar el recorrido que cada cual emprende cada día de regreso a casa. Por lo tanto, como un fotógrafo experimentado, buscaré tonalidades que lleguen al corazón y hagan pensar, sin pretender el acuerdo sobre cuestiones opinables.

Vivimos en el tiempo que nos toca, y es un tiempo alocado por la velocidad, los cambios y el vacío existencial que persigue en la sombra.

La voracidad informativa, que fragmenta la atención y la convierte en caza de lo efímero y nace del deseo de no quedarse “descolgado”.

Esa vigilancia permanente se parece mucho a la tensión del cazador: músculos en alerta, ojos sin pestañeo para no espantar la pieza.

En esta situación, la demora aparece como iniciativa antropológica para recuperar la pausa necesaria frente a la inmediatez exigida.

La demora no es pasividad, sino protagonismo ante fuerzas ajenas que capturan nuestra atención y regulan su intensidad según su conveniencia.

Tampoco es lentitud ni pereza, sino una decisión de habitar el tiempo. Tomar distancia prudente para gestionar el estímulo, esto es eficacia deliberada.

Tiene manifestaciones concretas que serenan el hacer y el relacionarse: escuchar sin mirar el reloj; prever la necesidad, silenciando las notificaciones; gestionar sin dispersarnos con la multitarea. Todo es cuestión de jerarquía: prioridades, silencio interior, ordenar el tiempo.

La demora se manifiesta en la conducta y es visible, siempre, tanto para quienes nos aman como para quienes no.

Nunca hemos tenido tanto a nuestra disposición para facilitarnos la vida, pero el tiempo “ganado” lo ocupamos con rapidez en la búsqueda de otros objetivos: prestigio, admiración, productividad… Surfeamos una ola que no genera paz, sino angustia y ansiedad insaciable. Siempre buscamos la ola más grande.

Hay que bucear en el propósito, en el para qué. Y para esto, necesitamos distancia que nos permita demorar nuestra respuesta a los estímulos que nos cercan con la voracidad del cazador.

 Somos la presa. Nunca lo olvidemos

A vivir se aprende viviendo. Vivimos en gerundio, y se aprende en el hogar, en familia.

Los padres, desde su madurez, ponen límites; ante ellos, los hijos se enfadan y protestan. No te asustes: tienes un hijo normal. Dale tiempo para digerir el límite y hacerlo suyo.

El ejemplo es clave, pero no pretendemos ser ejemplares. Luchamos, caemos, nos levantamos. Agradecemos y pedimos perdón cada día.

Si tú eres puntual, enseñas prioridades. Si aplazas un cigarrillo o un WhatsApp, manifiestas autodominio. Si no gritas, respiras y sonríes, comunicas señorío. Esa es la escuela de virtudes que los hijos necesitan para crecer en madurez y libertad.

En el ámbito de la alimentación, la llamada “dieta saludable” se ha visto contaminada por la lógica del culto al cuerpo, hasta convertir la comida, muchas veces, en una operación narcisista más que en un auténtico cuidado de la salud.

La mesa deja de ser lugar de encuentro, gratitud y disfrute compartido, para convertirse en un laboratorio de control: calorías, proteínas, grasas buenas o malas… Lo decisivo deja de ser la relación con los otros para centrarse en lo saludable.

El ideal de salud se reduce entonces a una imagen: un cuerpo esculpido, joven, optimizado, que debe exhibirse y mantenerse.

Mientras tanto, la atención se fragmenta entre etiquetas y valoraciones constantes.

El resultado paradójico es que se come con menos miradas y más ansiedad; menos desde la gratitud y más desde la complacencia. Se pierde así la dimensión antropológica más honda de la alimentación: ser un acto que nutre a la vez el cuerpo, el vínculo y el alma.

La concupiscencia tecnológica describe el apetito desordenado e insaciable por dispositivos y redes que nos atrapan, generando una adicción a la dopamina que fragmenta la atención. Es un efecto de la sociedad del rendimiento: la tecnología deja de ser herramienta y se convierte en amo.

Explota nuestra libertad bajo la apariencia de poderío convirtiéndonos en zombis adictos a notificaciones y “likes”.

Antropológicamente, esta concupiscencia erosiona la distancia que capacita la contemplación y la sustituye por vigilancia constante y consumo voraz que vacía el alma.

La tecnología seduce sin coaccionar, estimulando una falsa libertad que maximiza el rendimiento personal.

Plataformas en redes diseñan bucles de dopamina para capturar nuestra atención como mercancía, fomentando la impaciencia y presumiendo de la multitarea que destruye el gozo de lo poético, lo bello, lo relacional.

Pedagógicamente, esta dinámica afecta más a los jóvenes distorsionando la cultura – nunca hemos sido tan extensos en lo profundo-: la demora se hace imprescindible para el cultivo de la ética y la estética.

Frente a esta patología digital, la contemplación es lo que nos hace descubrir lo invisible. La acción concreta es sencilla y radical: apagar dispositivos para recuperar la atención profunda y la gratuidad.

Educar implica intencionalidad que provea modos de desapego ayudando a saborear la unidad en la diversidad. Es importante la sobriedad digital, templar los afectos y descubrir la belleza del acto creador.

Aplicar la demora ante la concupiscencia tecnológica significa introducir pausas intencionales que rompan la dependencia y devuelvan el señorío.

La vida no se nos escapa por falta de oportunidades, sino por falta de autodominio ante los estímulos. Detenernos antes de reaccionar, antes de opinar, antes de ceder a la vibración del teléfono que nos reclama con urgencia.

El futuro no pertenece a los más veloces, sino a quienes saben habitar el instante; a los que se permiten respirar, contemplar, escuchar y mirar a los ojos sin prisa; a los que sostienen el silencio sin miedo.

La demora es una forma de libertad. Y toda libertad auténtica empieza por saber esperar. La humildad es espera.

Estamos en Adviento, ¡tiempo de espera!

Como dice Simone Weil

“La atención produce la luz que permite ver”

Rosa Montenegro

Pedagoga, orientadora familiar (UNAV) y autora del libro “El yo y sus metáforas” libro de antropología para gente sencilla. Con una extensa experiencia internacional en asesoramiento, formación y coaching, acompaña procesos de reconstrucción personal y promueve el fortalecimiento de la identidad desde un enfoque humanista y transformador.