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Jesús Ortiz López

Voces

19 septiembre, 2025

9 min

La cruz y el mal

El sufrimiento humano, la libertad y la esperanza en la luz de Cristo crucificado

La cruz y el mal

La pregunta acerca del mal en el mundo recorre toda la historia de los hombres. ¿Por qué? Todos nos encontramos con algunas manifestaciones del mal tarde o temprano, pero no con el mal absoluto. Y gracias a Dios porque no podríamos soportarlo.

La Iglesia celebra la fiesta de la Cruz de Jesucristo con la gran esperanza que procede de Dios y alienta nuestra vida en medio de vicisitudes y dolores, mostrando que el hombre existe por amor y que el mal no tiene la última palabra.

Un interrogante universal

Unde malum? se preguntaba Agustín de Hipona, y añadía que, si me preguntan por el bien sí puedo responder algo pero no encuentro respuesta a esa pregunta acerca del mal. También los filósofos siguen haciéndose la misma pregunta sin respuesta adecuada, porque el mal necesita del bien para actuar, necesita la verdad para sustentar su mentira, necesita de lo bello para imponer su fealdad, necesita del amor para alimentar el odio, necesita del hombre para destruir su dignidad, necesita de Dios para afirmarse en su negación.

Los artistas han expresado dramáticamente algunas manifestaciones del mal. Goya en el fusilamiento sin rostro y desastres de la guerra; Picasso en el trágico Guernica; Munch en el grito sin consuelo, y tantos otros. La música, la literatura y la filosofía abordan el mal con inquietud y no hallan respuestas definitivas. Hannah Arendt hablaba de la banalidad del mal descubriendo su careta formada sobre el vacío; lo incomprensible que resulta Auschwitz; el genocidio de Pol Pot y tantos otros dirigidos por tiranos como Hitler o Stalin, y más cercanos como Mao; las deportaciones y hambrunas provocadas; la esclavitud. etcétera. En su inteligencia y acusada sensibilidad Zweig no pudo soportar la decadencia de Europa por las dos guerras y acabó con su vida.

Job no entiende

El libro de Job expresa el dramatismo del hombre que sufre con desconcierto lleno de interrogantes que los amigos no hacen sino agravar con sus torpes respuestas. Reniega de su existencia y se desea la muerte. Y sin embargo él logra ver una luz de esperanza porque conoce a Dios y sabe que no puede ser malo, que todo ese sufrimiento tiene un sentido. A sus preguntas sobre el mal Dios le responde con otras preguntas: ¿Dónde estabas cuando cimenté la tierra?, ¿quién señaló sus dimensiones o le aplicó la cinta de medir? ¿quién cerró el mar con una puerta? ¿has mandado en su vida a la mañana o señalado su puesto a la aurora? ¿has entrado en las fuentes del mar? ¿te han enseñado las puertas de la muerte? ¿puedes atar los lazos de la Pléyades o soltar las riendas de Orión? ¿le cazas la presa a la leona o sacias el hambre de sus crías? Al final Job responde: Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos; por eso, me retracto y me arrepiento, echado en el polo y la ceniza.

Y claro, el libro didáctico basado en hechos reales termina bien: Job vivió otros ciento cuarenta años, y conoció a sus hijos, y a sus nietos, y a sus biznietos. Murió anciano tras larga vida. The end feliz.

El misterio de la libertad humana

Ante la libertad humana unos se angustian como los existencialistas por darse cuenta de que es real y nos hace responsables de nuestros actos y de la propia vida que de ninguna manera está determinada. Otra cosa son los condicionantes que limitan pero no anulan sino configuran esa libertad como real de quien no es Dios. Asunto importante porque la inteligencia puede soñar la libertad infinita sin ningún límite pero choca con los límites de la vida.

Otros muchos experimentan los límites de la libertad humana y piensan que no es tal, sólo una apariencia pues seríamos víctimas del destino, la casualidad, el azar, o de unos dioses malignos. Ven la vida humana como una tragedia o al menos un drama con poca capacidad de maniobra.

A pesar de las teorías cada hombre o mujer percibe que hace su vida porque le da la gana, con limitaciones pero con verdadera libertad. La historia está llena de actores libres, héroes, líderes, y gente corriente que se hace responsable de sus aciertos y de sus errores, de sus obras buenas y de sus pecados, de sus virtudes y de sus vicios, con capacidad para añadir o rectificar, para conquistar su madurez y contribuir al bien común.

La Biblia está llena de llamadas a la libertad de cada persona pues tiene ante sí el bien y el mal concretos, en acciones habituales y en las extraordinarias. No tendría sentido apelar a una libertad inexistente y por ello a una sanción adecuada en esta vida o en la otra vida[i]. Los dioses fabricados por los hombres y sus tragedias no cuentan con la libertad sino que determinan el curso de los pobrecillos hombres. Pero no es así en la tradición judeocristiana porque el Dios real es bueno, no ha creado el mal, ha creado al hombre libre y le ayuda a llegar a su plenitud, aunque respeta la sorprendente capacidad para hacer el mal. La historia está llena de esas decisiones funestas del odio como también lo está de santos heroicos en el amor.

El cristianismo sabe quién es el hombre, cuál es su origen, y su finalidad, su vida real y la trascendencia de sus actos. El Catecismo enseña quién es el hombre llamado al amor pleno y muestra la experiencia de la condición humana porque viene de Dios, es criatura amada y capaz de amar, llamada a la felicidad eterna ganada con las obras libres en este mundo, camino de la vida eterna: coherente con la dignidad humana que ninguna otra criatura de la tierra puede tener[ii].

El mal no es una idea

Ya en el exordio de la historia el ser humano ha respondido al amor o lo ha rechazado conscientemente. Dios es el creador que ama la libertad y llama a todo hombre con la misión de completar la creación, trabajando dando amor y recibiendo amor.

Cuando hablamos del mal sabemos que no es una abstracción sino experiencia vital del pecado personal y de su daño al prójimo en el conjunto de la sociedad, de la familia, de la amistad. No es necesario demostrar científicamente que existe el mal pues lo tocamos a diario, lo encontramos en la sociedad, lo conocemos en la historia. Y parece muy cierta y sensata la enseñanza de la Escritura sagrada sobre el pecado de origen que ciertamente plantea algunos problemas pero más los plantea su negación.

La fe cristiana enseña que el mal tiene origen en la libertad humana y en la libertad superior del demonio, un ser creado por amor que se hizo odio, una criatura buena que se hizo malo en oposición a Dios creador. La existencia de Satán puede parecer simple a nuestra inteligencia pero no al conocer su grado de libertad y de inteligencia que le hace super responsable de sus decisiones. Ciertamente un misterio que invita a no ser superficiales en nuestra vida.

Ante el dolor causado por Satanás y por los hombres no encontramos muchas veces respuestas consoladoras aunque siempre podemos mirar hacia arriba, no para la queja sino para decidir hacer algo más. Ante una víctima, ante un herido, ante una criatura lo más humano es acompañar y apretar la mano que da esperanza. Los cristianos sabemos mirar a Jesucristo en la cruz, donde encontramos la respuesta vital al dolor y a los interrogantes.

Luz desde el arte

Entre otros artistas, Roger van der Weyden supo expresar el dolor, la aceptación y la redención obrada por Jesucristo en el calvario que se contempla en el monasterio de El Escorial.

Un fondo en rojo de sangre, un Cristo colgado con mansedumbre, una madre valiente que acompaña y sufre sin tragedia, y un joven Juan que también llora. Hay dolor pero hay sentido, hay misterio y redención, hay drama en el Calvario pero no hay tragedia. Hay certeza y equilibrio divino en una representación que es consuelo para quien contempla. Y lo mismo ocurre en infinidad de representaciones de Jesucristo crucificado por los hombres que perdona y se ofrece, que asume en su pasión todos los sufrimientos humanos. Hay innumerables crucifijos de madera, de piedra, de marfil, de bronce, plata y oro que enseñan más que cualquier filosofía, cualquier protesta, o cualquier desesperanza.

Tambien Velázquez supo plasmar en su crucificado del Museo del Prado la serenidad de Cristo muerto que habla al corazón y responde a cualquier pregunta sobre la realidad parásita del mal y principalmente acerca del sentido del dolor humano. Un hombre intelectual nada sentimental escribió su poema conmovido a este Cristo que lo dice todo. Valga una pequeña muestra de los versos de Unamuno:

¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?
¿Por qué ese velo de cerrada noche
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno cae sobre tu frente?
Miras dentro de Ti, donde está el reino
de Dios; dentro de Ti, donde alborea
el sol eterno de las almas vivas.

(…) oración final

Tú que callas, ¡oh Cristo!, para oírnos,
oye de nuestros pechos los sollozos;
acoge nuestras quejas, los gemidos
de este valle de lágrimas. Clamamos
a Ti, Cristo Jesús, desde la sima
de nuestro abismo de miseria humana,
y Tú, de humanidad la blanca cumbre,
danos las aguas de tus nieves.

Como en la cruz estaba ya el germen de la resurrección y de la nueva vida, así sucede también en los momentos de nuestro caminar que quizás son más oscuros: podemos pedirle al Señor su luz que disipa las tinieblas y que anticipa, como la aurora, el resplandor del día sereno.

***

[i] Ver Gn 1,27; Gn 3,1-13; Dt 30,11; Sal 32; Jn 8,34; Rm 6,16; Rm 8,20; Ga 5,1

[ii] CIgC, nn. 1730-1749; nn.396-421.

Jesús Ortiz López

Jesús Ortiz López es sacerdote que ejerce su labor pastoral en Madrid. Doctor en Pedagogía, por la Universidad de Navarra, y también Doctor en Derecho Canónico. Durante varios años ha ejercido la docencia en esa misma Universidad, como Profesor del actual Instituto Superior de Ciencias Religiosas. Ha dirigido cursos de pedagogía religiosa para profesores de religión. Es autor de varias obras de sobre aspectos fundamentales de teología y catequética, tales como: Creo pero no practico; Conocer a Dios; Preguntas comprometidas; Tres pilares de la vida cristiana.