Juan el Bautista – primo de Jesús
El vínculo familiar y la misión profética del precursor de Cristo
En pocos días la Iglesia celebra la fiesta de la Visitación de María. Con este motivo, deseo dedicar un artículo a San Juan Bautista, ya que es el origen de esta fiesta.
La genealogía de Jesús
En iglesias del Barroco y del Rococó, como San Miguel de Berg am Laim (Múnich) o Ettal (Alta Baviera), solía colgarse un gran cuadro de la genealogía de Jesús en uno de los altares laterales. En él se representan, junto a la Sagrada Familia, también a los padres de María, así como a su prima Isabel con Zacarías y Juan (el Bautista).
Quien encargó este cuadro quería resaltar un aspecto esencial de la vida de Jesús: su predilección por la familia como institución divina. Dios es un «hombre de familia». Él la creó y dejó que su Hijo viviera durante treinta años en el seno de una familia. No es de extrañar, por tanto, que el más grande y último profeta provenga del círculo de su propia familia, y de eso trata este artículo.
El vínculo con Jesús
De los cuatro evangelistas, Lucas es el único que nos narra la historia del Niño Jesús; en ella también se incluye la historia de Juan. El plan de Dios preveía que Juan viniera al mundo seis meses antes que Jesús. Este lapso de tiempo se explica porque Juan debía nacer sin pecado original gracias a la acción de Jesús.
Lucas dedica el primer capítulo de su Evangelio a la historia del nacimiento de Juan. Llama la atención que, al igual que con María, sea el arcángel Gabriel quien anuncie la buena noticia. De este modo, junto al vínculo temporal, se establece también otra conexión entre Jesús y Juan. Esta unión se ve reforzada por los lazos familiares: su madre, Isabel, es prima de la Madre de Jesús.
Este detalle revela con qué esmero Dios elaboró el plan de la redención. Y también la predilección que Dios siente por la institución de la familia —como ya se ha mencionado.
La Anunciación a María
En Lucas (1,26) leemos: «Al sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen». Para el autor del texto era evidente que la indicación temporal «al sexto mes» se refería al relato anterior sobre Juan.
Si Juan debía ser el precursor de Jesús, debía venir al mundo antes que Él. Hasta ahí, comprensible. Pero ¿con cuánta antelación debía nacer? Antes de dar la respuesta, demos un paso atrás y recordemos las palabras del ángel Gabriel a Zacarías: «Estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre» (Lc 1,15).
Me gusta citar, en este contexto, Isaías 49,1: «El Señor me llamó desde el seno materno; desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre».
Dios no solo tenía grandes planes para Juan; quiso conferirle una dignidad extraordinaria: una vocación singular y, además, la liberación del pecado original aun antes de su nacimiento.
María visita a Isabel
Dios había dispuesto que Jesús realizara este acto de liberación del pecado original. Pero Jesús aún no había nacido. Él vivía en Nazaret y Juan en Judea. Eso son más de 100 km de distancia. ¿Cómo resuelve Dios semejante «problema»?
Hace saber a María, por medio del ángel, que su prima mayor también espera un hijo. Para María estaba claro que Isabel, por su edad, estaría agobiada con el embarazo y necesitaría ayuda. María no lo piensa mucho y «cum festinatione», es decir, lo más rápido posible, se pone en camino hacia ella.
Dejemos que Lucas (1,41) nos cuente lo que ocurrió a la llegada de María a la casa de Isabel: «En cuanto Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó en su seno. E Isabel quedó llena del Espíritu Santo».
Aunque no es un dogma, algunos teólogos y místicos ven en ese momento en que el Niño Jesús liberó a Juan del pecado original. Así, Dios coloca a Juan en un pedestal: María está completamente libre del pecado original; Juan, ya antes de nacer; todos los demás, solo por el bautismo. Dios establece una clara jerarquía, que aquí se manifiesta. Con ello sitúa al profeta y pariente Juan en un nivel elevado, por encima de todos nosotros, pero por debajo de María, Madre, Hija y Esposa de Dios.
Ahora comprendemos el porqué de los seis meses. La precisión con la que Dios obra siempre me ha fascinado. Sobre todo, si se tiene en cuenta que el ángel solo menciona el embarazo de Isabel cuando María le formula una pregunta sobre el cómo de su propio embarazo. Esto nos recuerda que, aunque actuamos libremente, Dios integra nuestras acciones en sus planes.
El ángel Gabriel no le ordena a María que visite a su prima para que Dios pueda obrar el milagro. Él conoce el modo de pensar de María y sabe lo que la noticia del embarazo de su prima provocará en ella. Dios no impone sus planes. Respeta plenamente nuestra libertad. Sin embargo, es capaz de llevar a cabo sus designios sin violentar nuestra libertad. En eso se manifiesta su verdadera omnipotencia.
Isaías (65,23) lo expresó en una sola frase: «Mis elegidos no trabajarán en vano». Dicho de otro modo: todos somos colaboradores en los planes de Dios.
La misión de Juan
Que Dios tenía grandes proyectos con Juan lo sabían las gentes de Judea desde muy pronto. En el texto de Lucas (1,66) leemos que los vecinos de Zacarías e Isabel «lo guardaban en su corazón diciendo: ¿Qué llegará a ser este niño? Porque, en verdad, la mano del Señor estaba con él».
El evangelista Juan (1,6-7) describe con mayor precisión la misión del Bautista: «Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él».
Juan dijo de sí mismo: «Yo soy la voz del que clama en el desierto: Allanad el camino del Señor» (1,23). A la pregunta de si era profeta, respondió que no. Y, sin embargo, no solo era profeta, sino el más grande y, a la vez, el último.
En Mateo 11,9-10 leemos lo que Jesús dijo a la multitud sobre Juan: «¿Qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: Mira, yo envío mi mensajero delante de ti, el que preparará tu camino… Entre los nacidos de mujer no ha surgido nadie más grande que Juan el Bautista».
Con este texto Jesús describe la misión de Juan y resalta su honor, que es mayor que el de un profeta.
Juan bautiza a Jesús
Juan recibió una tarea muy concreta: bautizar a Jesús. En ello sucedió algo único: toda la Trinidad estuvo presente en ese bautismo. Tan importante era este acontecimiento en el plan de la redención.
Al principio, Juan rechazó esta misión por humildad. En Juan 1,33 leemos: «Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo».
Como profeta, Juan debía anunciar la venida del Mesías y preparar al pueblo para ella (Lucas 1,17). En el versículo de entrada de la misa de la fiesta de Juan se dice: «Vino como testigo para dar testimonio de la luz (es decir, de Jesús) y preparar al pueblo para el Señor». En latín la expresión es aún más elocuente: «Parare Domino plebem perfectam», es decir, «preparar para el Señor un pueblo perfecto».
En el Evangelio se encuentran muchos pasajes que se refieren a Juan. Con ello, los evangelistas documentan la importancia sobresaliente del Bautista, profeta y pariente de Jesús.
Juan ante Herodes – la voz de la verdad
Ya hemos escrito sobre la firmeza de Juan. Esta la llevó a denunciar al rey Herodes por adulterio. Herodes percibía la autoridad espiritual y la integridad de Juan. Aunque este lo criticaba duramente por su matrimonio ilegítimo con su cuñada Herodías, Herodes buscaba conversar con él. En Marcos 6,20 leemos: «Se quedaba muy perplejo al oírle, pero le escuchaba con gusto».
Este breve texto confirma lo que Jesús dijo sobre Juan: no se deja doblegar y nombra el pecado con claridad, aunque el destinatario sea un rey.
Enseñanzas de la vida de Juan
De los muchos textos sobre Juan el Bautista se desprenden, a mi parecer, varias enseñanzas para nosotros:
- Firmeza en la verdad sobre el pecado, unida a un trato conciliador con la persona afectada.
- Llevar hasta el final, con valentía, la misión recibida de Dios.
- Acercarse a Dios con humildad.
- Confiar en que los planes de Dios son la mejor opción para nosotros.
Conclusión
Aunque la vida del Bautista se desarrolle en un nivel más elevado que la nuestra, de ella podemos extraer enseñanzas importantes para nuestra propia vida: Dios tiene un plan claro para cada uno de nosotros; depende de nosotros acogerlo y realizarlo en plena libertad. Cuando Dios propone un plan a una persona, también le concede las gracias necesarias para llevarlo a cabo: «Te basta mi gracia; pues la fuerza se manifiesta plenamente en la debilidad» (2 Corintios 12,9).
Juan vivió hace más de 2000 años. Su testimonio es más actual que nunca.

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