Jesús, confío en Ti
Ariadna y Jordi: un testimonio luminoso de duelo transformado en esperanza. Cómo una familia cristiana de Sant Cugat del Vallès vive la muerte de sus padres con paz, alegría y una confianza absoluta en el Sagrado Corazón de Jesús
Albert Cortina conversa con Ariadna Soteras Ferrer y con Jordi Gimeno Bou un matrimonio que constituyen, junto con sus hijas Marta y Giorgina, una familia maravillosa residente en Sant Cugat del Vallès (Barcelona). Ambos son fundadores de “L’Ariadna i en Jordi, Catering” un catering artesanal para empresas. (https://ariadnaijordi.es/ ).
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Ariadna, recientemente ha fallecido tu padre Josep Maria con 96 años. Me consta que se ha sentido amado y cuidado por vosotros hasta el último instante de su vida. ¿Cómo se puede sobrellevar la pérdida de un ser querido desde la fe y la esperanza?
Doy gracias a Dios de lo afortunados que hemos sido. Hemos disfrutado de mi padre durante muchos años, con una buena salud tanto física como mental. Mi padre ha sido un hombre sencillo, pero de mucha fortaleza, voluntad y gran resiliencia. Un entusiasta de la vida que animaba a vivirla con valentía.
Con 18 años ingresó como hermano jesuita, secretario del Padre Lluís Artigues. Su dedicación a la gente joven del barrio chino de Barcelona, a través del deporte y la montaña, ayudó a muchos jóvenes a encontrar su camino, fuera de las calles.
Más adelante se casó con mi madre, Maria del Carme, y aunque se llevaban 18 años de diferencia, han formado un tándem ideal a lo largo de casi 60 años.
Esta experiencia vital de mi padre nos ha enriquecido mucho. Nos ha enseñado a entregarnos y amar sin condición ni mesura.
Cuando mis padres se casaron, la madre de mi madre —mi abuela— fue a vivir con ellos. Yo lo viví de una manera muy natural. Con los años me he dado cuenta de que poca gente ha convivido con sus abuelos en la misma casa. Mi abuela se hizo mayor a los 70 años, y mis padres la cuidaron con todo amor y dedicación en casa hasta que falleció a los 94.
Esta entrega adquirió significado cuando yo maduré. Me di cuenta de que fue un acto de profunda heroicidad para el matrimonio, de absoluta entrega y renuncia a una vida cómoda.
Mi padre siempre quiso estar fuera de su círculo de confort para poder dar lo máximo de sí mismo. El esfuerzo y la resiliencia eran su motor.
Tuvo muchas oportunidades en la vida para hablarnos y dejarnos su legado. Como él me explicaba, la educación de la fe ha de ser como la lluvia del norte: ese chirimiri que te atreves a afrontar sin paraguas porque crees que no llueve demasiado, pero acabas empapado. Esa lluvia discreta de amor que te inunda el corazón. Así transmitía él la fe y los valores de la vida: con el ejemplo y con anécdotas.
Cuando mi padre dio su último aliento, yo no estaba presente. Por suerte, mi madre sí. Recé muchas veces a San José, patrón de la buena muerte, pidiéndole que muriera durmiendo y acompañado de mi madre. Así fue, la madrugada del 28 de octubre a las 4 de la mañana, con total paz, después de una semana en la que pudimos hablar con él, acompañarlo, acariciarlo y despedirnos.
Cuando fui a verlo, vi tan claro que mi padre no yacía allí. Su cuerpo era pura materia, pero su espíritu seguía vivo en nosotros. En mí.
La tarde de la vela, personas que hacía mucho tiempo que no lo veían me comentaron cuánto me parecía a él. Mi madre lo confirmaba, hablando de características de mi carácter tan iguales a las suyas.
Ahora veo a mi padre en la picardía de mi hija Georgina, en la sobriedad y austeridad de mi hija Marta. Lo veo en el gran corazón de mi sobrino Pau, y en la valentía de mi hermano Oriol.
Siempre he tenido muy presentes las palabras de mi padre. A menudo pienso cómo él resolvería esta o aquella dificultad. Siempre con la mirada al frente, con gran fortaleza y valentía.
“Trabajar, trabajar. A Dios rogando y con el mazo dando”, me decía.
Otra de las frases que me ha servido mucho ha sido esta de San Ignacio de Loyola: “En tiempo de desolación, no hacer mudanzas”.
O el “menjar poc i pair bé”.
Tantas y tantas frases que se nos han quedado grabadas y tanto nos sirven.
Creo profundamente que mi padre está más que nunca con nosotros. Que nos acompaña y nos sigue guiando.
Es labor de padre ser fuerte y demostrarlo. Animar a todos a continuar, a no desanimarse.
A mí, en vida de mi padre, me costaba desmoronarme delante de él. No me lo permitía.
Cuando estaba en cama, en sus últimos días, fue la primera vez que pude llorar abiertamente y decirle cuánto lo quería, cuánto me había ayudado.
Eso me permitió empezar a tratarlo de otro modo: el modo con que lo trato ahora. Sin demostrarme fuerte, solo acompañándonos. Así que lo siento muy cercano

Jordi, tú también has perdido a tu padre y a tu madre a lo largo de estos últimos años. Seguro que sigues rezando por la salvación de sus almas. ¿Cómo sientes que ellos interceden por vosotros?
Es una cuestión de fe. Creo y sé, que están en el cielo. Que están presentes en nuestras vidas. Y desde aquí mantengo una relación a distancia con ellos. Al inicio mi sentimiento era como una sensación de vacío descomunal, pero al mismo tiempo de alegría, paz y esperanza porque entiendo que siguen estando de alguna manera aquí, aunque de otra forma. He comprendido que debía cambiar la forma de relacionarme con ellos. Y hacerlo desde la distancia, reconociendo que nosotros aquí no podemos concebir de forma natural su pérdida. Y es cuando la fe y la esperanza nos sostienen para seguir hablando con ellos. Ahora velan por todos nosotros y les pido consejo para que sostengan la unión de toda nuestra familia, intercediendo por cada uno de todos mis hermanos y sobrinos.
Desde que murió mi madre, (8 años atrás perdí a mi padre), muchas cosas nos han cambiado; y para bien. Ella sigue actuando en nuestras vidas, intentando alzar todas nuestras miradas y nuestras diferencias, que ella muy hábilmente sabía conciliar. Entre nosotros lo hemos hablado y a todos, algo nos ha cambiado. No es un sentir, es una certeza que proviene de la fe y de la esperanza a través del amor de Dios que nuestros padres cultivaron en nuestras vidas, y de la fe que nos transmitieron. Somos cuerpo y alma y puesto que sus cuerpos nos han dejado, sigue quedando el alma con la que nos seguimos relacionando con la ayuda de Dios.
Ariadna, el mismo día que acababais de enterrar a tu padre, por la noche, en el Monasterio de Sant Cugat del Vallès, tu y Jordi os dirigisteis al encuentro del Señor asistiendo a la Santa Misa y posteriormente, realizasteis un rato de oración y adoración ante Jesús Eucaristía. En esos momentos: ¿qué le decías al Señor?, ¿cómo sentías que Él te consolaba?
Me sentí muy acompañada por el Señor, y empecé a notar allí la presencia de mi padre. Pero aquel día estaba tan cansada que, simplemente, estar delante de la custodia era suficiente. No hacía falta explicar nada. Solo le pedí que mi padre encontrara el cielo y que lo acogiera.
Hay días en que el agotamiento no te permite mantener un diálogo con el Señor. Acompañar y estar en su presencia ya es suficiente.

Jordi, tú eres un hombre que transmites serenidad y bondad. ¿Cómo crees que podemos dar esperanza a aquellas personas que tal vez lo han perdido todo, que están sumidas profundamente en la desesperación y en el sufrimiento, o que están pasando en estos momentos por un duelo muy difícil de soportar?
La esperanza es un aspecto troncal en la manera de ser cristiano. Es una virtud teologal que proviene de la fe. Sin fe no hay esperanza. Esperamos porque confiamos en Dios -nuestro Salvador- que actúa en nosotros en los momentos difíciles y, por supuesto, también en los momentos de alegría.
Ariadna y yo trabajamos juntos, y durante años hemos pasado momentos de dolor, sufrimiento, presión, dificultades económicas, depresión, etc.
Ante estas situaciones, uno llega a entender que la vida también es dolor y sufrimiento. No obstante, solo cabe aceptarlo, acogerlo y soportarlo. Y cuando escribo esto, yo mismo, me digo: esto es muy fuerte, tiempo atrás, incluso, para mí, resultaba inconcebible. Sin embargo, ciertamente, la cuestión es: ¿cómo hacerlo?, ¿cómo soportarlo?, ¿cómo sobrellevarlo?
Buscas consuelo y solo logras encontrarlo mirando a Jesús en la cruz. El dolor no desaparece, pero empiezas a aceptarlo, a sobrellevarlo, incluso a quererlo. Porque detrás de todo este sufrimiento está lo que quiere Dios que cambiemos en nuestras vidas. Es entonces cuando aparece la transformación de uno mismo. Y cuando te das cuenta de que el cambio es evidente, ya no hay vuelta atrás.
El sufrimiento es nuestra cruz. Como cristianos debemos amar la cruz. Aceptamos las cruces que nos vienen a lo largo de nuestra vida, porque a través de ellas, nuestra mirada cambia y se eleva a Jesucristo que nos ilumina para configurarnos, con amor, hacia la fe y la esperanza.
Creo que no debemos centrarnos en las dificultades, ni mucho menos recrearnos en ellas, sino que hay que tomar conciencia de que es en esos momentos cuando Dios nos transforma y nos permite liberarnos. Solo cabe soportar. Y soportar para que Dios nos corrija, nos transforme, nos purifique y nos eleve la mirada. Es todo un proceso en donde el origen del sufrimiento va desvaneciéndose porque lo integramos en nuestro ser y ese sufrimiento transforma nuestra mirada a través de ese proceso que es la acción que Dios quiere ejercer en nosotros mismos.
Ariadna, siempre que te veo muestras una amplia sonrisa en tu rostro a todos los que te rodean. Con ello, das un precioso testimonio de que los católicos debemos anunciar el Evangelio en nuestra vida cotidiana con alegría. ¿De dónde sale esa cualidad que ilumina todas las virtudes con las que debemos guiar nuestras vidas siguiendo el plan de Dios?
Es herencia de mi padre. Su entusiasmo me lo transmitió. Solo hay que ver sus ojos y su sonrisa.
Precisamente, en sus últimos días le dije:
—Papá, ya podías haberme dejado tus ojos verdes. Y él me contestó:
—Estos ojos se tienen que saber llevar.
Entendí perfectamente lo que me quería decir: todo lo que te ha sido dado, agradécelo y no hagas vanagloria de ello.
Él siempre fue un hombre tenaz, con una voluntad muy grande. Siempre nadó a contracorriente. Debió tener mucha fortaleza. Ese espíritu optimista alimentaba su entusiasmo y alegría.
Siempre he anhelado que las personas reconocieran en mí que soy cristiana por mi actitud, más que por los signos visibles.
Pienso que, como seguidores de Cristo, tenemos que proclamar su mensaje evangélico con alegría, entusiasmo y esperanza.
Mi etapa juvenil como scout en la comunidad de los Maristas me permitió vivir la fe en comunión con la montaña y la naturaleza, y eso ha alimentado mi actitud toda la vida.
Mi admiración y gratitud por la creación me llenan de gozo. Y doy infinitas gracias al Creador.
Con el lema “Siempre disponible”, mi espíritu de servicio ha ido creciendo poco a poco.
El entusiasmo es reflejo de la alegría interior que a su vez es el fruto de la satisfacción de saber que te esfuerzas para hacer las cosas bien.
Un mes antes de que mi padre nos dejara, organicé un encuentro intimo entre mis padres y un sacerdote. Fue una fiesta en la tierra. Mi padre pudo confesarse y recibir la unción de enfermos, junto con mi madre. Esto les dio tanta paz y fortaleza que les ha permitido afrontar el final de la vida con mucha, mucha esperanza. A mí me sorprendió por que su actitud no ha sido en ningún momento el de afrontar los últimos días de vida en la tierra. Era una actitud de ir aceptando lo que pasaba, de calma sin prisas, de acompañamiento, de lágrimas dulces.
Le decíamos a mi padre que se adelantara tranquilamente, que nosotros aquí cuidaríamos de nuestra madre. Que él nos cuidara desde el cielo.
Hasta el final su rostro denotaba serenidad y me atrevería a decir que entusiasmo. Y su sonrisa reflejaba la alegría de quien sabe que va al encuentro del Padre.

Jordi, vosotros participáis activamente en muchas de las actividades que se organizan en vuestra parroquia de Sant Pere Octavià, en el Monasterio de Sant Cugat del Vallès, y además, os habéis integrado en uno de los grupos de matrimonios que recibís formación y compartís la fe y la oración. ¿Cuál crees que es el valor de la comunidad en la vida cristiana, especialmente en estos tiempos tan inciertos y confusos en que vivimos?
Si, participamos voluntariamente en la organización del Centro de Preparación al Matrimonio (CPM) desde hace dos años, e impartimos formación de preparación matrimonial a los jóvenes que deciden casarse por la iglesia.
Es un proyecto muy enriquecedor no solo para las parejas que acogemos, sino también para nosotros mismos.
Nos ayuda a difundir la complicidad con el Señor. Explicar el verdadero significado de la presencia de Dios en la Iglesia y concienciar que el compromiso que contraen los futuros esposos no es solo entre ellos mismos, sino que establecen una alianza con Dios, para formar un proyecto de vida y de familia y llegar a ser verdaderas iglesias domésticas.
Dentro de este contexto resaltamos el valor de la comunidad cristiana en el sentido de tener un lugar y un grupo de personas donde compartir y poder hablar, sin temores, sobre los valores del matrimonio cristiano.
Procuramos tejer lazos de confianza y sensibilidad para poder hablar de cuestiones que fuera del ámbito de la Iglesia, corren el peligro de tratarse con frivolidad o se corre el riesgo de polarizar al futuro matrimonio cuando se comentan en el ámbito familiar de los padres, de los hermanos o de las propias amistades.
Es un espacio y un tiempo donde la presencia del Señor nos aúna y reconforta, puesto que es Él quien nos ha unido en el grupo. Todos voluntariamente participamos en las reuniones y el Señor hace el resto. Él actúa y promueve la complicidad y la apertura de nuestros corazones. Dialogamos con la máxima discreción, sensibilidad, compartiendo alegrías y tristezas, miedos y proyectos de futuro.
La ilusión y el interés que despiertan estas sesiones en las parejas que acogemos llega hasta tal punto, que una vez acabado el cursillo, digamos oficialmente, seguimos reuniéndonos para compartir y participar de cómo Dios va actuando en nuestras vidas.
Ariadna, tenéis dos hijas preciosas, Marta y Giorgina. Formáis una familia muy hermosa. Muchos padres creyentes a veces no saben cómo transmitir la fe a sus hijos respetando su libertad y con naturalidad. ¿Cómo lo hacéis vosotros?
Es el mayor regalo que Dios nos ha dado en esta vida, después de permitir que Jordi y yo nos encontrásemos.
La formación cristiana de nuestras hijas nos ha ayudado a tener un lenguaje común de fe en casa. De esta manera, no actuamos de forma independiente en la fe, sino que nos enriquecemos y animamos mutuamente en cada etapa de nuestro crecimiento espiritual.
Desde la Primera Comunión de nuestras hijas y al acompañarlas en su formación, hemos podido incorporar en nuestra dinámica cotidiana símbolos y prácticas de nuestra fe. Por ejemplo, bendecir la mesa. En cada comida le toca a uno de nosotros dar gracias por algo concreto del día.
También rezamos juntos por la noche, ya sea en una habitación o en otra. Rezamos el rosario cuando vamos todos en coche. Damos gracias cuando volvemos de una salida o de unas vacaciones. Hacemos oración de intercesión por las personas que necesitan nuestras plegarias. Ofrecemos sacrificios que nos cuestan para que otros estén mejor etc.
Semanalmente, buscamos momentos de adoración familiar delante del Santísimo. Esto es un chute de paz y esperanza increíble para nuestra familia.
Estar todos los miembros de la familia en silencio delante del Santísimo es como recibir una luz sanadora. Es sorprendente como nos va transformando.
Todas estas acciones son pequeñas prácticas que permiten que nuestra atención diaria esté siempre impregnada por la fe. Se trata, precisamente, de eso: de vivir con la luz de la fe, de ir “impregnando” todo lo que vivimos a través de la fe.
De esta manera, nuestra mirada sobre la vida va cambiando, y es entonces cuando la gratitud nos invade junto con el entusiasmo y la alegría.
Todo se entrena, y todo es cuestión de voluntad: incluso el amor y la alegría. Debemos conseguir que, cuando pase el sentimiento, llegue la auténtica plenitud fruto del trabajo, de la constancia en la entrega, de la voluntad de amar cada día más y mejor.
Yo le pido a Dios que toque el corazón de mis hijas, como tocó el mío. Que haga que se enamoren de Él.
Que sepan llevar todo lo aprendido al corazón. Que sepan discernir y se pregunten: en esta ocasión, ¿qué haría Jesús?
También hay que dejar espacio a los adolescentes. Es importante dejarles tiempo para que pasen de hacer las prácticas de fe por rutina o para hacer el checklist, a hacerlas con el corazón.
Es un camino totalmente intimo con el Señor y hay que respetar los tiempos. Creo que es importante que hablemos al Señor de nuestros hijos igual que lo hacemos de nuestro marido / mujer. Es muy bueno rezar por ellos.

Jordi, la oración es una conversación intima con la Santísima Trinidad. ¿Cómo es tu dialogo con Dios Padre, con Jesús y con el Espíritu Santo?
La oración es la clave de nuestra conexión con Dios. Se puede orar de tantas formas tan diversas y distintas. Yo intento no tratar de recitar oraciones repetitivas, aunque sí lo hago como medio para poner mi espíritu en la presencia de Dios para que la inspiración y la imaginación actúen en percibir la presencia del Señor e iniciar un dialogo con Él.
Durante el día destino varios momentos de oración. Por la mañana al levantarme. En el trayecto al trabajo rezamos el rosario con Ariadna. Durante el día mientras trabajo y sobre todo por la tarde. Es como establecerse una propia regla monástica Íntima y personal.
Marcando los tiempos del día en donde necesito un pensamiento hacia Él, y concienciarme de que no me aparto de Él. Utilizo alarmas recordatorias en el teléfono para no despistarme. A veces son momentos cortos: un recordatorio, una mirada, una oración. Nuestras obligaciones cotidianas no nos permiten más.
Por la mañana a Dios Padre le agradezco la vida que me ha dado y que intento vivir para corresponder a su Amor, como creador de todas las cosas.
A Dios Hijo, a través de sus enseñanzas transmitidas en el Evangelio, que leo a diario, le pido que me instruya en el camino; y le hablo, abiertamente, sobre todo aquello que ocupa mis pensamientos. A veces genuinamente se abre mi inspiración y le hablo como si estuviera delante mío. Otras veces me cuesta establecer esa conexión y acudo a la intercesión de la Virgen María a quien me imagino cogiéndome de la mano para acercarme a su Hijo a quien le digo: Jesús, en ti confío. Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío.
Al Espíritu Santo le pido la inspiración, pero sobre todo que mis pensamientos, mis palabras, y mis obras de cada día, tengan valor para dar gloria de Dios. Que me ayude a detectar de dónde nacen mis actos, mis palabras, mis pensamientos.
Un ejercicio que me ayuda muchísimo es el de pedir la gracia de los dones del Espíritu Santo: le pido sabiduría para reconocer la verdad en todo momento; fortaleza para resistir todo aquello que no sea acorde con los valores cristianos y defender la gloria de Dios; entendimiento para comprender las situaciones a las que me enfrento y discernir como debo actuar ante cada cuestión y situación; conocimiento para saber apreciar el valor y la belleza del obrar de los demás; piedad para saber perdonar y actuar en ayuda del prójimo; y finalmente, reconocer siempre el marco donde me muevo como cristiano, es decir, el ámbito de la jurisdicción de Dios, que no es más que actuar por Amor.
Al atardecer, me siento ante el Santísimo y me reconforto ante Él. Es tiempo de repaso del día acontecido. Ya todo está hecho y solo cabe discernir los sentimientos como los he percibido y aceptado.
No todo es gloria, la mayoría de los días es total sequía, es como hablar ante la pared. Pero no desisto, insisto. No me decepciono, vuelvo a intentarlo, una vez y otra y las que haga falta. Es cuestión de fe. La fe me reconforta, me alucina.
Hay un pasaje del Evangelio según San Marcos que me ayuda mucho: el de la mujer que solo le bastó tocar el manto de Jesucristo, al pasar por la calle, en medio de la gente para reconocer su fe. Y la reacción de Jesús al notar la presencia de aquella mujer es impactante.
Jesús se dio cuenta enseguida de que de Él había salido poder. Pero se volvió a la multitud y preguntó: “¿Quién ha tocado mis vestidos?” Sus discípulos le dijeron: “Estás viendo que la multitud te apretuja, y preguntas: ¿Quién me ha tocado?”
Entonces la mujer, que sabía lo que en ella había ocurrido, con temor y temblor se acercó y, arrodillándose delante de Él, le dijo toda la verdad.
Llegar a sorprender a Jesús a través de nuestra fe, y de nuestra insistencia sostenida en la esperanza. ¿No supone, acaso, un reto?

Ariadna, una de las virtudes que nos enseña nuestra Madre, la Santísima Virgen María, es la humildad. ¿Cómo es tu fiat, es decir, tu si al Señor en tu día a día? ¿Cómo entiendes el “Hágase Tu Voluntad” del Padrenuestro?
Mi fiat es ahora incondicional.
Hemos pasado muchas dificultades con Jordi, y todo ello ha fortalecido mucho nuestra fe.
Somos emprendedores en un negocio con mucha competencia y, en estos veintiún años de trayectoria profesional, trabajando juntos, codo a codo, nos ha pasado de todo.
A nivel personal también nos ha tocado afrontar enfermedades y dificultades económicas.
He tenido la suerte de que mi padre siempre confió en mí y me animó. Él me decía: “Tú trabaja y deja trabajar al Señor”.
Nuestro fiat es conjunto.
Cuando me invade la incertidumbre, pienso en María: en cómo poco a poco fue adaptándose a la situación, aunque no le gustara, sin quejarse ni renunciar al sufrimiento.
Detrás de cada angustia hay una oportunidad.
Ya hace muchos años que no le pido nada concreto al Señor. Es mi socio en la vida, así que Él sabe mejor que yo lo que necesito. Su plan es perfecto. Únicamente le pido que me de fortaleza para afrontarlo.

Jordi, como ha proclamado la Iglesia Católica en distintos documentos magisteriales, los laicos tenemos como fin propio santificar el mundo desde dentro y ser contemplativo en medio del mundo, pero sin ser del mundo. ¿Cómo vives tu condición de laico cristiano bautizado, así como la llamada universal a la santidad?
Mi opinión es que debemos concienciarnos de nuestra condición como laicos. Somos imprescindibles al servicio de la iglesia. Somos Iglesia. Y tenemos el deber de integrarnos a modo de lazo de conexión entre el mundo y el sacerdocio.
La sociedad cree que la iglesia vive en otra galaxia, que no es de este mundo. Y es cierto, así debe ser. Es la “atmósfera” en la que actúa el Espíritu de Dios que dicta a la Iglesia cuál debe ser su camino y el modo en que deben recorrerlo para poder transmitirnos cada día las enseñanzas de cómo debemos comportarnos y actuar como Pueblo de Dios.
Los laicos vivimos momentos en donde respiramos esta “atmósfera” (cuando oramos, asistimos a misa…) pero principalmente, vivimos en la vorágine de problemas, dificultades, de mentiras que cada día cuestionan nuestras creencias. Es nuestra dualidad; vivir en el mundo sin caer en los apetitos del mundo. Tenemos que vivir dándonos cuenta de cuál es la realidad que queremos vivir y cuál es la realidad que verdaderamente vivimos. Se hace necesario revestirnos de fe y esperanza, y tratar de aportar, explicar y hacer comprender a los sacerdotes las dificultades que nos toca vivir. La Iglesia anuncia la luz del Evangelio para cambiar nuestra mirada del mundo.
Tal vez, es como admirábamos de pequeños o, quizá todavía ahora, a nuestros ídolos del deporte o de la música por los dones que tienen al jugar o cantar. Del mismo modo debemos mirar a Jesucristo aún con mayor admiración y de este modo, intentar imitarle y reflejarnos en Él en nuestro actuar, pensar y hablar de cada día.
Así pues, debemos esforzarnos por adquirir y estar dispuestos a recibir sus dones y gracias para incorporarlos como hábitos en nuestras vidas. Orar, leer, asistir a misa, y estar siempre atentos a su presencia. El cómo lo perciban los demás, al vernos actuar así, es un misterio en donde solo Dios actúa despertando la curiosidad del prójimo.
Ariadna, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno es injusta. La caridad es una misión esencial de la vida de la Iglesia, junto con el Kerygma (anuncio de la Buena Nueva) y el culto debido a Dios (liturgia). ¿Cómo entiendes el servicio a los demás y la caridad? ¿Por qué crees que la caridad no puede ser solo una opción para el cristiano, sino una exigencia de la fe?
No ha sido hasta que he alcanzado una cierta madurez que me he visto capaz de intervenir ante el sufrimiento ajeno. Me sobrepasaba. Hasta que yo misma no lo he experimentado no me he sentido segura. Ahora me veo capaz de acompañar y compartir mi experiencia y esperanza para ayudar a sobrellevarlo. Siempre con la ayuda del Señor.
Creo mucho en los talentos naturales de las personas, que Dios nos ha dado. Deberíamos identificar nuestras cualidades y ponerlas al servicio de la sociedad. De esta manera, ofrecer nuestras capacidades no nos supondría un esfuerzo si no un entrenamiento.
Por ejemplo, yo soy muy entusiasta. Cuando Mn Emili – nuestro párroco en el Monasterio de Sant Cugat – nos pidió que nos formáramos para ofrecer acompañamiento a los jóvenes antes del matrimonio, Jordi y yo escogimos unas dinámicas que nos permitieran ofrecer nuestro testimonio de vida superando dificultades siempre bajo la luz de la fe y el acompañamiento del Señor.
Esta alegría que tan solo transmitimos como instrumentos de fe que el Señor nos ha concedido, sin ser para nada un valor propio, nos ha permitido poder seguir acompañando a todos los grupos a los que hemos ofrecido las sesiones iniciales, continuando con sesiones posteriores para compartir la fe en la vida cotidiana. De este modo, el Señor, se ha valido de nosotros como instrumentos.
Creo que tener siempre el radar encendido en modo “como puedo ayudar” es vital para tener una fe en buen estado de salud. No es siempre ayuda económica lo que se nos solicita. Al contrario, podemos hacer mucho más bien del que nos pensamos con las múltiples formas que hay de hacer caridad para paliar las múltiples pobrezas materiales y espirituales.
Jordi, muchas veces a lo largo de la vida llegan las pruebas y las dificultades de todo tipo. En esos momentos, Jesús parece susurrarnos estas palabras: “¿Por qué te confundes y te agitas ante esos problemas? Déjame el cuidado de todas tus cosas y todo te irá mejor. Cuando te abandones en Mí, todo se resuelve con tranquilidad según mis designios. No te desesperes, no me dirijas una oración agitada, como si quisieras exigirme el cumplimiento de tus deseos. Cierra los ojos del alma y dime con calma: Jesús, yo confío en Ti”. ¿Has experimentado ese abandono y esa gracia que viene directamente del Corazón de Jesús?
Es nuestro deber como cristianos despojarnos de todo aquello que nos disfraza y oculta quienes somos realmente. “El verdadero heroísmo cristiano es atreverse a ser uno mismo delante de Dios” (Kierkegaard). Con toda nuestra pobreza, nuestras limitaciones, errores, flaquezas e incapacidades de amar. Ser yo mismo delante de Él, puesto que de sobras sabe quiénes somos, pues tiene contado hasta el último de nuestros cabellos.
Él solo espera que reconozcamos lo que nos sobra (pretensiones, soberbias…) y lo que nos falta (humildad, mansedumbre…). Este es el verdadero acto de amor ante Dios. “Soy este, y me abandono ante Ti”.
¿A caso todo su sacrificio de pasión y cruz no merece nuestro esfuerzo y nuestra entrega? Él mismo nos lo pide: “tengo sed”. Se refiere a nosotros, sed de nosotros. Es un retorno. Un eterno agradecimiento.
¿Me abandono? Si, lo intento o mejor dicho, procuro hacerlo. Quizás estaría mejor decir que me estoy esforzando en la práctica del abandono. Me he abandonado en un momento en que me veía incapaz de tomar decisiones que me aportaran la tranquilidad y el sosiego del corazón. El abandono es una verdadera prueba de vida ante uno mismo. Quitarse de encima todo aquello que nos pesa, de vivir solo en tiempo presente, y estar abierto al devenir del futuro que Dios disponga que tengamos que vivir.
Es un proceso de esfuerzo y trabajo, en reeducarse según los preceptos que dictan las enseñanzas de la Biblia, nuestro catecismo y de la doctrina de la Iglesia que a través de su magisterio nos marca el auténtico camino cristiano. Un desarrollo que tiene como último fin el reconocerse niño ante Dios y reconocer que su inmensidad es inabarcable a nuestra naturaleza. Tan solo los Santos han podido atisbar un trailer de la vida sobrenatural, que es lo que nos espera en la eternidad. Creo que, bien vale la pena educarnos como fieles hijos de Dios.
El máximo abandono es, ni siquiera preguntar a Jesús, ¿qué quieres de mí? O ¿qué debo hacer? No, no es eso. Es abandonarse en silencio, en tiempo presente y vivir el aquí y el ahora por amor. Sin preguntar, simplemente, aceptando como verdadero acto de confianza, de Amor incondicional que Dios nos ofrece.
Como cristianos vivimos con fe, esperanza y caridad. Son las tres virtudes teologales. Cuando nos morimos la fe desaparecerá puesto que se habrá cumplido la promesa de Dios. La esperanza, también se desvanecerá, puesto que la viviremos como realidad. Entonces, ¿qué sucederá con la caridad, con el amor? Pues será el medio de vida en la eternidad. Siendo así, estamos aprendiendo en esta vida a vivir en ese amor y por amor. Entonces, ¿Por qué nos cuesta tanto aprender a vivir en y por amor? Apliquémonos pues en vivir en la virtud y en saber acoger las gracias que nos ofrece diariamente nuestro Señor Jesucristo. Este es mi total convencimiento y el resumen de mi fe.

Ariadna y Jordi, muchas gracias por haber compartido con nosotros este duelo esperanzado, esa alegría en el apostolado que lleváis a cabo, esa generosidad que ejercéis en la familia y en la comunidad, y por habernos enseñado como la fe nos lleva a confiar en el Señor, siempre y en todo momento a lo largo de nuestra vida.
***
Cuando le dices a Jesús: confío en Ti, le estás diciendo, confío en que tanto amó Dios al mundo que te envió a Ti, Su Hijo único, a salvarnos; confío en Ti, en que me amas como el Padre te ama; confío en Ti, en que eres la Luz del mundo, así que si te sigo, no caminaré en tinieblas; confío en Ti, en que eres el único Camino hacia la salvación, la única Verdad y Aquel que da la Vida; confío en Ti, en que estás realmente Presente en la Eucaristía y puedo contemplarte, adorarte, entrar en comunión íntima Contigo; confío en Ti, en que eres el Buen Pastor, que da la vida por mí; confío en Ti, en que eres el Todopoderoso.
Cuando le dices “confío en Ti”, le estás diciendo a Jesús: confío en Ti, que me aseguras que hay más felicidad en dar que en recibir; confío en Ti, que me mandas amar a los demás como Tú me amas; confío en Ti que me invitas a perdonar para recibir perdón; confío en Ti, que me pides tomar mi cruz de cada día y seguirte; confío en Ti, que me pides que viva en el mundo, pero sin pertenecerle; confío en Ti que me animas a perseverar en la oración; confío en Ti que me pides no preocuparme por nada sino buscar primero el Reino de Dios.
Cuando le dices a Jesús “confío en Ti”, le estás diciendo: confío en Ti, que prometes concederme lo que pida en Tu nombre, es decir, conforme a Tu voluntad que es siempre buena; confío en Ti, que me prometes que si como Tu Carne y bebo Tu Sangre tendré vida eterna; confío en Ti, en que estás conmigo todos los días hasta el fin del mundo; confío en Ti, que fuiste a prepararme un lugar en la Casa de Tu Padre para que yo pueda estar donde Tú estás; confío en que, cuando menos lo espere, volverás y por eso me pides orar y velar; confío en Ti, en que como resucitaste, me resucitarás.

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