04 mayo, 2026

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Homilía del Papa León XIV en la Misa por el Papa Francisco y los Cardenales y Obispos Difuntos

Esperanza Pascual en el Umbral de la Muerte

Homilía del Papa León XIV en la Misa por el Papa Francisco y los Cardenales y Obispos Difuntos

En una emotiva celebración eucarística presidida en la Basílica de San Pedro, el Papa León XIV ha ofrecido hoy la Santa Misa en sufragio del difunto Romano Pontífice Francisco y de los cardenales y obispos fallecidos durante el año. Esta liturgia, enmarcada en la Commemoración de Todos los Fieles Difuntos y en el contexto del Año Jubilar, marca la primera ocasión en que el nuevo Pontífice preside este rito tradicional. Con un tono de profunda esperanza cristiana, León XIV ha invitado a los fieles a contemplar la muerte no como un fin absoluto, sino como un paso hacia la resurrección, iluminado por el encuentro con Cristo resucitado.

La homilía, pronunciada en italiano y cargada de referencias bíblicas, se centra en el evangelio de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35), presentado como icono del peregrinaje jubilar. El Papa ha subrayado cómo la muerte violenta y desfigurada por el pecado genera desesperación, pero Cristo, al sufrir y resucitar, la transforma en una «hermana» amansada por el amor. Esta celebración adquiere un «sabor característico» gracias al Jubileo, enfatizando la esperanza pascual que trasciende la mera expectativa humana.

León XIV ha recordado con afecto a Papa Francisco, fallecido tras abrir la Puerta Santa y bendecir al mundo en Pascua, y ha extendido el sufragio a los pastores que «indujeron a muchos a la justicia» (Dn 12,3). Invocando el Cantico de las Criaturas de San Francisco, ha afirmado que, gracias a Cristo, podemos alabar incluso a «sor muerte corporal». Los cementerios, ha explicado, no son «necropolis» sino «dormitorios» en espera de la resurrección, citando el Salmo 4.

Esta misa no solo honra a los difuntos, sino que fortalece a los vivos en su camino terrenal, recordándonos que la fe en el Resucitado enciende corazones apagados por el dolor.

Texto completo de la homilía del Santo Padre León XIV (traducción al español):

SANTA MISA EN SUFRAGIO DEL DIFUNTO ROMANO PONTÍFICE FRANCISCO Y DE LOS CARDENALES Y OBISPOS DIFUNTOS DURANTE EL AÑO CAPILLA PAPAL HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

Basílica de San Pedro Lunes, 3 de noviembre de 2025

Queridísimos hermanos Cardenales y Obispos, ¡queridos hermanos y hermanas!

Hoy renovamos la hermosa costumbre, con ocasión de la Conmemoración de todos los fieles difuntos, de celebrar la Eucaristía en sufragio de los Cardenales y de los Obispos que nos han dejado durante el año recién transcurrido, y con gran afecto la ofrecemos por el alma elegida del Papa Francisco, que falleció después de haber abierto la Puerta Santa e impartido a Roma y al mundo la Bendición pascual. Gracias al Jubileo, esta celebración –para mí la primera– adquiere un sabor característico: el sabor de la esperanza cristiana.

La Palabra de Dios que hemos escuchado nos ilumina. Ante todo lo hace con una gran icono bíblico que, podríamos decir, resume el sentido de todo este Año Santo: el relato lucano de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35). En él se encuentra plásticamente representado el peregrinaje de la esperanza, que pasa a través del encuentro con Cristo resucitado. El punto de partida es la experiencia de la muerte, y en su forma peor: la muerte violenta que mata al inocente y así deja desafiados, desanimados, desesperados. ¡Cuántas personas –cuántos “pequeños”!– también en nuestros días sufren el trauma de esta muerte espantosa porque desfigurada por el pecado. Por esta muerte no podemos y no debemos decir “laudato si’”, porque Dios Padre no la quiere, y ha enviado a su propio Hijo al mundo para liberarnos de ella. Está escrito: el Cristo debía padecer estos sufrimientos para entrar en su gloria (cf. Lc 24,26) y donarnos la vida eterna. Él solo puede llevar sobre sí y dentro de sí esta muerte corrompida sin ser corrompido por ella. Él solo tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6,68) –temblorosos lo confesamos aquí cerca del Sepulcro de San Pedro– y estas palabras tienen el poder de hacer arder nuevamente la fe y la esperanza en nuestros corazones (cf. v. 32).

Cuando Jesús toma el pan entre sus manos que habían sido clavadas en la cruz, pronuncia la bendición, lo parte y lo ofrece, los ojos de los discípulos se abren, en sus corazones florece la fe y, con la fe, una esperanza nueva. ¡Sí! No es ya la esperanza que tenían antes y que habían perdido. Es una realidad nueva, un don, una gracia del Resucitado: es la esperanza pascual.

Como la vida de Jesús resucitado no es ya la de antes, sino absolutamente nueva, creada por el Padre con la potencia del Espíritu, así la esperanza del cristiano no es la esperanza humana, no es ni la de los griegos ni la de los judíos, no se basa en la sabiduría de los filósofos ni en la justicia que deriva de la ley, sino solo y totalmente en el hecho de que el Crucificado ha resucitado y se ha aparecido a Simón (cf. Lc 24,34), a las mujeres y a los otros discípulos. Es una esperanza que no mira al horizonte terreno, sino más allá, mira a Dios, a esa altura y profundidad de donde ha surgido el Sol venido a iluminar a los que están en tinieblas y en sombra de muerte (cf. Lc 1,78-79).

Entonces sí, podemos cantar: «Laudato si’, mi Signore, per sora nostra morte corporale». [1] El amor de Cristo crucificado y resucitado ha transfigurado la muerte: de enemiga la ha hecho hermana, la ha amansado. Y frente a ella nosotros «no estamos tristes como los otros que no tienen esperanza» (1 Ts 4,13). Estamos afligidos, ciertamente, cuando una persona querida nos deja. Nos escandalizamos cuando un ser humano, especialmente un niño, un “pequeño”, un frágil es arrancado por una enfermedad o, peor, por la violencia de los hombres. Como cristianos estamos llamados a llevar con Cristo el peso de estas cruces. Pero no estamos tristes como quien está sin esperanza, porque incluso la muerte más trágica no puede impedir a nuestro Señor acoger entre sus brazos nuestra alma y transformar nuestro cuerpo mortal, incluso el más desfigurado, a imagen de su cuerpo glorioso (cf. Flp 3,21).

Por esto, los lugares de sepultura, los cristianos no los llaman “necropoli”, es decir “ciudad de los muertos”, sino “cementerios”, que significa literalmente “dormitorios”, lugares donde se reposa, en espera de la resurrección. Como profetiza el salmista: «En paz me acuesto y enseguida me duermo, / porque tú solo, Señor, confiado me haces reposar» (Sal 4,9).

Queridísimos, el amado Papa Francisco y los hermanos Cardenales y Obispos por los cuales hoy ofrecemos el Sacrificio eucarístico, esta esperanza nueva, pascual, la han vivido, testimoniado y enseñado. El Señor los ha llamado y los ha constituido pastores en su Iglesia, y con su ministerio ellos –para usar el lenguaje del Libro de Daniel– han “inducido a muchos a la justicia” (cf. Dn 12,3), es decir, los han guiado por el camino del Evangelio con la sabiduría que viene de Cristo, el cual se ha convertido para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención (cf. 1 Cor 1,30). Que sus almas sean lavadas de toda mancha y ellos resplandezcan como estrellas en el cielo (cf. v. 3). Y a nosotros, aún peregrinos en la tierra, nos llegue en el silencio de la oración su espiritual aliento: «Espera en Dios: aún podré alabarlo, él, salvación de mi rostro y mi Dios» (Sal 42,6.12).

[1] S. Francisco de Asís, Cántico del hermano sol.

Exaudi Redacción

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