¡Gracias, doña Julia!
Un recorrido por el pensamiento de Julia Kristeva: de la mística de Santa Teresa al humanismo y el psicoanálisis contemporáneo
Accedí al pensamiento de Julia Kristeva (1941) por sus estudios realizados sobre santa Teresa de Jesús. La fascinación que sentía por nuestra mística universal le llevó a investigar su figura durante años. De su persona dijo que “se [volcó] en la superación permanente de sí misma”. De su obra literaria afirmó que “piensa de manera singular, con todo su cuerpo y su vocabulario”. Más aún, le atribuyó el mérito de haber descubierto los secretos de la escritura cinco siglos antes que nosotros, al “[aclarar] la extraña experiencia que es el pensamiento en los confines de lo sensible, cuerpo y alma juntos, [y jugar] con el lenguaje para estar en adecuación con lo indecible”.
A raíz de la innovadora aportación que esta pensadora francesa de origen búlgaro inyectó al conocimiento de la religiosa abulense, descubrí el largo recorrido académico que, dada su capacidad para no estancarse y evolucionar según la dinámica de cada momento, tuvo que afrontar como profesora universitaria, lingüista, psicoanalista, escritora y filósofa, hasta hacerse muy influyente en el ámbito internacional de la semiología, la teoría cultural y las políticas de género.
Aunque quede distante en el tiempo su imagen de musa intelectual de toda una época ya pasada, permanece intacto su cosmopolitismo de dama admirada por su trayectoria profesional y humana. Los más de cuarenta libros publicados, los varios doctorados honoríficos en universidades americanas y europeas y los prestigiosos galardones (además de premios académicos, está en posesión de la Legión de Honor francesa) así lo evidencian. Sin duda, ha contribuido a ello su insaciable curiosidad, ya manifestada desde su juventud, cuando, después de doctorarse con una tesis sobre los orígenes de la novela francesa, formó parte de la revista Tel Quel.
En aquel momento, esta prestigiosa publicación reunía a renombrados especialistas de varios campos de investigación con la pretensión de abrir nuevos caminos de reflexión, por lo que no tardó en convertirse en un referente destacado de la vanguardia literaria francesa. Después de su travesía por el mayo del 68, el maoísmo y el estructuralismo, cambió su tendencia investigadora a partir de 1980. Desde entonces está lejos de los grandes paradigmas de las ciencias sociales y de la teoría literaria que conmovieron el panorama universitario de los años sesenta y setenta del pasado siglo.
Atraída por cuestiones cotidianas, su pensamiento se dirigió a asuntos que pueden parecer intelectualmente poco grandiosos pero que son vitalmente eficaces, pues tocan los puntos neurálgicos de la existencia diaria de la gente. Su preocupación humanística ofrece análisis de variadísima temática sobre sus experiencias artísticas y personales: amor, maternidad, intimidad femenina, melancolía, depresión, experiencia de ser extranjero, escritura biográfica y autobiográfica, derechos de las mujeres, de los minusválidos, de los oprimidos… Y buena parte de ello expresándolo en forma de bella literatura, por la que siente una irrefrenable pasión.
El compromiso de su juvenil radicalidad política lo transfirió a su madura actividad como psicoanalista, en su intento de transformar el mundo –a escala microscópica y nada trascendental– mediante la reconciliación de cada uno (“la libertad se conjuga en singular”) consigo mismo. Es sabedora de que todas las historias clínicas terminan hablando de amor.
En este sentido, ha considerado que, si los grandes momentos de la civilización occidental han sido resurgimiento del amor, uno de los aspectos de nuestra crisis actual es la inexistencia de un código amoroso homogéneo, por lo que cada persona vive tiempos diferentes, de manera que, si bien todos somos ciudadanos de este siglo, no todos vivimos en la misma centuria: hay quienes están en el siglo XIII, otros en el XV, etc.
Teniendo en cuenta su ateísmo declarado y su saber sobre cuestiones teológicas, me conmueve –como católico– el reconocimiento que al respecto hizo de la importancia del discurso amoroso en la constitución del cristianismo (“todo el mundo sabe que la religión cristiana es una religión de amor. Las iglesias están llenas de personas que van a oír decir que son amadas”). Asimismo, me alegra que, ante el déficit actual de espiritualidad, sostenga su convicción de que “a la horizontalidad de la red, del marketing y de la información rápida deberíamos sumar la verticalidad del fuero interior”. ¡Gracias, doña Julia, por esta visión de nuestra fe!
Pedro Paricio . Dame tres minutos

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