10 junio, 2026

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Ética y humanidad

León XIV en el Congreso de los Diputados de España

Ética y humanidad

Parece unánime la percepción de que las intervenciones del Papa León XIV en su reciente viaje a España, y en especial la que abordamos en este informe, tienen una trascendencia que excede lo religioso, lo político o lo social, ofreciendo un discernimiento profundo sobre la actual situación de nuestra civilización, y la urgencia de reivindicar el verdadero sentido de la actividad humana, los principios que deben sustentarla y los riesgos que deben advertirse.

El fundamento de la dignidad humana 

El Santo Padre ha precisado con rotundidad que «toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana» (1) (2). En la necesidad de prevenir contra todo relativismo afirmó que esta dignidad no es una concesión legal, sino que precede a cualquier ordenamiento, ya que pertenece a todo individuo por el mero hecho de existir. De este modo es necesario delimitar que la persona posee una «dignidad ontológica» que es independiente de sus circunstancias, salud o productividad, fundamentada en el hecho de «haber sido querida, creada y amada por Dios». Cuando esta verdad se mantiene viva, el derecho se convierte en una garantía real frente a la «imposición de intereses y agendas particulares» (1). 

Como insistiré al final de este escrito, es la búsqueda de la verdad la que debe animar el derecho y las leyes, insistiendo en que esta verdad implica la consecución del bien y el respeto a la dignidad y naturaleza humanas.  

La cultura de la vida frente al paradigma del descarte 

Uno de los riesgos bioéticos más acuciantes, tal como ya vaticinó el Papa Francisco, es la propagación de la «cultura del descarte», que tiende a valorar la vida humana solo en función de su eficiencia. Nivel de autonomía, entendida como contraria a dependencia, y capacidad de autodeterminación, serían para esta mentalidad utilitarista los indicadores del nivel de dignidad que debería reconocérsele a toda persona humana. 

Frente a esta mentalidad, León XIV ha insistido en que la Iglesia sostiene que la protección de la vida no es un interés meramente confesional, sino una «meta de civilización». (2) 

E insistió en este aspecto subrayando el imperativo de que «toda vida humana sea reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia». Sin el reconocimiento del derecho a la vida, es imposible el ejercicio de cualquier otro derecho. Por esta razón, prácticas como el aborto provocado, que implica el asesinato de inocentes y la eutanasia, el asesinato de sufrientes, son juzgadas como «gravemente ilícitas» (1) 

El Papa afirmó que la verdadera grandeza de una nación se mide por su capacidad de proteger a los más frágiles, pues ellos son las «primeras víctimas» cuando la ley pierde su sentido profundo de servicio (2). 

Fueron muchas las alusiones al problema de la inmigración, porque también los inmigrantes son personas vulnerables, cuya dignidad incuestionable requiere igualmente protección, por encima de intereses económicos o ideológicos. 

La familia y la educación: escuelas de humanidad 

Definió el bien común como «la forma social de la dignidad humana», para, a continuación, insistir en que este principio encuentra su raíz en la familia, considerada la «primera escuela de humanidad» y la «célula fundamental e insustituible de toda organización comunitaria». En el entorno familiar es donde se aprende la gramática elemental de la convivencia: «recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer» (2). 

Esta afirmación también muestra un profundo trasfondo bioético, cuando muchas de las intervenciones sobre la transmisión de la vida como la contracepción y el aborto, y otras que proponen alterar el modelo de familia con propuestas que excluyen la fecundidad o la diferencia complementaria, suponen una amenaza para la construcción del entorno donde la vida se recibe y se custodia como escuela de humanidad. 

Entre los cometidos irrenunciables asignados a la unidad familiar, el Papa insistió en la necesidad de defender el «derecho primario e inalienable de los padres a elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos», de modo que sea coherente con sus propias convicciones. Definió la escuela como un espacio para «buscar y amar la verdad» y para «cuestionarse el sentido de la vida y la dignidad de cada persona», evitando que el acceso a la formación de calidad dependa exclusivamente de las posibilidades económicas. También las presiones ideológicas pueden erigirse como obstáculos para el ejercicio de este cometido en libertad.  

Bioética, Inteligencia Artificial y transhumanismo 

Tal como el Santo Padre ha tratado previamente, tanto en su reciente Encíclica “Magnifica humanitas”, como en su anterior “Mensaje del Santo Padre León XIV para la LX Jornada Mundial de la Comunicaciones Sociales” (3), insistió en que el progreso tecnológico, especialmente en el campo de la inteligencia artificial, ofrece posibilidades admirables, pero se advierte que la técnica «no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza». El peligro surge cuando el «paradigma tecnocrático» pretende establecer qué vidas cuentan y cuáles pueden ser descartadas en base a la eficiencia. 

Así, es necesario vigilar las narrativas del «transhumanismo y posthumanismo», que imaginan una «humanidad potenciada» o un «hombre hibridado» con la máquina (1). En este sentido, si el ser humano es tratado como simple «materia para ser perfeccionada o superada», se corre el riesgo de aceptar sacrificios de los más vulnerables en nombre de una presunta optimización de la especie.  

Debe, por tanto, insistirse en que el progreso técnico debe ir siempre acompañado de una maduración ética; de lo contrario, se vuelve contra el hombre, lo que implicaría necesariamente que dejaría de ser tal progreso. 

En su discurso insistió en que uno de los puntos de especial gravedad en este ámbito es la aplicación de estas tecnologías en el ámbito militar. La ética exige que «las decisiones sobre la vida y la muerte nunca sean descargadas sobre automatismos ni sustraídas a la responsabilidad moral de la persona humana». No es lícito confiar decisiones letales irreversibles a sistemas artificiales, ya que el juicio moral requiere una conciencia y un reconocimiento del otro que ninguna máquina posee. 

Libertad, ley y responsabilidad 

En cuanto a la concepción de libertad, el Santo Padre precisó que no consiste únicamente en la ausencia de coacción o en la mera elección, sino que «significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente». Una sociedad libre requiere una delimitación del poder público para que la libertad de las personas y comunidades no sea restringida indebidamente. 

En el ámbito bioético, esta necesidad de acompañar la libre elección con la posibilidad de identificar el bien y adherirse a él, que es lo que la convierte en verdaderamente libre, necesita también del acceso a información completa, veraz y rigurosa sobre la naturaleza de las posibilidades sobre las que elegir. El acceso a la verdad resulta imprescindible para el ejercicio de la libertad. 

Finalmente, e insistiendo sobre un tema ya tratado, afirma con rotundidad que la legitimidad de una ley no reside solo en su aprobación formal. Una ley alcanza su «verdadera grandeza» solo cuando «puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse». 

La trágica confusión de atribuir licitud ética a lo que se convierte en legal simplemente porque así lo decida una mayoría, puede conducir a la tragedia del atentado contra la vida y la dignidad humanas, como nos muestran numerosos ejemplos de leyes injustas que, tanto históricamente como en la actualidad han cercenado vidas, sometido y esclavizado a personas, discriminado a los débiles o perseguido a los disidentes, eso sí, siempre en nombre de la legalidad vigente.  

De nuevo la reflexión ética constituye el antídoto a estos excesos. También la formación en fundamentos éticos sólidos puede evitar que la confusión de lo éticamente lícito con lo legal, arrastre a más y más personas a adoptar posicionamientos de aceptación acrítica hacia lo que las mayorías legalizan, aunque supongan atentados contra la vida, la dignidad o la libertad humanas.  

Conclusión 

El discernimiento bioético en el tiempo de la inteligencia artificial debe centrarse en «permanecer profundamente humanos», custodiando esa humanidad que ninguna máquina podrá sustituir. Solo un desarrollo que se pregunte si hace la vida «más humana» y «más digna» podrá construir una verdadera civilización del amor. 

Julio Tudela . Observatorio de Bioética . Universidad Católica de Valencia

Observatorio de Bioética UCV

El Observatorio de Bioética se encuentra dentro del Instituto Ciencias de la vida de la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” . En el trasfondo de sus publicaciones, se defiende la vida humana desde la fecundación a la muerte natural y la dignidad de la persona, teniendo como objetivo aunar esfuerzos para difundir la cultura de la vida como la define la Evangelium Vitae.