01 agosto, 2026

Síguenos en

El camino de San Ignacio de Loyola hacia la voluntad de Dios

San Ignacio de Loyola

El camino de San Ignacio de Loyola hacia la voluntad de Dios

San Ignacio de Loyola, nacido en 1491 y fallecido en 1556, es, sin duda alguna, uno de los grandes de la historia de la Iglesia. Destacan en él, su santidad, la fundación de la Compañía de Jesús y ser el autor de los ejercicios espirituales.

Hay libros que, aunque hayan pasado muchos años, conservan su valor o lo acrecientan. Son tan valiosos que hoy mismo hay que descubrirlos o redescubrirlos. Para muchos lectores serán, en el mejor de los sentidos, como una verdadera y profunda revolución en el interior de su alma, una novedad inmensa, un nuevo mediterráneo, un hallazgo fantástico, un verdadero tesoro. Que tales obras existan es un gran motivo para dar muchas gracias a Dios y para alegrarse en el Señor.

De entre todos los libros, que se han publicado desde la creación del mundo hasta el día de hoy, ocupa un lugar particularísimo el libro “Ejercicios espirituales” de san Ignacio de Loyola. El Doctor de la Iglesia, san Francisco de Sales, sobre este librito, ha afirmado lo siguiente: ha hecho más santos que letras contiene. Como ha recordado el padre jesuita Ricardo García-Villoslada, el libro de los “Ejercicios espirituales” es, según el Papa Pío XI, “el código más sabio y universal de la dirección espiritual de las almas”. Impresiona grandemente lo diminuto de la obra. Pero, a su vez, la explanación y comentario de publicación materialmente tan pequeña resulta algo tan inmenso y monumental que parece casi inabarcable. Muchísimas almas han obtenido un bien inmenso de ir directamente a la lectura de este librito.

De aquí que, con ocasión de la fiesta de san Ignacio de Loyola, pretenda, ahora, únicamente, dar una primera cata, que sirva de algún modo como presentación del libro de los Ejercicios espirituales de este santo, y ello, lo haré, a través de algunos de sus pasajes. Pero, cedámosle ya la palabra a san Ignacio, en el famoso texto de sus ejercicios espirituales, titulado “principio y fundamento”:

“El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma; y las otras cosas sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre y para que le ayuden a conseguir el fin para el que es creado. De donde se sigue que el hombre tanto ha de usar de ellas cuanto le ayuden para su fin, y tanto debe privarse de ellas cuanto para ello le impiden. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas creadas, en todo lo que cae bajo la libre determinación de nuestra libertad y no le está prohibido; en tal manera que no queramos, de nuestra parte, más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y así en todo lo demás, solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce al fin para el que hemos sido creados”.

Este texto, tan conciso, coloca ante nuestros ojos nuestro fin último, lo que verdaderamente importa. Hemos sido creados únicamente para amar a Dios. Nos pone, pues, en guardia, recordándonos que en nuestra vida siempre Dios ha de ser lo primero. Por tanto, es preferible “el Señor de las cosas” a “las cosas del Señor”. No hemos de convertir los “medios” en “fines”, sino que “aquellos” han de estar subordinados a “éstos”. Lo que importa es la santidad.

Muchas veces nos puede pasar que, pareciéndonos que hacemos bien, elegimos algo por la simple razón de que vemos que es una cosa buena. Pero, a veces, puede ocurrir que, con ello, en vez de hacer la voluntad de Dios, solo estemos haciendo nuestra voluntad. En cambio, san Ignacio, nos aclara que, no se trata de hacer “esto o aquello”, sino lo que Dios quiera, ya eso sea “esto”, o ya sea “aquello”; ya “honor”, ya “deshonor”. De hecho, Dios quiere más nuestro bien de lo que nosotros mismos lo queremos.

Este santo es muy consciente de que la persona humana está más inclinada al placer, al honor, a la salud, a la riqueza y a la vida larga que no al dolor, al deshonor, a la enfermedad, a la pobreza y a la vida corta. Pero, aunque en sí misma sea preferible la salud a la enfermedad, si Iñigo se convirtió en san Ignacio fue gracias a ésta. Pues, no habiendo libros de caballería en la casa donde se recuperaba de sus heridas, le dieron, para que se distrajera, la vida de Cristo y vidas de santos, leyendo las cuáles, se convirtió.

Conociendo este santo que estamos más inclinados a querer salud que enfermedad; riqueza que pobreza, etc., quiere que nos mantengamos en un equilibrio, en una situación de libertad respecto a nuestros apegamientos, para que, de este modo, podamos elegir ordenadamente únicamente lo que Dios quiera, y no lo que prefieran nuestros deseos desordenados.

Además, la redención, no fue hecha por alguien que fuera rico, y a través de honores, y sin dolor, sino por Cristo, pobre y crucificado, que fue insultado mientras estaba en la cruz ¡La Sagrada Pasión de nuestro adorable redentor es una obra de una sublimidad inmensa! Además, la vida cristiana no es otra cosa que la imitación de Cristo. Por consiguiente, algo bueno hay también en el dolor, en la pobreza, etc.

En suma, san Ignacio, nos dice, de manera muy sabia, que lo único importante es hacer la voluntad de Dios. Todo ha de ser para la mayor gloria de Dios. Todo ha de conducirse en esta línea. Todo hemos de subordinarlo a lo que es el fin último del ser humano. Todo ha de seguir el recto orden. Los ejercicios espirituales son una fuente importantísima de renovación de la vida cristiana, un bien grandísimo que debemos a ese gran santo, algo que importa mucho hacer cada año.

José María Montiu de Nuix

Nacido en Cervera, Lérida, España, en 1960 y bautizado ese mismo año. Ordenado sacerdote en 1992. Doctor en Filosofía. Licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Barcelona (UB). Licenciado (especialidad: Matemática Fundamental), cursos de doctorado y suficiencia investigadora en Ciencias Exactas por la UB. Licenciado en Filosofía por la Universidad de Navarra. Licenciado en Estudios Eclesiásticos por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer, Valencia. Docente e investigador con más de medio millar de publicaciones. Académico de la Academia Hispanoamericana de Doctores.