Epicuro y los placeres moderados
Más allá de la impasibilidad: entre la moderación epicúrea y la intensidad de la aventura humana
Epicuro (341-270 a. C.) es un filósofo posterior a los clásicos griegos y se le suele asociar a un modo de vida hedonista marcado por la búsqueda del placer hasta niveles de vértigo. Es cierto que Epicuro pone al placer como principio y fin de la vida, sin embargo, su propuesta está muy alejada de los excesos del placer y, más bien, recomienda el goce moderado de los placeres de tal manera que se consiga la ausencia del sufrimiento corporal (aponía) y se alejen las perturbaciones del alma (ataraxia). Como se ve, su propuesta es pasar por la vida despojándose de los excesos, sufrimientos, apegos que introducen desequilibrios en la trayectoria de la existencia humana.
De Epicuro conservamos tres cartas y unas máximas y sentencias (Epicuro. El arte de la felicidad. Penguin 2025); poco, mas, suficiente para hacernos cargo de su planteamiento. En la línea de despejar todo inconveniente, recomienda un cuádruple remedio para cortar con el miedo a los dioses (conocerlos y darse cuenta que viven placenteramente sin importarles la vida de los hombres) , a la muerte (si todo es sensación, con la muerte ya no se siente nada), al dolor. El cuarto fármaco es cortar con los deseos que sobrepasan los límites de lo natural. Un programa sencillo apto para quien carezca de sistema nervioso y esté exento de los pecados capitales como la gula, la lujuria, la pereza, la avaricia.
La antropología de Epicuro supone una razón calculadora capaz de encontrar la justa medida de la cantidad y calidad de los placeres. Se trataría de hacer un cálculo de placeres moderados pasados por el tamiz de las sensaciones, del hoy y ahora. Todo se juega en esta vida. La pone difícil Epicuro, pues si hay algo arduo para el ser humano eso es, precisamente, conseguir la medida en lo que piensa, siente o hace. De otro lado, si ya es complicado “orientarse de algún modo en los propios pensamientos, ¡cuánto más difícil lo es en los propios sentimientos” (Haecker. Diario del día y de la noche, p. 48).
Como señala Ortiz de Landázuri (Paisajes del pensamiento: hacia una ética biográfica. EUNSA: 2023), “el ideal epicúreo no es el sabio platónico, lleno de proyectos educativos, tampoco el buen ciudadano que se ejercita en la polis, ni el hombre imperturbable de los estoicos. El ideal es el hombre tranquilo que ha llegado a un buen cálculo en su vida. Ha sopesado pros y contras y se ha dado cuenta de que lo que conviene en realidad es ser cauto y no arriesgar demasiado. De este modo, nos evitamos muchos dolores y preocupaciones innecesarias”. Efectivamente, es el ideal del hombre cómodo, recluido en su jardín, desentendido de los vaivenes de la vida en sociedad, sin compromisos y a lo sumo con algunas amistades a la medida de su impasibilidad.
Me quedo con la moderación que sugiere Epicuro, pero no al precio de la impasibilidad ante los fascinantes claroscuros de la aventura humana. Me resulta más real la sabiduría de Job quien exclama: “¿No es acaso milicia la vida del hombre sobre la tierra, y sus días como las del jornalero? (Job, 7, 1)”. Las letras castellanas abundan en este sentido. Lope de Vega les pone rostro a los trajines humanos y escribe: “El que no quiera de dolores, / no quiera de amores, / porque el amor es un horno/ donde se templan los dolores”. Con no menos hondura y belleza lo expresa Antonio Machado: «En el corazón tenía/ la espina de una pasión; / logré arrancármela un día: / ya no siento el corazón».
Serenidad, sí; también, inquietud y plenitud: ¡amar!

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