Entre quijotes
Unamuno entre Don Quijote y Santa Teresa: el alma española agonizante
El carácter problemático de España como nación no resulta algo exclusivo de hoy en día. Es un Guadiana histórico. Su reiteración durante siglos ha sido motivo de preocupación y de acción para multitud de generaciones. A Miguel de Unamuno (1864-1936), referente obligado del saber en la pasada centuria, la reflexión acerca de la doliente situación en que se encontraba nuestra patria en el tiempo que le tocó vivir reflejó uno de los dramas agónicos de su más íntimo yo. Ese desasosiego personal le movió a una voluntad de reforma, de modo que, con los medios a su alcance, pretendió actualizar los valores que históricamente dieron realidad a la esencia de lo español.
En la averiguación de los rasgos de este espíritu nacional, junto al análisis del quijotismo encarnado en el caballero de la Mancha, desempeñó un papel clave el estudio de los místicos, que representaban otra de las señas propias de la cultura hispana –el espiritualismo– y por quienes el rector de la Universidad de Salamanca sentía además una confesada afinidad. Esta combinación de intereses le llevó a hacer una lectura seria de sus escritos, sobresaliendo la dedicada a santa Teresa de Jesús, cuya referencia es abundante en la obra unamuniana, sobre todo en tres de sus libros capitales: En torno al casticismo, Vida de Don Quijote y Sancho y Del sentimiento trágico de la vida.
En ellos se sostiene que el alma española encarnó históricamente en dos tipos de caballería andante, la humana y la divina. Ambas buscaban la inmortalidad: la una en la fama, la otra en Dios. Al igual que los caballeros andantes, los místicos castellanos pelearon a lo divino (“ímpetu y arrestos caballerescos es lo que a tan altas almas les llevó a buscar la santidad en España y fue la vida de mortificación una empresa caballeresca”). De esta suerte, la doctora de la Iglesia sería, junto a Don Quijote, símbolo viviente o arquetipo de dicha alma (“dama andante del amor que de tan hondamente humano se sale de lo humano todo”).
Aficionada, como él, a leer en su juventud libros de caballerías, su acontecer vital experimentará por ello acciones heroicas y extremosas. Según Unamuno, “a través de lo terreno del amor, [la carmelita abulense transitó] al amor sustancial y anheló gloria eterna y engolfarse en Jesús, ideal del hombre. Y dio en heroica locura y llegó a decir a su confesor: ´suplico a vuestra merced seamos todos locos, por amor de quien por nosotros se lo llamaron`». Más aún, tanto en Don Quijote como en santa Teresa, aquella búsqueda de la inmortalidad les supuso una tarea agónica, de lucha, la del sentimiento trágico de la vida.
En un soneto dedicado a la descalza fundadora, el apasionado vasco, después de llamarla ´Quijotesa a lo divino`, dice de ella “que dejó asentada/ nuestra España inmortal, cuya es la empresa:/ ´solo existe lo eterno; ¡Dios o nada!`”. Según su interpretación, este designio está propiciado por un sentimiento trágico de la vida (´aquella vida de arriba/ es la vida verdadera; /…/ que muero porque no muero`) gracias al cual “engendra la humanidad al Dios vivo”. Este sentimiento mueve al individuo a inquietar los espíritus e infundir en ellos fuertes anhelos, como los cantados por Teresa de Jesús: ´Sácame de aquesta muerte,/ mi Dios, y dame la vida;/ no me tengas impedida/ en este lazo tan fuerte;/ mira que muero por verte/ y vivir sin ti no puedo`.
Estas son las acciones y el temple anímico que, en unamuniana visión, harían de la Santa y de Don Quijote la encarnación nacional y universal de los arquetipos de la cultura española. Ahora bien, sin entrar siquiera en la verdad o el error de dicha afirmación, no cabe la menor duda de que, en la actualidad, dichos prototipos no nos representan en absoluto. Hoy, en nuestro país, podemos encontrar hombres altos, delgados e incluso de aspecto grave como el héroe cervantino, o mujeres inquietas, cultas y activas como Teresa de Ahumada, pero no abundan quienes, además de esos perfiles, tengan lo esencial de su carácter. ¿Dónde se encuentra a alguien que anteponga sus ideales a su conveniencia y obre de forma desinteresada y comprometida en defensa de causas que considere justas?
Pedro Paricio . Dame tres minutos

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