En defensa de los más débiles
Desde la concepción, un ser humano con dignidad divina
Con la unión de los dos gametos, óvulo y espermatozoide, se forma una única célula, a la que ya no se añadirá nada esencial, y en la que está toda la información que dirigirá toda la vida de ese nuevo ser vivo. Si, pues, en esta única célula no hubiese ya un ser humano, no lo habría nunca. En definitiva, desde el instante de la concepción, que coincide con el momento de la fecundación, hay una nueva persona humana, dotada de una dignidad personal igual a la de cualquier otro hombre o mujer. Es ya una imagen de Dios, un ser redimido por Cristo, que ha costado la sangre de Nuestro Señor, y para el que Dios mismo desea la felicidad del cielo. El aborto provocado consiste en causar voluntariamente la muerte del niño concebido, y aún no nacido. Entre los diversos modos de aborto se encuentra, por ejemplo, romper a trocitos el cuerpo del niño. No hay que olvidar que hay abortos que pueden ocasionar mucho sufrimiento al niño aún no nacido.
En una encíclica, la “Evangelium vitae”, del Santo Padre san Juan Pablo II, el Magno, a los niños ya concebidos, pero aún no nacidos, se los considera las personas humanas más débiles e indefensas. Ellos son los más pequeños. Por no tener, no tienen ni siquiera voz, no poseen ni la defensa de los gemidos que poseen los recién nacidos.
En la exhortación apostólica “Dilexi te” (Te he amado), Su Santidad, el Papa León XIV, ha recordado que Cristo se ha identificado con los más pequeños de la sociedad. Lo ha probado mediante la autoridad divina, manifestada en las Sagradas Escrituras, y concretamente en el versículo 40 del capítulo 25 del santo evangelio de san Mateo, en el que Jesús, el Señor, nos dice: “Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. Se desprende de aquí que lo que se hace con el más pequeño, se hace con alguien que es una persona divina, que es Dios y hombre, Cristo Jesús, Nuestro Dios y Señor. El Papa Francisco recordó que en el pobre tocamos la carne de Cristo. A su vez, san Juan Crisóstomo, afirmó que en los pobres muere Cristo.
Se tiene, pues, que lo que se hace abortando, se hace con los más pequeños, y eso se hace, pues, a Cristo. Pero, con el aborto provocado lo que se hace es asesinarles. De aquí que, desde la fe cristiana, se muestra con inmensa claridad la grandísima gravedad del aborto provocado.
Un suceso que cabe calificar de prehistórico es que en el mundo actual se da el hecho, tan disconforme con toda forma de civilización, de que son muchos los millones de niños que son abortados. Y, no solo eso, sino que, encima, esta negra noche es presentada como si fuese signo de modernidad, de derechos humanos y de progreso. Todos esos niños han sido descartados, desechados, excluidos. En ellos se ha despreciado su dolor, o desgarro, o tortura, o tormento.
Espanta la gran proliferación de políticas abortivas que hay en el orbe. Las leyes favorables al aborto son leyes tiránicas y despóticas, aún si se presentan bajo un disfraz de otro signo. Dichas leyes corresponden al imperio del dinero, y a la dictadura de una economía que mata, independientemente de cual sea la ideología, o antifaz, con la que se presentan sus promotores.
Sería una contradicción inmensa que un político se presentara como una persona que se encuentra del lado de los pobres, y, a la vez, defendiera el aborto. Pues, el aborto provocado no es más que el asesinato del más débil, del más pequeño, del que ni siquiera tiene voz.
La Iglesia se sabe heredera de la vida y del mensaje de amor de Cristo. Así, sabe ver en el que sufre a Cristo. Ella, siempre está a favor de la vida, desde el instante mismo de la concepción hasta el momento de la muerte natural. Defiende el derecho a la vida. Acoge y ama a los más débiles, a los más pequeños, a los concebidos aún no nacidos. Esto mismo ha sido plasmado con una inmensa y hermosísima ternura en tantos santos y en tantas santas; personas, todas ellas, que han vivido de verdad conforme a la santa fe católica. La Iglesia, sobre esos niños, solo sabe estampar un sonoro y muy afectuoso beso.

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