18 junio, 2026

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El rostro y los espejos

Ensayo sobre la imagen de Dios y la semejanza perdida

El rostro y los espejos

Hay preguntas que no envejecen; apenas cambian de vestidura. Una de ellas atraviesa la historia como un hilo tenso, casi peligroso: “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza” (Génesis 1:26–27).

La frase —que no deja de inquietarme cada vez que la releo— pertenece al Génesis, pero acaso no pertenezca del todo a ningún libro. Es, más bien, una interrogación obstinada, una herida abierta en la conciencia humana.

Porque si el Dios de los monoteísmos —y el principio absoluto de otras tradiciones espirituales— es invisible, infinito, sin forma ni límite, ¿qué clase de espejo es el hombre? ¿Un reflejo fiel, una ilusión… o acaso una intromisión, un usurpador?

Tal vez buena parte de la filosofía —y también de la literatura— no haya sido otra cosa que una larga tentativa de responder a esa incertidumbre incómoda.

I.   El espejo que no devuelve rostro

La tradición judía fue la primera en sospechar de las respuestas demasiado fáciles de los politeísmos. Prohibió las imágenes de Dios no por austeridad estética, sino por lucidez metafísica. Atribuir forma a Dios —diría Maimónides con precisión casi quirúrgica—es reducirlo.

La “imagen”, entonces, no puede ser visible. Debe de ser algo más tenue y exigente: inteligencia moral, responsabilidad, libertad, capacidad de responder. Ahí el hombre no es un retrato, sino una posibilidad.

Sin embargo, la sospecha persiste. Porque incluso la inteligencia parece una semejanza demasiado pobre para quien se proclama omnipotente. Y entonces aparece, en los márgenes, la hipótesis gnóstica, siempre tentadora: ¿y si el mundo no fuera obra del Dios supremo? ¿Y si la “imagen” que llevamos fuese la de un artesano menor, un demiurgo torpe o ignorante?

Los sistemas de Valentín y Basílides —cuya nostalgia moderna reaparece en artistas visionarios como William Blake— introducen una grieta fascinante: el hombre ya no es imagen, sino fragmento; no refleja a Dios, sino que lo recuerda.

La salvación deja entonces de ser obediencia o gracia para convertirse en conocimiento: despertar, recordar, liberarse del fardo del mundo material y recuperar la chispa divina que llevamos dentro.

II.   El rostro que entra en el espejo

Frente a esa tentación de ruptura, el cristianismo introduce una afirmación más audaz que cualquier gnosticismo: no hay dos dioses, ni dos mundos. El mismo Dios que crea es el mismo que salva. Y, más aún: se hace visible.

En las cartas de San Pablo aparece una frase que reordena toda la cuestión: Cristo es “imagen del Dios invisible” (Carta a los Colosenses 1:15; cf. 2 Corintios 4:4).

El rostro existe, es Jesucristo y ha entrado en el espejo sin romperlo.

No es una metáfora piadosa, sino una afirmación ontológica: lo invisible se ha hecho visible sin dejar de ser infinito, y lo humano no ha sido destruido por ese contacto, sino elevado.

Aquí la tradición cristiana se vuelve especialmente precisa. San Agustín de Hipona sitúa la imagen divina en el alma —memoria, entendimiento y voluntad— como huella de la Trinidad (De Trinitate, libros IX–XIV). Santo Tomás de Aquino irá más lejos: distingue entre naturaleza, gracia y gloria; la imagen no solo existe, sino que puede restaurarse, crecer y perfeccionarse (Suma Teológica, I, q. 93).

La imagen, por tanto, no es un dato estático: es una vocación en marcha hacia un rostro.

III.  El retorno de la iconoclasia: Islam, Oriente y Reforma

El Corán insiste en la absoluta trascendencia divina. El hombre no es imagen de Dios en sentido estricto, sino representante: custodio, vicario, servidor. No hay espejo —o mejor dicho—: el espejo no debe confundirse con el rostro.

En ciertas tradiciones orientales, además, el problema mismo de la imagen parece desdibujarse. El Brahman hindú —realidad absoluta e impersonal—, el Īśvara personal de algunas corrientes védicas o el Tao como principio inefable sugieren formas de lo divino que acaso no se dejan pensar como rostro, sino como participación en un orden o fondo del ser.

Ahí el espejo se vuelve más difuso: no tanto reflejo de una figura cuanto inmersión en una presencia.

Con la Reforma, la cuestión se vuelve más dramática. Para Martín Lutero, la imagen divina ha sido profundamente herida por el pecado (Comentario al Génesis; De servo arbitrio, 1525); para Juan Calvino permanece, sí, pero deformada (Institución de la religión cristiana, I, XV).

El espejo existe, aunque ya no refleja con claridad.

La salvación no consiste en reconstruirlo por nuestras propias fuerzas, sino en permitir que Dios lo restaure por pura gracia.

Sin embargo, incluso en esa herida permanece una intuición compartida con la tradición católica: el hombre no se basta a sí mismo. La semejanza no es conquista, sino don.

IV.  El reverso del Génesis: el rostro oculto dentro

Pero existe también otra inversión —agnóstica o abiertamente atea— de la pregunta: el gran reverso moderno del Génesis.

Ya Jenófanes había ironizado que, si los caballos tuviesen dioses, los imaginarían semejantes a caballos (Fragmentos DK B15–B16). Mucho más tarde, Ludwig Feuerbach formularía esa sospecha de manera sistemática: no sería Dios quien crea al hombre a su imagen, sino el hombre quien proyecta en Dios sus anhelos de justicia, inmortalidad y plenitud (La esencia del cristianismo, 1841).

En esta lectura, el Rostro deja de ser revelación para convertirse en proyección; el espejo ya no refleja una trascendencia, sino que devuelve —ampliada, sublimada— la imagen de quien mira. Un espejo del espejo.

La modernidad desplazará entonces lentamente el problema hacia el interior del hombre. Ya no se trata tanto de descubrir el rostro de Dios, sino de encontrar una supuesta divinidad escondida en el sujeto.

Friedrich Nietzsche llevará esta inversión hasta sus últimas consecuencias. Tras proclamar la “muerte de Dios” (La gaya ciencia, §125), el hombre queda suspendido ante un abismo: o acepta el vacío, o intenta ocupar el lugar del ausente.

El superhombre nietzscheano (Así habló Zaratustra, 1883–1885) no es exactamente un hombre divino, pero sí un creador de valores: alguien que ya no recibe sentido desde arriba, sino que pretende producirlo por sí mismo.

A partir de ahí, ciertas corrientes modernas —desde algunos humanismos prometeicos hasta determinadas fantasías transhumanistas y posthumanistas— han soñado con un hombre emancipado de toda trascendencia, dueño absoluto de sí, capaz incluso de rediseñar su propia naturaleza, de “matar la muerte” y, por consiguiente, de divinizarse.

Hay en ello, quizá, una inesperada resonancia gnóstica: la promesa de una salvación por autotransformación, de una superación de los límites naturales, de una humanidad que busca redimirse a sí misma.

Pero aquí reaparece la pregunta antigua:

¿Qué ocurre cuando el espejo pretende convertirse en rostro?

Carl Gustav Jung trasladará la cuestión al interior psicológico: la imagen de Dios como arquetipo, como una figura profunda inscrita en el alma humana (Aion, 1951; Respuesta a Job, 1952).

El problema ya no es si Dios tiene forma, sino si el hombre puede reconciliarse con la imagen más honda de sí mismo, aquella en la que —de modo fragmentario y simbólico— se refleja también lo divino.

La salvación se convierte entonces en un proceso interior: integrar las fracturas, reconciliar los contrarios, dar forma a una totalidad personal. Pero aparece también un riesgo: si todo sucede dentro, el espejo puede dejar de apuntar hacia un rostro real.

Más adelante, Oswald Spengler introduce otra sospecha no menos inquietante: quizá no solo imaginamos a Dios, sino que cada civilización imagina lo divino desde una sensibilidad irrepetible. Su teoría de las “almas culturales” —apolínea, mágica, fáustica— sugiere que toda experiencia religiosa nace encarnada en una forma histórica concreta, inseparable de un modo de mirar el mundo (La decadencia de Occidente, vol. I–II, 1918–1922).

Sin embargo, esto no invalida necesariamente la pregunta religiosa; acaso obliga a formularla con mayor modestia. Tal vez exista una diferencia entre el posible fondo de verdad y las formas simbólicas, culturales e históricas que lo revisten. Que las religiones hablen lenguas distintas no demuestra necesariamente que no exista aquello de lo que hablan.

Quizá las religiones no sean sino distintos brocales sobre un mismo pozo desde los cuales cada cultura hace descender su propio caldero buscando un agua común.

La pregunta difícil —y quizá irresoluble sin un acto de fe, o sin una renuncia a ella— es si esas diferencias significan que no hay nada en el fondo del pozo o si, precisamente, sugieren lo contrario: que todos intentamos nombrar, torpe y parcialmente, algo que nos excede.

Tal vez la diferencia entre creyentes y no creyentes no resida tanto en la existencia del pozo como en si uno cree que alguna vez el caldero ha llegado a tocar agua.

Y cabe sospechar que, incluso cuando creamos haberla encontrado, seguiremos discutiendo sobre su sabor.

Simone Weil propondrá otra vía —más humilde y más cercana al cristianismo místico— (La gravedad y la gracia, 1947): no somos imagen por plenitud, sino por capacidad de vaciarnos. La semejanza con Dios no consiste en poseer, sino en ceder espacio. No tanto en excavar y poseer un pozo cuanto en hacernos pozo: volvernos hondura, disponibilidad, sed y acogida.

Es el vacío que refleja.

V. Conclusión: entre el espejo y el rostro; la imagen como promesa

Las tradiciones divergen, pero todas giran en torno a una misma tensión: el hombre como ser orientado hacia lo divino, aunque incapaz de abarcarlo plenamente.

Quizá la frase del Génesis no sea una descripción, sino una promesa. No dice lo que somos de manera acabada, sino aquello que estamos llamados a llegar a ser.

Ser imagen de Dios no significa parecerse ya, sino poder llegar a parecerse.

No deja de resonar aquí aquella antigua intuición cristiana —desde los Padres orientales hasta ciertas formulaciones contemporáneas—: Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera participar, de algún modo, de lo divino.

En la tradición cristiana, esa semejanza perdida no se recupera mediante un conocimiento secreto, ni mediante una autosuficiencia prometeica, ni siquiera mediante una exploración puramente interior, sino contemplando un rostro concreto: el de Jesús.

El problema —o acaso la esperanza— es que contemplar un rostro no equivale todavía a parecérsele.

¿Quién podrá ser como Cristo?

Quizá toda vida espiritual no sea sino el esfuerzo, siempre incompleto, de acercarse a una semejanza imposible.

Finalmente, puede decirse —sin clausurar del todo el misterio—:

Si Dios es invisible, la única imagen verdadera será siempre, de algún modo, una imagen en camino.

Entre el espejo y el rostro, entre lo que somos y lo que estamos llamados a ser, se abre ese espacio inquietante donde habita la libertad humana.

Y quizá ahí —no en la posesión de la certeza, sino en esa tensión viva— sea donde la imagen de Dios se deja fugazmente entrever: no como un retrato concluido, sino como un rostro todavía en camino.

O acaso como el reflejo tembloroso del agua profunda de ese pozo sobre el que, desde hace siglos, seguimos inclinándonos para preguntarnos si Alguien nos devuelve la mirada.

José Félix Merladet

Escritor. Antiguo funcionario del servicio exterior de la Comisión Europea, estuvo destinado como diplomático europeo en Uruguay, India y Mozambique. Ha sido profesor de las universidades de Navarra y de Deusto sobre cooperación internacional al desarrollo y sobre la India. Fue también Vicesecretario general del Partido Demócrata Europeo.