El misterio de lo real y la búsqueda del fundamento
Filosofía y Dios (Parte II): Vías de acceso a Dios
Como en las aventuras de Indiana Jones, el célebre arqueólogo que se adentra en junglas, templos y ruinas en busca de tesoros ocultos, el ser humano también está llamado a una aventura: la búsqueda del fundamento último del misterio de lo real. No hay látigos ni tumbas antiguas, pero sí un desafío mucho más profundo: comprender por qué existe algo y no más bien nada, por qué el universo, la vida y la conciencia son posibles.
Del asombro al pensamiento
Los niños, con su inagotable curiosidad, nos recuerdan que la realidad es un misterio. Sus preguntas —tan simples y tan hondas— nos incomodan porque ya no estamos acostumbrados a mirar el mundo con asombro. Hemos sustituido el misterio por el problema: resolvemos lo inmediato, pero olvidamos lo esencial.
Sin embargo, el misterio y el problema coexisten. El problema se enfrenta, el misterio se contempla. Y si cerramos los ojos ante el misterio, la vida pierde profundidad. De ahí que el planteamiento del tema de Dios comience por abrir los ojos al ser de las cosas.
Pensar más allá del problema: el misterio de lo real
A lo largo de los siglos, la humanidad se ha concentrado en el cómo de las cosas —cómo funciona el universo, cómo evolucionan los seres vivos—, olvidando el por qué. Este olvido del ser, denunciado por filósofos como Heidegger o Zubiri, ha reducido al hombre a un simple animal complejo, incapaz de reconocer su propia trascendencia.
La filosofía, especialmente la metafísica, busca ir más allá de los fenómenos hacia el fundamento. Zubiri lo expresaba con claridad: la ciencia explica el cómo, pero no el porqué de la existencia. ¿Por qué el universo se ha tomado la molestia de existir?
La aventura del pensamiento: voluntad de fundamentalidad
El primer paso de esta búsqueda no es solo intelectual, sino también volitivo. Hace falta una “voluntad de fundamentalidad”, como la llamaba Zubiri: el deseo sincero de encontrar el fundamento del misterio. No basta con comprender que la realidad es inagotable; es preciso atreverse a preguntar por su origen y su sentido.
Quien renuncia a esta búsqueda cae en la indiferencia o en el agnosticismo, suspendiendo su marcha intelectual. Otros adoptan una postura atea, que considera la realidad como un mero hecho sin fundamento. Pero esta negación absoluta resulta paradójica: ¿cómo negar la existencia de un ser absoluto si no poseemos un conocimiento absoluto de lo real?
Las vías de acceso a la existencia de Dios
A partir de aquí, el pensamiento filosófico se abre a las llamadas vías de acceso a Dios. No se trata de “demostraciones” científicas, sino de caminos racionales y metafísicos hacia el fundamento del ser. Juan José Muñoz propone dos grandes vías inspiradas en Xavier Zubiri:
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La vía cosmológica, que parte del universo y busca su fundamento último.
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La vía antropológica, que parte del hombre como ser consciente y libre.
1. La vía cosmológica: el universo no es autosuficiente
Durante siglos se creyó que el universo era eterno, autosuficiente y estable. Pero la física moderna —la relatividad, la mecánica cuántica y la cosmología del Big Bang— nos muestra un universo finito, en expansión, dependiente y en evolución. Todo en él es relativo, interconectado y cambiante.
Si nada en el universo es absoluto, el fundamento del universo debe estar más allá de él. Las visiones panteístas, que identifican a Dios con el cosmos o con una “fuerza universal”, resultan insuficientes: si el fundamento fuera parte del universo, también estaría sometido al cambio y no sería absoluto.
El universo, por tanto, no puede ser su propia causa. Como el mago que saca un conejo de la chistera, sería absurdo pensar que la realidad surge de la nada. El fundamento del cosmos debe ser absoluto, personal y trascendente, capaz de dar de sí realidades nuevas, como la conciencia y la libertad humana.
2. La vía antropológica: el ser humano, conciencia del universo
El hombre no es solo un producto del cosmos; es su conciencia. Gracias a su inteligencia y libertad, puede preguntarse por el sentido del ser, algo que ninguna máquina ni animal puede hacer. Por eso, si el ser humano es una persona, el fundamento del universo debe ser también personal.
Einstein reconocía que el mayor enigma del ateísmo es la racionalidad del universo. La coherencia matemática de la naturaleza sugiere una inteligencia ordenadora, no un caos ciego. Inteligencia y libertad son, por tanto, atributos del fundamento último: de Dios.
Negar ese fundamento conduce, como mostraron Nietzsche y Sartre, a la disolución de la persona y de la ética. Sin un ser absoluto, todo se vuelve relativo: la verdad, el bien, la belleza, incluso la dignidad humana. Como decía C. S. Lewis tras la muerte de su esposa: “Si ella ya no existe, es que nunca existió.” Sin trascendencia, el amor mismo se desvanece.
Dios, fundamento absoluto de la realidad
Aceptar a Dios como fundamento absoluto no significa imaginar a un ser lejano “más allá de las galaxias”, sino reconocer su presencia en el fondo mismo de lo real. Dios no está fuera del mundo, sino que es la razón de su consistencia, la fuente que sostiene su creatividad.
La existencia de Dios, entendida filosóficamente, da solidez a la realidad, sentido a la persona y coherencia al universo. Sin ese fundamento, todo se reduce a apariencia, como el mundo virtual de Matrix. Con él, la vida adquiere peso, valor y dirección.
Epílogo: razón y fe
La vía de la razón permite acceder a la existencia de Dios; la vía de la fe permite entrar en relación personal con Él. Ambas son caminos complementarios en la misma aventura del pensamiento y del espíritu.
Porque, como toda gran búsqueda, esta también requiere valentía: atreverse a pensar, y pensar a lo grande.

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