08 octubre, 2026

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El milagro de las piedras vivas: lo que la reapertura de Notre-Dame enseña a un mundo fragmentado

León XIV propone el templo parisino recién restaurado como un modelo global de acogida y participación comunitaria frente a la indiferencia actual.

El milagro de las piedras vivas: lo que la reapertura de Notre-Dame enseña a un mundo fragmentado

La reconstrucción de la catedral de Notre-Dame de París tras el devastador incendio que la redujo parcialmente a cenizas trasciende con creces el ámbito de una mera proeza arquitectónica o un triunfo técnico de la ingeniería moderna. Ante todo, constituye un profundo símbolo espiritual para el tiempo presente. Así lo ha puesto de relieve el Papa León XIV al reflexionar sobre este magno acontecimiento, presentando al templo parisino —recuperado en todo su esplendor— como un modelo elocuente de acogida y participación para una sociedad contemporánea marcada con frecuencia por la fragmentación.

Para el Pontífice, la catedral que vuelve a erguirse imponente a orillas del Sena encarna una lección vital frente a las dinámicas de exclusión y aislamiento que dominan el panorama actual. El proceso coral que hizo posible su levantamiento, sostenido por la generosidad de millones de donantes anónimos, artesanos, expertos y fieles de muy diversos rincones del planeta, demuestra un hecho trascendental: cuando una comunidad se une en torno a un propósito común impulsado por la belleza y la fe, es capaz de superar y levantarse incluso de entre las ruinas más desoladoras.

En su mensaje, León XIV ha enfatizado que las murallas restauradas de Notre-Dame recuerdan con fuerza que tanto la Iglesia como la propia sociedad están llamadas a constituirse como espacios de puertas abiertas. La belleza de las piedras renacidas invita a mirar más allá de las propias seguridades, transformando el templo en un verdadero hogar donde nadie es considerado un extraño y donde cada persona halla un espacio legítimo para participar activamente. Esta convergencia de esfuerzo y significado —una auténtica reconstrucción de piedra y alma— se alza así como un faro luminoso de esperanza, recordando que las heridas más profundas de la historia humana pueden sanarse a través del trabajo compartido, la memoria viva y una radical vocación de hospitalidad hacia el prójimo.

Texto completo del Santo Padre:

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD A FRANCIA Y VISITA A LA SEDE DE LA ORGANIZACIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS PARA LA EDUCACIÓN, LA CIENCIA Y LA CULTURA (UNESCO) DEL 25 AL 28 DE SEPTIEMBRE DE 2026

CELEBRACIÓN DE VÍSPERAS CON LOS OBISPOS, SACERDOTES, DIÁCONOS, CONSAGRADOS, CONSAGRADAS Y SEMINARISTAS HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

Catedral de Notre-Dame de París Viernes, 25 de septiembre de 2026 

Queridos hermanos y hermanas: La oración de la tarde nos ha reunido en el lugar que desde hace siglos, más que ningún otro, invita a París a elevar la mirada al cielo. Han pasado siete años desde que el mundo entero, con el fiato suspendido, observó la catedral envuelta en un incendio espantoso. También entonces levantamos la mirada, desconcertados, reconociendo la humana insuficiencia frente a lo imponderable. Aquel dolor no fue solo de los católicos, ni solo de los creyentes. Nos dimos cuenta, en aquella hora dramática, de que Notre-Dame es más que un monumento. La coral participación en la reconstrucción y ahora el esplendor del resultado revelan que aquí late el corazón de un pueblo, que nos encontramos en el centro vital de una civilización, que se abrazan el pasado y el futuro, que se encuentran el cielo y la tierra.

He deseado encontraros en este lugar símbolo de la Iglesia en Francia. Ha sido para mí una alegría cruzar su umbral hace poco, como ocurre cada día a miles de hermanos y hermanas que llegan aquí desde todo el mundo. El simple hecho de entrar nos pone ante una belleza que habla a nuestro corazón inquieto y lo llama a la paz. Al devolver este espacio a la entera humanidad, se ha comprendido justamente cómo cada visitante puede dejarse regenerar por lo que ve, escucha y experimenta. Las instituciones —públicas, eclesiales y privadas— involucradas en la restauración de Notre-Dame, con su específica contribución, han concurrido así a reactivar los caminos culturales, existenciales y espirituales que la catedral abre. En este contexto, la Iglesia ha interpretado su propia tarea no solo en términos de conservación, sino también de creatividad, haciendo vivir la tradición con la audacia de quien tiene fe y está orientado hacia la esperanza. De esto deseo agradecer al arzobispo, a sus colaboradores y a la comunidad diocesana de París, que han imaginado también un itinerario pastoral de primer anuncio y de iniciación cristiana al alcance de todos. Signo de ello es la pila bautismal, que se encuentra a la entrada como bendición e invitación.

La reconstrucción de la catedral ha sido la ocasión de un encuentro que ha dilatado los espacios de la acogida y de la participación más allá de los confines de la pertenencia eclesial. Queridos obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas, seminaristas de Francia: ¡dejaos inspirar por lo que ha sucedido aquí! Anteponed a todo el Evangelii gaudium, es decir, aquella conversión misionera que el Papa Francisco nos ha testimoniado desde su primera exhortación apostólica.

De la Carta a los Gálatas hemos escuchado la razón por la cual no debemos temer: «Dios envió a su Hijo» (Gal 4, 4). ¡Lo envió entre nosotros, a este mundo nuestro! En el texto paulino, el verbo describe un acontecimiento real, histórico, no circunstancias ideales. Los cristianos no huyen de la complejidad, porque Dios mismo los ha llamado a seguir a su Hijo en un mundo ya habitado, ya en movimiento, ya marcado por las miserias y la bondad de los seres humanos. El camino de la cruz revela, ciertamente, las oscuridades que atraviesan el mundo, pero más radicalmente revela el amor de Dios victorioso sobre la muerte.

La planta en cruz de la catedral, donde la piedra y la luz se funden, evoca el encuentro entre la tierra y el cielo. Recoge y ordena los acontecimientos de la historia, entrelazada de alegrías y sufrimientos humanos. Los mantiene unidos en una dinámica simbólica que de las diversas expresiones hace una lengua viva, componiéndolas en unidad.

Queridos amigos, de la Encarnación —«Dios envió a su Hijo»— desciende la identidad de la Iglesia, llamada a ser siempre «en salida». Como discípulos de Cristo, sabéis bien que la comunidad cristiana no se constituye como un enclave en el que retirarse para defenderse de su propio tiempo. Se ofrece, por el contrario, como las antiguas catedrales, como un espacio de acogida, de respeto, de revelación y de sentido para todos. Aquí radica la fuerza de una Iglesia viva: acoger la periferia que se encuentra ya en su corazón, al lejano que en realidad ya está cerca, al extraño en el cual Cristo ya está llamando a la puerta.

Si Notre-Dame es el signo de dicho encuentro en el centro de París, con mayor razón las otras ciudades y regiones de Francia, incluso las más periféricas y rurales, serán transfiguradas por una presencia misionera sencilla y benévola, que ayude también a la composición de las diferencias culturales y a la sanación de las heridas presentes en nuestras sociedades. Desde las costas del norte hasta el Mediterráneo, desde las áreas interiores hasta los departamentos de ultramar, sed una Iglesia viva, multiforme y cercana. La pobreza de medios no impide la misión, puesto que es la gracia de Dios la que facilita la libertad interior y la sobriedad de vida, para así reflejar un estilo evangélico. En todo esto, valorad con confianza la presencia misionera de los fieles laicos, que son el puesto de avanzada viviente de la Iglesia en las encrucijadas del mundo cotidiano.

Por otra parte, hermanos y hermanas, no debemos olvidar que la finalidad para la cual este templo, como cualquier otra iglesia, ha sido levantado es la oración y la alabanza a Dios. Es el lugar donde la comunidad cristiana celebra la forma más alta de oración y de alabanza, renovando en la Eucaristía el sacrificio redentor de Cristo. La catedral no es un envoltorio de piedra para admirar: vive en el misterio sagrado que en ella se celebra. Vaciada de la acción litúrgica, perdería su alma. Aquí, en Notre-Dame, esta verdad se pone de relieve mediante la colocación del altar en el centro del espacio: la comunidad que alaba al Señor se encuentra, así, en el corazón del edificio, y los visitantes, incluso durante las celebraciones, caminan a su alrededor y la observan. La Iglesia aparece allí por lo que es: un organismo vivo, una comunidad creyente que recoge en la alabanza cuanto la cultura y la Tradición le entregan, un cuerpo que, precisamente al celebrar, narra a cualquiera la razón por la cual existe.

Hoy más que nunca nos las vemos con un tiempo que parece sin plenitud, sin profundidad, sin promesas. La noble simplicidad del canto, de la palabra y del gesto litúrgico pueden representar para muchos un desgarrón, un oasis de paz en una sociedad hiperconectada y ruidosa, donde se puede experimentar la presencia del Autor del amor más grande: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo» (Gal 4, 4). La celebración del año litúrgico, del domingo y de las fiestas nos hace también contemporáneos de Cristo, atentos a los diferentes momentos de su vida totalmente entregada al Padre por el mundo. Así, nos volvemos también más sensibles y abiertos a los signos de los tiempos. La escucha comunitaria de las Escrituras y la oración nos capacitan, en efecto, para ver los acontecimientos históricos bajo la luz de Dios, haciéndonos más conscientes de nuestras responsabilidades, para desenmascarar las relaciones de poder injustas y custodiar los brotes de justicia y de paz. Es la esperanza, entonces, la que nos mueve y no la resignación. Y es a partir de ahí de donde surgen vínculos de mayor fraternidad, redes de solidaridad, fruto de la comunión en el único sacrificio de Cristo.

A vosotros que celebráis cotidianamente la Eucaristía, os pido que cuidéis que las celebraciones litúrgicas sean siempre vividas con dignidad y decoro, incluso allí donde se reúnen comunidades más pequeñas. Sed herederos conscientes de los padres y de los santos de la Iglesia que a lo largo de todos los siglos nos han transmitido el significado profundo y la belleza de la liturgia, testimoniando siempre una gran humildad frente al misterio celebrado. El Concilio Vaticano II, cuya riqueza debe mucho a Francia, ha recogido y profundizado de manera eminente dicha herencia, reconociendo su centralidad en la vida eclesial (cf. Sacrosanctum Concilium, 10). Os exorto, por tanto, a todos —obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas— a cultivar un auténtico amor por la liturgia y a ser testigos y servidores de la vocación profética, sacerdotal y real de todo el pueblo de Dios.

La liturgia sigue siendo en esto un espejo de la vida. La alegría eucarística se afirma y se difunde donde se recupera la armonía, donde renace la dignidad, donde la autoridad se hace servicio, donde la libertad se pone de nuevo en camino. Es el don más grande que podemos compartir. Poned, pues, por encima de vuestras sensibilidades personales la comunión con el sucesor de Pedro y con la Iglesia, para cultivar la unidad del pueblo de Dios. Juntos seremos la profecía de que un mundo reconciliado es posible.

Queridos obispos, presbíteros, seminaristas y consagrados, que habéis sido llamados a seguir a Cristo: os agradezco vuestra respuesta y fidelidad al Señor. No descuidéis nunca esa amistad querida por el Señor que debe ser cultivada en la oración personal, fundamento esencial de toda vocación. Como decía Madeleine Delbrêl: «Sin la oración, no amaríamos al Dios del amor. Podríamos ser sus siervos, sus combatientes, o incluso sus discípulos; pero no seríamos ni los hijos amorosos de nuestro Padre, ni los amigos […] de Jesucristo» (Notre vie, tomo XV de las Œuvres complètes, Nouvelle Cité, 2017, p. 41). Custodiad, por tanto, vuestra vida interior con el Señor en la escuela de los numerosos santos que os han precedido, acudiendo siempre a la fuente del amor infinito de Dios en la oración silenciosa. vuestra misión parte ante todo de esta relación íntima con el Señor, que os espera allí.

En el corazón de la ciudad, la catedral abierta es el signo de una comunidad que alaba al Señor y que vive la hospitalidad no como un gesto ocasional, sino como la forma misma de su propia existencia, de modo que todos puedan sentirse en casa, sin ser ya más oprimidos ni marginados en un mundo que cambia. «Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, […] para que recibiéramos la adopción de hijos» (Gal 4, 4-5). Y «si eres hijo, eres también heredero» (Gal 4, 7). Herederos por gracia, hermanos y hermanas aquí convocados, toca ahora a cada uno de vosotros, a esta asamblea orante y viva, hacerse carne y voz de esta promesa. Vosotros, pastores y consagrados de Francia, estáis llamados a ser los primeros custodios de esta casa abierta, piedras vivas de una Iglesia que espera y no teme al futuro. Esta catedral ha renacido para que podáis renacer con ella en un impulso de santidad y de misión cotidiana. Sed, en medio de vuestro pueblo, la expresión límpida de la divina maternidad de la Iglesia que, al testimoniar el amor de Dios, recompone y sana a la familia humana.

Alcemos la mirada hacia la estatua del siglo XIV de la Virgen con el Niño, que el incendio no pudo tocar y que hoy brilla nuevamente ante nosotros. María, que guardó el Verbo en su seno, custodie vuestra fidelidad y sea la estrella que guía la misión de la Iglesia en Francia. Santa María, Nuestra Señora de París y Madre de la Iglesia, ruega por el pueblo francés, sostén a sus pastores y camina siempre a nuestro lado.

Exaudi Redacción

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