El mapa de la fraternidad: cuando Asís vuelve a enseñarnos el camino de la paz
En la festividad de san Francisco, el Papa señala la urgencia de construir concordia en un mundo desgarrado por los conflictos y los muros de la división
El eco de san Francisco de Asís vuelve a resonar con una vigencia urgente. En la jornada dedicada al santo patrono de Italia, el papa León XIV ha querido recordar desde la oración del Ángelus que el Pobrecillo de Asís no pertenece únicamente a las páginas de la historia hagiográfica, sino que ofrece una clave viva y concreta para afrontar las fracturas del presente. Frente a un escenario global marcado por tensiones crecientes, hostilidades y divisiones infranqueables, el mensaje lanzado por el Pontífice este 4 de octubre de 2026 subraya la necesidad imperiosa de recuperar un estilo de paz basado en la concordia y el entendimiento entre los pueblos.
Durante la oración mariana, el Obispo de Roma ha puesto de relieve cómo la figura de Francisco interpela directamente la conciencia de cada creyente y de la sociedad entera. En un tiempo donde los muros tienden a sustituir a los puentes y la confrontación dialéctica o armada se instala con demasiada frecuencia como la norma de las relaciones internacionales y comunitarias, el testimonio francisciano se alza como una alternativa radicalmente evangélica. Construir la paz, según la perspectiva recordada por el Papa, no es el simple resultado de equilibrios geopolíticos o de acuerdos tácticos, sino el fruto de una conversión profunda del corazón que sabe acoger al otro como hermano, superando la lógica del egoísmo y de la indiferencia.
Las palabras del Santo Padre en esta fecha tan significativa insisten en que la concordia entre los pueblos no se improvisa: requiere artesanos dispuestos a renunciar a la pretensión de dominio y a desarmar los propios recelos. Así, el ejemplo de san Francisco —quien supo caminar en medio de los conflictos de su época desarmado y tendiendo la mano— se convierte para León XIV en una brújula indispensable en este mes de octubre. El llamamiento lanzado desde la ventana del Palacio Apostólico trasciende la conmemoración litúrgica para transformarse en una llamada de atención directa a la responsabilidad colectiva: desenterrar los odios cotidianos, sanar las heridas de las comunidades y apostar firmemente por un futuro donde la fraternidad universal deje de ser una utopía lejana para convertirse en la brújula de la convivencia humana.
Texto completo del ángelus:
PAPA LEÓN XIV
ÁNGELUS
Plaza de San Pedro
Domingo, 4 de octubre de 2026
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Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
Las palabras del Evangelio que se proclaman en la liturgia de este domingo nos hablan de la vida de Jesús e iluminan el sentido de su misión (cf. Mt 21,33-43). Él es el Hijo de Dios enviado al mundo, pero es rechazado precisamente por aquellos que deberían haberlo acogido con los brazos abiertos. El que ha venido a traer la salvación recibe una condena; el que quiere dar la vida es condenado a muerte. Mientras nos hace reflexionar sobre las numerosas crueldades que devastan al mundo y a la historia de los pueblos, la enseñanza de Cristo nos revela la infinita misericordia de su Padre.
Ese rechazo violento, en efecto, no fragmenta la voluntad de Dios, que en su infinita justicia transforma el mal en rescate: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular» (Mt 21,42; cf. Sal 118,22). El propio Jesús recuerda estas palabras del salmo, que celebra la obra maravillosa realizada por el Señor: precisamente lo descartado se convierte en el fundamento que lo sostiene todo. Este es el modo en que el Todopoderoso guía la historia, socorriéndonos en todas nuestras caídas: ¡Dios nunca desecha nuestra vida!
Según la imagen utilizada en la parábola, la viña que hay que cultivar con justicia es la Iglesia, que construimos o dañamos con nuestras decisiones. A este respecto, precisamente hoy, en el octavo centenario de su muerte, deseo recordar a un trabajador que se dedicó con gran fruto en la viña del Señor: San Francisco de Asís, a quien el propio Jesús pidió que reparara su Iglesia. Inspirado por el Crucificado, Francisco edificó ante todo su propia vida sobre el fundamento de Cristo, compartiendo su pobreza, su alegría y sus sufrimientos, hasta recibir el signo místico de los estigmas. Hombre de ardiente oración, lleno de caridad hacia todos, fue un ejemplo para los primeros frailes que compartieron su ascetismo como condición auténtica para la reforma de la Iglesia. San Francisco la reparó en virtud de la fe en el Señor Jesús, sanando las grietas de la discordia con el testimonio del amor fraterno.
Queridos amigos: el carisma de san Francisco aún hoy, después de ocho siglos, da fruto; de ello dan testimonio no sólo la gran y dinámica familia franciscana, sino también los numerosos dones que su legado espiritual difunde entre el Pueblo de Dios. Por eso, mientras celebramos el Año Jubilar Franciscano, pidamos con perseverancia el don de la paz y comprometámonos sinceramente a construir la concordia entre los pueblos.
Que en esta obra nos acompañe siempre la intercesión de María Santísima, nuestra Madre, a quien ahora nos dirigimos, unidos espiritualmente a los fieles reunidos en el Santuario de Pompeya para elevar la Súplica a la Virgen del Santo Rosario.
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
El domingo pasado, en Lourdes, he hecho la invitación a rezar el santo rosario, durante este mes de octubre, ofreciéndolo por la intención particular de que cesen las guerras y se construya la paz. De los primeros en comenzar fueron los niños, y lo están llevando a cabo. Del 1 al 7 de octubre, la Fundación “Ayuda a la Iglesia Necesitada”, está promoviendo la iniciativa “Un millón de niños rezan el rosario”, por la paz y la unidad en el mundo. Agradezco de todo corazón a todos los niños y niñas que, en tantas partes del mundo, se unen a esta oración; y sigamos todos su ejemplo, invocando la intercesión de la Virgen María para que los pueblos sean liberados del flagelo de la guerra. En particular, recemos por Tierra Santa y por las víctimas inocentes de la violencia.
En los próximos días, con motivo del décimo aniversario de la Exhortación apostólica Amoris laetitia, tendrá lugar un encuentro en el Vaticano al cual he convocado a los jerarcas de las Iglesias Orientales Católicas y a los presidentes de las Conferencias episcopales de todo el mundo. Será un momento de discernimiento sinodal, para identificar los pasos que hay que dar al anunciar el Evangelio hoy en día a las familias y a las generaciones jóvenes. Encomiendo esta tarea a la oración de ustedes, principalmente por las familias que, con la ayuda de Dios, son signo de esperanza y riqueza inestimable para la Iglesia y la sociedad.
Me da alegría ver las numerosas iniciativas con las que se celebra el octavo centenario de la muerte de San Francisco de Asís. Recuerdo, en particular, las que se llevaron a cabo en Asís, con la presencia de las más altas autoridades del Estado italiano. Saludo también a los radioaficionados de Asís y Foligno que difunden el mensaje de paz de san Francisco.
Ahora les dirijo mi saludo a todos ustedes, aquí presentes hoy en la Plaza de San Pedro.
Doy la bienvenida a los participantes de la International Week of Sacred Music, organizada por el Pontificio Instituto de Música Sacra; así como a los fieles de Puente Alto de Santiago de Chile; y a los profesores y alumnos del Gymnasium Sankt Bonaventura de Dilinga, Alemania.
Saludo a los confirmandos de Pinerolo; a los fieles de Fasana Polesine; a los jóvenes del Valle Brembana que caminaron sobre la Vía Francígena desde Viterbo hasta Roma; a la Asociación FIABA, que promueve campañas para mejorar la accesibilidad de los lugares públicos; al grupo Mamme che regalano un sorriso de Tarento; y a la asociación Studenti con le Stellette, de Lurago d’Erba.
Bendigo de corazón a los fieles que hoy, desde esta Plaza, peregrinarán hacia el Santuario de la Virgen de la Revelación en Via Laurentina, siguiendo con la tradición que comenzó el Papa Pío XII.
Les deseo a todos un feliz domingo.
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