El mayor crimen de los nacionalistas ucranianos
Polonia recuerda el genocidio de los polacos en Volinia
Fue una de las mayores tragedias sufridas por la nación polaca durante la Segunda Guerra Mundial: el exterminio de unos 120.000 civiles polacos a manos de nacionalistas ucranianos, perpetrado en la región de Volinia (en polaco, Wołyń). Para no olvidar este crimen y honrar a las víctimas que aún hoy carecen de una tumba, este año, el 11 de julio, se celebró por primera vez una nueva jornada nacional: el Día de la Memoria de los Polacos asesinados por nacionalistas ucranianos en los territorios orientales de la Segunda República de Polonia.
Hace 82 años, precisamente el domingo 11 de julio de 1943, mientras los polacos se reunían en las iglesias para asistir a la misa dominical, milicias nacionalistas ucranianas atacaron un centenar de localidades en Volinia, con el objetivo de exterminar a la población polaca. Aquel día, conocido como el «Domingo sangriento«, fue el punto culminante del proceso de «eliminación» de los polacos en territorios donde los extremistas ucranianos aspiraban a fundar un Estado étnicamente puro, sin presencia polaca. No se tuvo compasión: ancianos, mujeres, niños e incluso bebés fueron asesinados con una crueldad indescriptible.
Hasta el día de hoy, Ucrania no ha asumido plena responsabilidad por este crimen, ni legal ni moralmente. Aún peor: el culto oficial a las formaciones criminales del Ejército Insurgente Ucraniano (UPA) y a sus líderes se ha ido consolidando cada vez más en el país. Los restos de unas 120.000 víctimas polacas siguen dispersos en fosas comunes, muchas de ellas sin identificar, y las autoridades de Kiev impiden la búsqueda a gran escala, las exhumaciones y una sepultura digna. El Instituto de la Memoria Nacional de Polonia, dirigido hasta hace poco por Karol Nawrocki —actual presidente electo del país— ha identificado ya 2.800 lugares de crímenes en Volinia y la Pequeña Polonia oriental.
Los nacionalistas ucranianos ya recurrían al terror incluso antes del estallido de la guerra. Pero cuando Alemania ocupó Polonia, la rebelión ucraniana se desató con una violencia sin precedentes. La verdadera oleada de matanzas y ataques contra aldeas polacas se dio tras la invasión alemana del este de Polonia en junio de 1941. Fue en el Tercer Reich donde los nacionalistas ucranianos vieron a su mejor aliado. Los criminales del UPA y de la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN), cuyos líderes hoy son honrados como héroes en Ucrania, no hicieron distinciones.
Los polacos fueron asesinados con disparos, granadas, pero también con hachas, hoces y cuchillos. Esto —en contra de la narrativa oficial ucraniana— demuestra que no se trató de un conflicto armado entre facciones, sino de un genocidio planificado, en aras de una idea fanática de “liberar Ucrania de los polacos”. Fue el aniquilamiento sistemático de una población civil indefensa.
Un informe del distrito de Leópolis dirigido al cuartel general del Ejército Nacional en la clandestinidad recoge lo ocurrido con horror:
“Los ucranianos perpetraron el asesinato de los polacos con monstruosa crueldad. Clavaron a las mujeres en el suelo con bayonetas, incluso a las embarazadas. Destrozaron a los niños, empalaron a algunos con horcas y los lanzaron por encima de las vallas. Amputaron brazos, piernas y cabezas con hachas, cortaron lenguas, orejas y narices, vaciaron ojos, machacaron cráneos con martillos y arrojaron vivos a los niños dentro de casas en llamas. Lanzaron granadas o paja encendida en los sótanos donde se refugiaban las familias”.
Resulta especialmente impactante que parte del clero greco-católico respaldara la violencia. Una testigo relató que, la víspera del «Domingo sangriento», durante una misa en la iglesia greco-católica de Horodno, el sacerdote exclamó:
“Ucrania, ha llegado tu hora. Tomad las hoces, tomad los cuchillos y perseguid a los polacos”, y procedió a “bendecir” las herramientas del crimen que los fieles habían traído al templo: hoces, horcas y hachas.
Los nacionalistas no solo quisieron eliminar a los polacos como personas, sino también borrar toda huella de su presencia. Las directrices de la OUN eran claras:
“Derribar todas las paredes de las iglesias y edificios religiosos polacos, talar los árboles que los rodean para que no quede rastro de que alguien vivió allí, y destruir todas las casas habitadas anteriormente por polacos”.
Como consecuencia, muchos pueblos fueron arrasados e incendiados. Hoy no queda rastro de ellos, salvo campos y bosques.
El genocidio de Volinia sigue siendo una herida abierta que solo podrá empezar a sanar cuando se cumpla el deseo de las familias: recuperar los cuerpos de sus seres queridos y darles una sepultura digna.
Este año, además del homenaje a las víctimas, Polonia ha querido también recordar a los “justos entre los ucranianos”. En Toruń, en el santuario de la Virgen María, Estrella de la Nueva Evangelización, y de San Juan Pablo II, se inauguró un memorial en honor a ciudadanos ucranianos que, con gran valor, se opusieron a las órdenes de los nacionalistas y ayudaron a salvar polacos, arriesgando sus propias vidas. Muchos de ellos murieron junto a quienes intentaban proteger.
Durante esta jornada nacional de recuerdo, el presidente de Polonia, Andrzej Duda, escribió en redes sociales:
“Solo sobre la base de la verdad —incluso la más dura— se pueden construir relaciones maduras y sinceras entre las naciones, incluidas las de polacos y ucranianos”.
Añadió también: “Queremos y tenemos derecho a saber dónde descansan sus restos. Queremos despedirnos con dignidad, rezar sobre sus tumbas, encender una vela. El derecho a una conmemoración digna, especialmente una conmemoración común, es un elemento esencial para la reconciliación y la construcción de un futuro mejor”.
Concluyó afirmando: “La verdad y la memoria no tienen por qué dividirnos, si nos conducen al entendimiento, la reconciliación y la preocupación compartida por un futuro seguro”.
Pero la reconciliación, subrayó Duda, no será posible mientras las autoridades ucranianas no reconozcan oficialmente la verdad sobre el genocidio de los polacos en Volinia cometido por criminales nacionalistas durante la Segunda Guerra Mundial. Lamentablemente, en la Ucrania independiente desde 1991, se ha buscado redefinir la figura de los “héroes nacionales” y, en ese contexto, se han “rehabilitado” a criminales de guerra como Stepan Bandera o Dmytro Klyachkivsky, comandante del UPA en Volinia y principal responsable de las masacres. Una Ucrania que aspire a ser verdaderamente democrática no puede basar su identidad en la glorificación de colaboradores del nazismo ni de responsables de atrocidades como el genocidio de Volinia.
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