El liderazgo ético como servicio
Hacia una gestión con propósito: el poder de la integridad y la coherencia en el liderazgo actual
Liderazgo ético es un libro de Alfred Sonnenfeld (médico, teólogo y catedrático de Antropología y Ética) que propone una revolución silenciosa en el liderazgo basada en la coherencia interior, la integridad moral y el servicio al bien común.
Podríamos destacar algunas características de esta obra:.
- Enfoque transformador: No es una guía técnica de gestión, sino una obra filosófica, ética y espiritual que combina sabiduría clásica, neurobiología y experiencias prácticas.
- Autoridad vs. Poder: Distingue entre el poder impuesto y la autoridad moral ganada desde dentro, argumentando que el verdadero líder inspira confianza mediante el ejemplo y no por carisma o eficacia inmediata.
- Neurobiología y carácter: Sonnenfeld utiliza la neuroplasticidad para demostrar que el carácter no está determinado genéticamente, sino que se forja mediante hábitos, decisiones éticas y la cultivación de virtudes como la prudencia, templanza y justicia.
- Ética de la primera persona: Critica la ética utilitarista y tecnocrática, abogando por una ética personal donde el líder pregunta «¿quién soy cuando hago lo que hago?», priorizando la dignidad humana sobre la mera eficiencia o los resultados rápidos.
- Reconocimiento: La obra fue galardonada como el mejor libro de empresa 2020 en los Premios KnowSquare, destacando su relevancia en tiempos de crisis de valores y descrédito institucional.
El mensaje central es que todos pueden ejercer un liderazgo ético, independientemente de su posición jerárquica, siempre que pongan la dignidad de la persona en el centro y actúen desde la generosidad y la coherencia entre el ser y el actuar.
Reflexión ética sobre el liderazgo
Una perspectiva específica de la ética es el liderazgo, que podríamos definir como aprender a vivir de modo que mi existencia alcance la plenitud a la que está destinada en su totalidad. Esto es algo que no depende de circunstancias cambiantes ni de quién ostente el poder. Depende de mí, de cuál es mi modo fundamental de ser, de los bienes que me identifican, de qué aspiraciones abrigo, de las posibilidades operativas de que dispongo, de cuál es el camino que he de seguir para alcanzar una vida lograda. Liderazgo no deja de ser, en última instancia, un fenómeno radicalmente personal y autobiográfico.
La misión del liderazgo y de la ética no es resolver acertijos o adivinanzas acerca de si algo se debe o no se debe hacer en estas o aquellas circunstancias. La reflexión ética sobre el liderazgo no pretende decir todo lo que cada uno debería hacer. Dicho de otro modo, no queremos proporcionar soluciones prefabricadas, sino más bien las herramientas necesarias para que cada uno busque y encuentre, desde su experiencia, el camino que le lleva, a través de sus elecciones personales, a la plenitud de vida. Al decir plenitud de vida nos referimos a la vida lograda en su totalidad, lo que abarca mucho más que diferentes aspectos parciales del trabajo de un director de empresa.
Estos fines parciales, no cabe la menor duda, son de gran importancia, pero han de verse relacionados como las partes con el todo. Por muchos éxitos empresariales que haya podido cosechar un líder, el fracaso en su vida familiar podría conducirle, a la larga, a la frustración existencial a la que antes nos hemos referido. La ética nos ayuda a elevarnos por encima de los bienes particulares para reflexionar sobre la vida lograda en su totalidad y exige que se respete el bien de la vida humana vista en su conjunto.
Importancia de la misión personal
El liderazgo ético exige de cada persona que clarifique lo que le importa en la vida, qué es aquello por lo cual está dispuesta a tomar decisiones sobre cosas que se hallan a su alcance y de esto dependerá, también, el modo de comunicarse. Así se dará cuenta de cuáles son sus valores prioritarios (jerarquía de valores) y de cómo va a conducir su existencia para conseguir una vida lograda que, a corto o largo plazo, repercutirá en el buen desarrollo de las capacidades operativas de las personas que trabajan con ella.
El fundador de la logoterapia Viktor Frankl, prisionero durante mucho tiempo en los tremendos campos de concentración nazis, sintió como pocos lo que para él significaba una «existencia desnuda». Sus padres, su hermano, incluso su esposa, murieron en los campos de concentración o fueron enviados a las cámaras de gas, de tal suerte que, salvo una hermana, todos perecieron. Lo único que le quedaba — así afirmaba Frankl— era la capacidad de elegir, es decir, la actitud personal de decidir ante un conjunto de circunstancias ¿Cómo poder despertar en los demás la responsabilidad de vivir, por muy adversas que se presenten las circunstancias? Para contestar a esta pregunta, Frankl cita con frecuencia la célebre frase de Friedrich Nietzsche:
«Quien tiene un porqué para vivir, podrá soportar siempre el cómo». Pero este «porqué» ha de ser hallado por cada uno haciendo uso de su propia siempre el cómo» . Pero este «porqué» ha de ser hallado por cada uno haciendo uso de su propia responsabilidad, que no podrá ser reemplazada por nadie responsabilidad, que no podrá ser reemplazada por nadie.
Concretar nuestra misión personal es un requisito indispensable para poner en práctica un liderazgo logrado. Esto es imposible para la persona que va dando tumbos-
Cuando el único criterio de verdad es la eficiencia y la utilidad, se niega automáticamente la mejora, pues la verdadera perfección del hombre no consiste principalmente en el hacer.
La clave del desarrollo está en una inteligencia capaz de entender la técnica y de captar el significado plenamente humano del quehacer de cada persona. Necesitamos, por tanto, unos ojos y un corazón nuevos para darnos cuenta de la importancia de involucrarnos a favor del bien común y, de este modo, saber señalar las prioridades en nuestro trabajo y en nuestras tareas cotidianas.
Cuando el único criterio de verdad es la eficiencia y la utilidad, se niega automáticamente la mejora, pues la verdadera perfección del hombre no consiste principalmente en el hacer. La clave del desarrollo está en una inteligencia capaz de entender la técnica y de captar el significado plenamente humano del quehacer de cada persona. Necesitamos, por tanto, unos ojos y un corazón nuevos para darnos cuenta de la importancia de involucrarnos a favor del bien común y, de este modo, saber señalar las prioridades en nuestro trabajo y en nuestras tareas cotidianas.

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