El inquebrantable testimonio de fe y perdón de la madre de Santa María Goretti
Assunta Carlini: La madre que presenció la santidad de su hija
Assunta Carlini, al correr en busca de refugio ante los bombardeos de la aviación se rompió una pierna y, desde entonces, se vio obligada a utilizar una silla de ruedas, y en ella sentada tuvo el honor de ser recibida por Su Santidad el Papa en el Vaticano, el día en que su hija fue santificada. Ha sido la única madre que ha tenido, hasta hoy, la dicha de presenciar la canonización de su propia hija.
Luis Goretti y Assunta Carlini fueron unos humildes campesinos, que tuvieron cinco hijos. La segunda se llamaba María, y nació en Corinaldo el 16 de octubre de 1890. Pronto hubieron de emigrar en busca de mejores tierras y se instalaron cerca de Nettuno, como colonos del Conde Mazzoleni. El terreno era fértil pero muy pantanoso y malsano. Luis Goretti murió al poco tiempo, víctima de la malaria y quedó sola Assunta con sus cinco hijos, el mayor de los cuales apenas tenía trece años. María ayudaba a su madre en las tareas de la casa y educaba a sus hermanos menores, enseñándoles a leer y a rezar las primeras oraciones.
Assunta, además de a su familia, debía atender a otras dos personas que vivían en la misma casa y que eran también jornaleros en la finca; se llamaban Juan Serenelli y su hijo Alejandro, un muchacho fuerte de unos veinte años. Alejandro no era mal muchacho, pero empezó a leer libros deshonestos y puso sus maliciosos ojos en María.
En dos ocasiones se insinuó a María, pero la pequeña no comprendió lo que Alejandro deseaba, aunque sintió que no era bueno.
Un día 5 de julio de 1902, mientras toda la familia se encontraba en la era trillando, María Goretti cosía en la cocina, y Alejandro la llamó:
-María, ven.
-¿Para qué?
-Tú ven-insistió Alejandro.
María no obedeció. Alejandro la tomó violentamente, le tapó la boca con su fuerte mano y cerró de una patada la puerta.
María gritó:
-¡No! ¡No por favor! ¡Es pecado! ¡No! Te vas a condenar.
Alejandro no pudo conseguir su propósito y, despechado, cogió un hierro afilado y lo clavó catorce veces seguidas en el vientre y en el pecho de María.
Pasadas cinco horas y acompañada por su madre, a quien contó todo lo ocurrido, María fue llevada en una ambulancia al hospital; antes de recibir el Viático, perdonó a Alejandro y pocas horas después murió invocando a la Santísima Virgen.
Alejandro confesó su crimen, fue condenado a treinta años de prisión y, al salir de la cárcel, antes de ingresar como lego en un convento, recibió el perdón de la señora Assunta y junto a ella asistió, en el Vaticano, a la canonización de María.

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