Asunción de María a los cielos
“Se abrió el santuario de Dios y apareció el Arca de la Alianza”(Ap 11, 19)
No sé por qué caminos los Apóstoles
confluyeron en Éfeso aquel día
Silencio en la vivienda del discípulo
a quien Jesús legó a su Madre en testamento.
Tú y yo nos deslizamos de puntillas,
para que no levante su vuelo la Paloma
y nos deje plantados y en destierro
llorando de orfandad.
No sé por qué caminos llegó también la muerte,
disfrazada de sueño, maquillada de añil,
hasta el punto de que jamás sepamos
si la Virgen se muere o medita solamente,
guardando en su interior, como solía,
el último misterio
que se llevó consigo a las alturas.
Días ha que sus ojos –los primeros-
están ya repatriados en los cielos.
Ninguna mano se atrevió
a correr los visillos de sus párpados
cuando no queda luz más acá de la frontera.
Los labios entreabiertos musitaban
delirios aquí abajo indescifrables…
Sin embargo
nadie piensa que puede irse ahora,
cuando la luz se pasea por su piel
en éxtasis divino y contagioso.
(Ya Pedro tiene a punto la sentencia:
“¡Qué bien se está aquí,
hagamos nuestras tiendas!”)
Tan sólo su sonrisa – jamás desencarnada-,
mitad del cielo y mitad nuestra todavía,
parece rezagarse entre nosotros.
Nunca vimos apagarse.
esta hoguera que ardió sin consumirse
como la zarza de Moisés en el desierto.
Ni un aleteo rozó nuestras sienes
ni un chasquido desprendió las miradas.
Ni aleluyas de Haendel…
ni terremotos ni campanas:
todo un acontecer sencillo y llano,
sin rupturas, igual que un paso más…
No sé en qué parpadeo se nos fue de las manos.
Nos miramos los unos a los otros
al borde su carne inmaculada
-imposible bocado del sepulcro-,
a orillas de su vientre bendecido
invadido de luz y transparencia…
que se iba desprendiendo poco a poco.
“Yo, cuando sea levantado a lo alto,
atraeré a todos hacia mí”.
Y Ella no pudo resistir
la fuerza imperiosa de tu imán
(Es justo que te lleves, Señor, todo lo tuyo:
que la que estaba en pie junto a la Cruz
sentada esté también junto a tu trono).
Se derrama un perfume por la estancia
-olor de rosa mística sin duda-
y un himno gregoriano de ángeles en off
de lejos roza apenas el silencio.
¡Con qué gana asiría la orla de ese manto
para así infiltrarme, polizón clandestino,
en las regias moradas de los cielos!
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