19 junio, 2026

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Exaudi Redacción

11 junio, 2026

12 min

El grito de Arguineguín: León XIV sacude a Europa desde el muelle de las «vidas heridas»

En una emotiva visita a las Islas Canarias, el Papa se inclina ante el drama de la migración, denuncia a las mafias y lanza una advertencia rotunda a los líderes del continente: «No podemos acostumbrarnos a contar muertos»

El grito de Arguineguín: León XIV sacude a Europa desde el muelle de las «vidas heridas»

Las aguas del Atlántico, que tantas veces se tragan el silencio de los invisibles, han sido hoy el escenario de un examen de conciencia global. El Papa León XIV ha cumplido el histórico viaje pendiente a las Islas Canarias —convirtiéndose en el primer Pontífice en pisar el archipiélago— con un objetivo inequívoco: poner rostro, dignidad y voz a una de las rutas migratorias más peligrosas del mundo.

Desde el mismo cemento del puerto de Arguineguín, un lugar marcado por el desembarco constante de pateras y cayucos, el Santo Padre no ha usado paños calientes. Ante voluntarios de Cáritas, tripulaciones de Salvamento Marítimo y los propios migrantes, León XIV se ha inclinado ante el dolor de quienes llegan «despojados de casi todo, pero nunca de su dignidad», dejando una frase que ya resuena en los despachos de Bruselas y Madrid: «La dignidad humana no pierde valor al cruzar una frontera».

Contra los «monstruos» del mar y la indiferencia

El discurso del Pontífice ha sido un ataque directo tanto a las redes criminales como a la pasividad institucional. León XIV ha advertido que el peligro para estas personas no termina al esquivar las olas; el verdadero peligro son los «monstruos» que acechan en tierra y mar. Con firmeza, ha denunciado a las mafias que trafican con la desesperación y a los tratantes que esclavizan a mujeres y niños.

Pero su denuncia más afilada ha ido dirigida a la anestesia social: la indiferencia de quienes permiten que los pobres sean engullidos por la explotación o el olvido. «No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido», ha recriminado el Papa, exigiendo una respuesta global y coordinada que implique a los países de origen, a los de tránsito y, de forma muy especial, a Europa. «Europa no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas».

El susurro a las víctimas: «Eres bendición»

En uno de los momentos más sobrecogedores del encuentro, tras escuchar el testimonio de una víctima de la trata leído por una voluntaria, el Papa ha quebrado la distancia protocolaria para dirigirse directamente a las mujeres que han sufrido la explotación de las redes humanas. Sus palabras han buscado devolver la identidad robada:

«Si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable. Si quisieron encerrarte en un pasado de dolor, Dios sigue pronunciando sobre ti una promesa de futuro. Tu vida no es de quienes te dañaron».

Asimismo, el Pontífice ha querido lanzar una advertencia fraterna y protectora a los propios migrantes que sueñan con el continente del bienestar, pidiéndoles que no se dejen engañar por quienes comercian con sus vidas: «No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo, de dinero, de silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son ‘cantos de sirenas’, son industrias de muerte».

Una fe que no puede «pasar de largo»

Frente al capitán de una embarcación de Salvamento Marítimo y los equipos de emergencia, León XIV ha recordado que la verdadera conversión de la mirada ocurre cuando el migrante deja de ser una cifra y pasa a tener rostro: «Esa niña podría ser nuestra hija, esos rostros parte de nuestra familia».

El Papa ha insistido en que la labor de acogida no puede ser un asunto secundario o delegado únicamente en la buena voluntad de unos pocos voluntarios. En una llamada directa a la coherencia de la comunidad católica, ha ligado la oración con la acción a pie de muelle, concluyendo que no es posible arrodillarse ante el altar para adorar la Eucaristía y luego «pasar de largo» ante los cayucos.

Arguineguín no ha sido hoy un acto protocolario más en la agenda vaticana; ha sido el recordatorio incómodo de que cada barca que toca tierra no trae solo personas que huyen, sino una pregunta punzante para el mundo moderno: ¿Qué clase de sociedad hemos construido si hay quienes tienen que arriesgar la muerte para poder, simplemente, buscar la vida?

Discurso del Santo Padre:

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV
ESPAÑA
(6-12 DE JUNIO DE 2026)

ENCUENTRO CON LAS REALIDADES DE ACOGIDA DE LOS MIGRANTES 

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Puerto de Arguineguín (Las Palmas de Gran Canaria)
Jueves, 11 de junio de 2026

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Queridos hermanos y hermanas:

Acabamos de escuchar una de las páginas más exigentes del Evangelio. Sabemos que este mismo capítulo hace también una advertencia que ningún creyente puede tomar a la ligera (Mt 25,41-45). Hoy, junto al mar, la Palabra se vuelve concreta: aquí llegan tantas vidas heridas, despojadas de casi todo, pero nunca de su dignidad. Aquí el Evangelio nos arranca del lugar cómodo del espectador y nos sitúa ante el hermano que llega. Nos pregunta si hemos sabido reconocer a Cristo en quienes desembarcan marcados por el miedo, el hambre, la violencia, después del desierto, de la noche y del mar.

Como pueden ver, llevo en mi mano el anillo, que se llama «del Pescador». Su nombre mismo nos conduce al lago de Galilea, donde Cristo llamó a Pedro y le dijo: «Desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5,10). La Iglesia ha leído ese versículo como imagen de su misión. Pero aquí y en lugares como en El Hierro, ese mandato adquiere una fuerza literal y dolorosa. Esa isla, pequeña en extensión, pero grande en humanidad, ha visto llegar a miles de personas arrancadas de su tierra y confiadas a la fragilidad de un cayuco. Aquí hay personas recuperadas del mar y cuerpos exánimes rescatados de las aguas. Por eso, el Sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles. La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana. Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche.

En el lenguaje bíblico, el mar puede ser imagen de amenaza, oscuridad y caos. Allí aparecen el Leviatán, figura de la fuerza que devora, y Rahab, nombre que evoca la soberbia de los poderes que se levantan contra Dios y contra la vida (cf. Sal 74,13-14; 89,10-11; Is 27,1; 51,9; Jb 26,12). También hoy existen monstruos que acechan estos mares: mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido.

Pero la fe no se queda paralizada ante el poder del mar. Creemos en un Dios que somete el caos, pone límite al mal y abre un camino cuando parece imponerse la muerte. Así lo experimentó el pueblo de Israel, al atravesar el Mar Rojo para salir de la esclavitud y caminar hacia la libertad (cf. Ex 14,21-31). Y así lo contemplamos en Cristo, que camina sobre las aguas y, ante la tormenta, pronuncia una palabra soberana: «¡Calla, enmudece!» (Mc 4,39; cf. Mt 14,25-27). Esa voz sigue resonando contra las fuerzas que devoran, esclavizan y descartan a tantos hermanos nuestros. Ahí donde Cristo manda callar al mar, la Iglesia no puede permanecer muda ante quienes son abandonados a sus aguas.

Gracias por los testimonios, por recordarnos lo que significa salvar vidas. A María, gracias por recordarnos lo que Cáritas, las parroquias y tantas personas hacen a diario. Sus palabras nos muestran dónde comienza la conversión de la mirada: cuando el migrante deja de ser “uno más”, deja de ser una categoría y una cifra. Sólo entonces comprendemos que esa niña podría ser nuestra hija, esos rostros parte de nuestra familia; y entonces, la conciencia se queda sin excusas. La misericordia comienza con gestos pequeños: a veces con unas cuantas galletas y un poco de leche; otras, con cinco panes y dos peces (cf. Mt 14,17-21). No se trata de resolverlo todo, sino de ponerlo todo en manos de Dios y de estar presentes allí donde el ser humano sufre, donde los recursos no bastan y no hay un idioma común, pero donde aún pueden hablar los gestos. Gracias de corazón a cuantos se suman a los rescates, a la acogida y al acompañamiento, dando testimonio de que la misericordia concreta puede salvar y puede cambiar vidas.

Querida Blessing, aunque no estás aquí hoy, tu voz sí. Gracias por compartirnos tu historia. Tu nombre significa bendición, y nos recuerda que cada vida humana es una bendición de Dios. Nadie puede comprarla, venderla, usarla o descartarla, porque en cada persona resplandece la imagen y semejanza del Creador (cf. Gn 1,27). Nos has dicho que te fuiste de tu país no porque quisieras, sino porque no había otra opción. En tus palabras escuchamos el drama de tantas personas obligadas a partir porque la pobreza, la guerra, la amenaza o la explotación les cerraron todos los caminos.

Quisiera que este mensaje llegue hasta ti y a tantas mujeres víctimas de la trata y la explotación: si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable. Si quisieron encerrarte en un pasado de dolor, Dios sigue pronunciando sobre ti una promesa de futuro. Si te trataron como una cosa, la Iglesia quiere decirte hoy: eres hija, hermana, eres bendición. Tu vida no es de quienes te dañaron; tu cuerpo no es de quienes se aprovecharon de ti; tus días no pertenecen a quienes quisieron encadenarlos al miedo. Tu vida pertenece a Dios y conserva una dignidad que no pueden arrancarte. Y nosotros queremos caminar contigo hasta que esa verdad vuelva a sentirse más fuerte que el dolor.

Queridos migrantes: antes de decirles cualquier otra palabra, quiero inclinarme ante su dignidad. No son números ni expedientes. Ustedes son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar. Pero también quiero decirles que su vida debe ser protegida. No entreguen su existencia a quienes comercian con ella. No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo o de dinero, de silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son “cantos de sirenas”, son industrias de muerte.

Este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante.

Y también la Iglesia debe dejarse interpelar. La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios. Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego “pasar de largo” ante los cayucos y las pateras, pues de la oración brota todo servicio y a ella vuelve todo compromiso (cf. Lc 10,31-32).

Desde esta isla, quisiera que la voz de quienes han hablado hoy alcanzara a quienes tienen en sus manos responsabilidades decisivas —autoridades civiles, parlamentos, gobiernos y organizaciones internacionales—, y también a las comunidades cristianas, a las demás tradiciones religiosas y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido. Cada barca que llega no trae sólo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?

La dignidad humana exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra. Si bien existe un derecho a buscar refugio cuando la vida es amenazada, también existe el derecho a no tener que migrar: el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños. No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera.

Que el Dios que “en el ocaso de la vida nos juzgará sobre el amor” (cf. S. Juan de la Cruz, Avisos y sentencias, 57) nos conceda reconocerlo hoy en los pobres y en los extranjeros, y nos libre de mirar el dolor ajeno como si no nos perteneciera. Que Nuestra Señora del Carmen acompañe a quienes han llegado, consuele a quienes han perdido a sus seres queridos, sostenga a quienes los acogen y despierte en todos nosotros la valentía de la misericordia.

Y que la historia no tenga que acusarnos de haber convertido el dolor de los que sufren en paisaje habitual de nuestras costas. Porque hoy, aquí, junto al mar, cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad. Tarde o temprano, se sabrá si supimos custodiarla o si dejamos que la indiferencia hablara por nosotros. Muchas gracias.

Exaudi Redacción

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