¡El “fuera de juego” elimina el gol!
Cuando el “yo” olvida la portería
Un gol impecable puede dejar de ser gol por “un fuera de juego”.
Y no siempre por culpa del árbitro, sino porque existe un orden interno que posibilita la belleza del fútbol. Sin esa ley habría disparos a puerta y, tal vez, goles, pero el fútbol dejaría de ser un deporte “de nivel mundial”.
Incluso el Balón de Oro, que recibe un solo jugador, nunca es una victoria solitaria. Detrás de ese instante hay un equipo, una estrategia, entrenamientos, renuncias y compañeros que hicieron posible lo que finalmente celebra uno.
Todo deporte es aprendizaje y, entrenamiento de vida.
Hoy estamos abiertos a todas las opciones, las quisiéramos todas o no perder ninguna; renegociamos los vínculos cuando nos resultan incómodos y, también, pretendemos vivir siempre en modo “on-line”. Disponibles para que no se nos escape nada.
Todo lo puedo
Solo
Como si la libertad consistiera en la ausencia de obstáculos y la altura de mi vuelo fuera responsabilidad solo mía
Hay una mentira tan seductora que ha terminado por parecer una evidencia: creer que la persona alcanza su plenitud convirtiéndose en “creación propia”
Palabras como:
Autoayuda
Desarrollo personal
Autorrealización
forman parte de nuestro vocabulario frecuente.
Pero la experiencia desmiente que esa escultura individualista tenga algo más que polvo en su interior. Es un agujero negro del que todos huyen.
Un S.O.S. intermitente:
Necesito ayuda.
Necesito mirarme con otros ojos.
Despejar “el abarrote” para poder descubrir-me.
Desvelarme sin susto y mirarme con amor,
Nos tropezamos con una arquitectura invisible que la naturaleza nunca olvida. Como el corcho que, si no sufre presión, emerge, tozudo, a la superficie del agua.
“La verdad no desaparece cuando el hombre la olvida. Espera pacientemente a ser identificada”
UNAS PINCELADAS DE ACUARELA.
Nadie se da la vida a sí mismo.
Nadie inventa el lenguaje con el que piensa o se comunica.
Nadie aprende a amar sin haber sido amado.
Éstas NO SON afirmaciones piadosas.
La persona antes de ser proyecto es don.
Y al descubrirlo comprendo quién soy: Don recibido.
Descubro ese ser donado en la “foto revelada”
La libertad se hace respuesta. Puedo acogerlo, hacerlo fecundo… o herirlo.
Por eso la existencia no es una propiedad. Es una encomienda.
Es un préstamo.
Es una deuda gozosa.
Gozosa por la gratitud de custodiar un bien que yo no me he dado y que no finaliza en mí.
Cuando esta verdad se olvida, todo empieza a desplazarse. Un hueso “dislocado” duele.
El dolor de esa libertad “dislocada” se revela.
Es independencia.
Son vínculos negociables.
El compromiso se vive como una amenaza.
Y el otro deja de ser un don para convertirse en un límite. En un obstáculo en nuestro camino.
Sin apenas advertirlo, el «yo» se queda sin hogar. Sin ese lugar interior donde uno sabe que ha sido acogido sin «cuota de entrada».
El «yo» sin hogar se vuelve errante.
Ha olvidado el origen al que puede volver.
Quizá por eso nuestra época conoce una soledad tan profunda. Uno se convierte para sí mismo en “un extraño”
No es que las relaciones estén ausentes, sino que más bien son experiencias sociales desvinculadas. Una soledad que empuja al contacto superficial por “emergencia”
DESVELAR EL BIEN COMÚN
El bien siempre es difusivo y centrífugo.
Es la respuesta natural de quien sabe que la vida nunca le pertenece sólo a él.
Deja de ser una teoría.
La solidaridad deja de ser un sentimiento.
La subsidiaridad deja de ser una técnica.
La justicia deja de ser un simple reparto.
Y la caridad revela el rostro concreto de la persona. el rostro concreto del amor.
Todo vuelve a encontrar su lugar.
No porque hayamos inventado un orden nuevo.
Tal vez hemos empezado a reconocer el que estaba desde el principio.
Entonces comprendemos que la casa puede convertirse en hogar.
Que la diversidad puede convertirse en fraternidad.
Que antes de ser hermanos hemos sido hijos.
Y que la vida sólo alcanza su plenitud cuando deja de vivirse como una conquista y comienza a vivirse como una respuesta.
Podemos olvidar quiénes somos.
Podemos rebelarnos contra la verdad de nosotros mismos.
Pero no podemos borrar la huella del origen.
Seguimos portando la verdad que poseemos.
Seguimos anhelando un hogar.
Seguimos esperando un amor que no dependa de nuestros méritos.
Hay una verdad más profunda que nuestras rebeldías y siempre emerge como el corcho en el agua.
La misma creación entera parece conservar la memoria de quien la llamó a la existencia.
Tal vez ahí comience el camino de regreso.
Hacia el hogar
“Antes de ser un proyecto, fuimos un don”.
«El hombre… no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo.»
(Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 24.)
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