16 abril, 2026

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El distributismo y la pequeña propiedad en Chesterton

Una visión alternativa al capitalismo y al socialismo, con raíces cristianas

El distributismo y la pequeña propiedad en Chesterton

Dice Dale Ahlquist que “G. K. Chesterton, Hilaire Belloc y otros asumieron las enseñanzas del papa León XIII y desarrollaron un movimiento social y económico conocido como el Distributismo, algo diferente al socialismo y al capitalismo (…), basado en los derechos de la familia y en la idea de que una sociedad y su economía deben servir para proteger, nutrir y promover a esta institución primaria” (The Complete Thinker: The Marvelous Mind of G.K. Chesterton, p. 168). Efectivamente, Chesterton recogió varios de sus escritos sociales en su libro Los límites de la cordura. El distributismo y la cuestión social (El Buey Mudo, 2010), desarrollando sus ideas sobre la pequeña propiedad ampliamente distribuida entre los ciudadanos de a pie.

Para Chesterton la pequeña propiedad es hermosa y, también, es la condición práctica para el ejercicio de la libertad, aquella que permite al hombre corriente ser independiente y no dependiente de un Estado centralizador o de un sistema comercial igualmente centralizado y burocrático. Piensa en el libre mercado que permita el desarrollo de los pequeños emprendimientos y de la más amplia distribución de la propiedad entre los ciudadanos, de tal manera que el salario le permita dar el paso a la propiedad. En lugar de las grandes empresas transnacionales, prefiere una sociedad que facilite la existencia y viabilidad de los pequeños negocios. Algo así como lo que ahora se fomenta con la vuelta a lo natural: cultivos orgánicos, huevos de corral, turismo vivencial. Espacios que favorezcan al pequeño productor más que al gran comercializador. Como él dice, propiciar modelos de intercambio que acerquen la vaca y la leche al consumidor final, de tal manera que se visibilice el rostro del productor, tantas veces ocultado por los mecanismos de la comercialización.

El distributismo está inspirado en la doctrina social de la Iglesia, sin ser la única forma de llevarla a la práctica. En eso Chesterton, tan amante de la libertad, la tuvo clara. No pretendió que la sociedad se convierta en distributista, ni mucho menos ofreció la fórmula perfecta de organización social, propuso la proporción. “Deseamos -decía- corregir las proporciones del Estado moderno; pero la proporción se da entre cosas diversas, y una proporción casi nunca es un molde (…). No proponemos que en la sociedad sana toda la tierra se ocupe de la misma manera, ni que todo bien sea poseído en las mismas condiciones, ni que todos los ciudadanos deban tener la misma relación con la ciudad. Todo lo que sostenemos es que el poder central necesita poderes menores que lo contrapesen y refrenen, y que éstos han de ser de muchas clases: algunos individuales, algunos comunales, algunos oficiales, etc.”. Su propuesta social, como se ve, es sinfónica y policromada, bastante alejada a los modos unificadores de algunos modelos de organización económica.

Elemento clave del distributismo es el principio de subsidiariedad de la doctrina social de la Iglesia: lo que la persona o la sociedad menor puede y debe hacer por sí misma que no lo haga la sociedad mayor. Un llamado a ejercer lo que por derecho propio le corresponde al ser humano o las unidades naturales como la familia. Asimismo, es un despertador del sentido de responsabilidad para asumir las obligaciones derivadas de los talentos recibidos. Una subsidiariedad, por tanto, ajena a la mentalidad colectivista que lleva a la dejación de derechos y deberes esperando que el Estado lo resuelva todo. Con certeza, el distributismo y la subsidiariedad promueven el espíritu emprendedor con todo lo que supone de afán de logro, iniciativa, creatividad y afán de servicio.

¿Y la tecnología, las máquinas? Que vengan y ocupen su sitio: lo suyo es ser medios, instrumentos que propicien la vida buena. “La humanidad -sostiene Chesterton- tiene derecho a renegar de la máquina y vivir de la tierra si en realidad le agrada más, como en realidad cualquiera tiene derecho a vender su bicicleta vieja y marchar a pie si le agrada más. Es evidente que la marcha será más lenta, pero no es su deber ser más rápido”.

Para una sociedad como la nuestra en la que la eficacia, la eficiencia, la productividad, la maximización de utilidades marcan el ritmo de la vida, una propuesta como la del distributismo es chocante y utópica, pero no por eso deja de ser imposible; más aún, quizá sea un camino para la existencia de pequeños oasis de aire fresco y agua clara en medio de los agobios de nuestra sociedad masificada, un contrapeso para los excesos de la técnica y la hiperactividad.

Francisco Bobadilla

Francisco Bobadilla es profesor principal de la Universidad de Piura, donde dicta clases para el pre-grado y posgrado. Interesado en las Humanidades y en la dimensión ética de la conducta humana. Lector habitual, de cuyas lecturas se nutre en gran parte este blog. Es autor, entre otros, de los libros “Pasión por la Excelencia”, “Empresas con alma”, «Progreso económico y desarrollo humano», «El Código da Vinci: de la ficción a la realidad»; «La disponibilidad de los derechos de la personalidad». Abogado y Master en Derecho Civil por la PUCP, doctor en Derecho por la Universidad de Zaragoza; Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Piura. Sus temas: pensamiento político y social, ética y cultura, derechos de la persona.