20 mayo, 2026

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El clamor del Papa por Oriente Medio: un abrazo ecuménico bajo la sombra de la guerra

Al lado del Catholicos Aram I en la Plaza de San Pedro, el Pontífice sitúa el drama del Líbano en el corazón de la Iglesia y profundiza en el misterio de la Sagrada Liturgia.

El clamor del Papa por Oriente Medio: un abrazo ecuménico bajo la sombra de la guerra

En una mañana marcada por la urgencia de la paz y el anhelo de unidad, la Plaza de San Pedro se convirtió en el escenario de un potente gesto ecuménico. Durante la Audiencia General de este miércoles 20 de mayo, el Papa se presentó ante los fieles acompañado por una figura clave del cristianismo oriental: el Catholicos Aram I, líder de la Iglesia armenia apostólica de Cilicia.

La presencia del dignatario oriental en el sagrado recinto no fue un mero protocolo, sino un símbolo vivo del camino hacia la plena comunión y un altavoz para las tragedias que hoy sacuden la tierra de los cedros y sus alrededores.

Un llamamiento urgente por el Líbano y Oriente Medio

Antes de dar paso a la catequesis central, el Pontífice dirigió su mirada hacia una región del planeta nuevamente azotada por el dolor. Conmocionado por los acontecimientos recientes, el Santo Padre lanzó un enérgico y sincero llamamiento a la paz en el Líbano y en todo Oriente Medio, territorios que han vuelto a verse arrastrados por la espiral de la violencia y la guerra.

Dirigiéndose directamente al Jefe de la Iglesia armenia, el Papa subrayó la trascendencia de este encuentro: «Esta visita fraterna representa una ocasión importante para fortalecer los lazos de unidad que ya existen entre nosotros, mientras nos acercamos a la plena comunión entre nuestras Iglesias». Asimismo, el Pontífice enfatizó que no puede haber una verdadera restauración de la comunión sin una profunda unidad en la fe, reconociendo el infatigable celo ecuménico de Aram I a lo largo de los años.

La Sagrada Liturgia: el misterio que une a la Iglesia

Tras el emotivo saludo y la oración compartida por la paz en las regiones en conflicto, la Audiencia General prosiguió con la catequesis central de la jornada, dedicada en esta ocasión a una dimensión fundamental de la vida cristiana: la Sagrada Liturgia como misterio de la Iglesia.

Durante la alocución, se invitó a los fieles a redescubrir la liturgia no como un conjunto de ritos externos o una simple tradición formal, sino como el espacio sagrado donde la Iglesia se manifiesta en su forma más pura y mística. A través de los sacramentos y la oración comunitaria, la liturgia se presenta como el motor que nutre la vida espiritual de los creyentes y los une, por encima de las diferencias y las distancias geográficas, en un solo cuerpo.

El encuentro de este 20 de mayo deja así una huella profunda: la certeza de que el camino hacia la unidad de los cristianos se recorre de rodillas, compartiendo tanto la profundidad del misterio litúrgico como el dolor de los pueblos que sufren la violencia en el mundo.

Texto completo de la catequesis:

LEÓN XIV

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles, 20 de mayo de 2026

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Los documentos del Concilio Vaticano II. III. Constitución Sacrosantum Concilium. 9. La liturgia en el misterio de la Iglesia

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Hoy comenzamos una serie de catequesis sobre el primer documento promulgado por el Concilio Vaticano II: la Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium (SC).

Al elaborar esta Constitución, los Padres conciliares quisieron no solo emprender una reforma de los ritos, sino también llevar a la Iglesia a contemplar y profundizar en ese vínculo vivo que la constituye y la une: el misterio de Cristo. La liturgia, en efecto, toca el corazón mismo de este misterio: es a la vez el espacio, el tiempo y el contexto en el que la Iglesia recibe de Cristo su propia vida. En la liturgia, de hecho, «se ejerce la obra de nuestra Redención» (SC, 2), que nos convierte en linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios (cf. 1Pt 2,9).

Como ha puesto de manifiesto la triple renovación —bíblica, patrística y litúrgica— que ha atravesado la Iglesia a lo largo del siglo XX, el Misterio en cuestión no designa una realidad oscura, sino el designio salvífico de Dios, oculto desde la eternidad y revelado en Cristo, según la afirmación de San Pablo (cf. Ef 3,3-6). He aquí, pues, el Misterio cristiano: el acontecimiento pascual, es decir, la pasión, la muerte, la resurrección y la glorificación de Cristo, que precisamente en la liturgia se nos hace sacramentalmente presente, de modo que cada vez que participamos en la asamblea reunida «en su nombre» (Mt 18,20) estamos inmersos en este Misterio.

Cristo mismo es el principio interior del misterio de la Iglesia, el pueblo santo de Dios, nacido de su costado traspasado en la cruz. En la santa liturgia, con el poder de su Espíritu, Él sigue actuando. Santifica y asocia a la Iglesia, su esposa, a su ofrenda al Padre. Ejerce su sacerdocio absolutamente único, Él que está presente en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en los ministros que celebran, en la comunidad reunida y, en grado sumo, en la Eucaristía (cf. SC, 7). Así es como, según San Agustín (cf. Serm., 277), al celebrar la Eucaristía, la Iglesia «recibe el Cuerpo del Señor y se convierte en lo que recibe»: se convierte en el Cuerpo de Cristo, «morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2,22). Esta es «la obra de nuestra redención», que nos configura a Cristo y nos edifica en la comunión.

En la santa liturgia, dicha comunión se realiza «por medio de los ritos y de las oraciones» (SC, 48). La ritualidad de la Iglesia expresa su fe —según el célebre dicho lex orandilex credendi— y, al mismo tiempo, plasma la identidad eclesial: la Palabra proclamada, la celebración del Sacramento, los gestos, los silencios, el espacio, todo ello representa y da forma al pueblo convocado por el Padre, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo. Cada celebración se convierte así en una verdadera epifanía de la Iglesia en oración, como recordó san Juan Pablo II (Carta apostólica Vicesimus quintus annus, 9).

Si la liturgia está al servicio del misterio de Cristo, se comprende por qué se la ha definido como «la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC, 10). Es cierto que la acción de la Iglesia no se limita únicamente a la liturgia; sin embargo, todas sus actividades (la predicación, el servicio a los pobres, el acompañamiento de las realidades humanas) convergen hacia esta «cumbre». En sentido inverso, la liturgia sostiene a los fieles sumergiéndolos siempre y de nuevo en la Pascua del Señor y, por lo tanto, a través de la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos y la oración común, estos son fortalecidos, animados y renovados en su compromiso de fe y en su misión. En otras palabras, la participación de los fieles en la acción litúrgica es al mismo tiempo «interior» y «exterior».

Esto significa también que está llamada a desarrollarse concretamente a lo largo de toda la vida cotidiana, en una dinámica ética y espiritual, de modo que la liturgia celebrada se traduzca en vida y exija una existencia fiel, capaz de hacer concreto lo que se ha vivido en la celebración: es así como nuestra vida se convierte en «sacrificio vivo, santo y agradable a Dios», realizando nuestro «culto espiritual» (Rom 12,1).

De este modo, «la liturgia edifica día a día a los que están dentro de la Iglesia para ser templo santo en el Señor» (SC, 2), y forma una comunidad abierta y acogedora para con todos. De hecho, está habitada por el Espíritu Santo, nos introduce en la vida de Cristo, nos convierte en su Cuerpo y, en todas sus dimensiones, representa un signo de la unidad de todo el género humano en Cristo. Como decía el Papa Francisco: «El mundo todavía no lo sabe, pero todos están invitados al banquete de bodas del Cordero (Ap 19,9)» (Carta apostólica Desiderio desideravi, 5).

Queridísimos, dejémonos moldear interiormente por los ritos, por los símbolos, por los gestos y, sobre todo, por la presencia viva de Cristo en la liturgia, que tendremos ocasión de profundizar en las próximas catequesis.
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Saludo del Santo Padre

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a dejarnos formar interiormente por la liturgia, para que toda nuestra vida sea una continua “acción de gracias”. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

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Resumen leído en español por el Santo Padre 

Queridos hermanos y hermanas:

En esta catequesis comenzamos a reflexionar sobre el primer documento promulgado por el Concilio Vaticano II: la Constitución Sacrosanctum Concilium, dedicada a la sagrada liturgia. Su propósito es conducir a la Iglesia a contemplar y profundizar el vínculo que la une con el misterio de Cristo; es decir, con su pasión, muerte, resurrección y glorificación. Esta comunión se realiza en la sagrada liturgia a través de ritos y oraciones. La Iglesia expresa así su fe y modela su identidad como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo.

En la liturgia, Cristo sigue actuando, presente en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en los ministros que celebran, en la comunidad reunida y, sobre todo, en la Eucaristía. La participación de los fieles en la acción litúrgica los edifica, los renueva y los envía a manifestar lo celebrado en la vida cotidiana, haciendo de la propia existencia un «sacrificio vivo, santo y agradable a Dios» (Rm 12,1).

Exaudi Redacción

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