El Buenismo
Entre la virtud de la bondad y el fraude de la apariencia
El término buenismo se ha extendido notablemente en nuestra jerga más popular. Los hay que se sienten cómodos con lo que esta palabra significa y lo viven, pero este término también tiene sus detractores, quienes manifiestan estar hartos de tanto “buenismo”. La doble acepción de esta palabra me ha llevado a pensar y escribir sobre este fenómeno cuasi-ideológico. Según la RAE, buenismo es la “actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia”.
La definición de la RAE, más bien, muestra los aspectos negativos del significado del término. Estos aspectos han sido analizados y avalados por diferentes autores que han llegado a hablar del fraude del buenismo en una publicación de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES), en 2005 o en el libro “Crítica del buenismo” de Carlos Moreno Guerrero quien señala: El fraude del buenismo aporta elementos significativos para una lectura crítica de este fenómeno ideológico.
Esta cuasi-ideología se hace presente en diferentes áreas como puede ser la educación, el derecho, la política, (…). La postura buenista en el sistema educativo español se recogió, por primera vez, en la ley de reforma educativa, la LOGSE de 1990, y posteriormente en la Ley Orgánica de Educación de 2006. Esta postura rechaza la autoridad en la escuela, apuesta por la igualdad entre profesor y alumno, lo que lleva a la degradación de la disciplina en las aulas, en la que se pretende resolver los conflictos con el diálogo, y a que disminuya la autoexigencia y responsabilidad del alumno. Además, rechaza el esfuerzo y la responsabilidad y en consecuencia la meritocracia.
La enseñanza de la religión se está reduciendo al buenismo de ciertos valores, transmitidos sin la fuerza necesaria para ilusionar a los estudiantes con llevar una vida virtuosa. Se puede afirmar que: «La misericordia no es buenismo, ni un mero sentimentalismo», por el contrario, es manifestación del Amor infinito de Dios por cada uno y la concreción humana del amor hacia el prójimo. Podemos decir que el buenismo no hace de la necesidad virtud, sino que hace valores. Los valores son caducos, fruto del consenso socio cultural, pero la virtud es contagiosa siempre, no es algo que te puedes guardar para ti, en este sentido Nietzsche decía que la virtud hace regalos.
Andrés Ollero, catedrático de Filosofía del Derecho, identifica el buenismo jurídico con la defensa del derecho a lo torcido, del derecho a lo equivocado, de un derecho al mal (sic), y cuyas principales características son «la filantrópica generosidad a la hora de conceder derechos» y su relativismo. Además, rechaza esta postura en pro del Derecho natural y que es contraria al positivismo jurídico propio de lo académicamente correcto.
En Estrategias del buenismo, Valentí Puig señala que es más importante que una medida parezca buena que sea eficaz para resolver un conflicto real. Además, advierte que el buenismo es difícil de mantener a largo plazo ya que «la política es el reino turbio de las realidades y no de los deseos píos, ni de la conversión de los píos deseos en estrategia». En política se puede llegar a ejercer el papel de bueno para garantizarse el poder y el dialogo se justifica de manera parcial o partidista mientras se niega el dialogo con las mayorías.
En el Buenismo y Alianza de Civilizaciones, Florentino Portero, denuncia la falta de prudencia política y la desconexión de las relaciones internacionales con los intereses nacionales, en aras de la diplomacia del talante y la Alianza de Civilizaciones, como estrategias ideológicas y de marketing en las relaciones internacionales.
Según el periodista Iñaki Ezquerra, “se inventó el término buenismo para definir una actitud política que se ha pegado a la izquierda como una lapa, aunque no era propiamente de izquierdas. Era un producto de la “fusión” de la cultura “new age” norteamericana con los ingredientes anarcos, hippies, místicos, hinduistas, budistas, humanistas, pacifistas, ecologistas… y cristianos que ya poseía originariamente aquélla y que son en realidad los que la habían generado”. Además, añade que “no se puede obviar que el buenismo es una secularización perversa del evangélico ofrecimiento de la otra mejilla ante la bofetada del enemigo, sea éste la piratería tercermundista, el integrismo islámico, los nacionalismos etniecitas o los terrorismos de unos y otros”.
Siguiendo con nuestro análisis, podemos afirmar que el buenista cree que todos los problemas pueden resolverse por medio del diálogo, la solidaridad, la generosidad y la tolerancia. La bondad, como virtud, no tiene sentido para ellos.
El buenista basa sus actuaciones, sin duda bienintencionadas, en un cierto sentimentalismo de cumplimiento social. Pero, no son conscientes de que cualquier acción basada solo en los sentimientos carece del necesario análisis crítico para abordar las raíces de los problemas sociales que se quieren resolver. Esta forma de proceder puede dar lugar a soluciones superficiales o ineficientes que no resuelven los desafíos a largo plazo. Como ejemplo basta pensar que para erradicar una enfermedad se va a las causas, no solo se atienden sus síntomas.
El mundo actual sufre de “buenitis” que se palpa en las familias donde los padres permiten cualquier cosa a sus hijos, para evitar conflictos, y por no pararse a pensar lo que constituye un verdadero bien para ellos, aunque no lo entiendan. En la educación, amor, disciplina y autoridad siempre van de la mano.
Ser buenista es dedicarse a hacer el bien, que no es lo mismo que ser bueno que exige un amor verdadero a los demás y el olvido de uno mismo. Los buenistas son detractores de lo bueno, porque la bondad es una virtud que va más allá, es compasiva, caritativa, magnánima, misericordiosa, comprensiva, (…). La bondad es esencial para construir relaciones humanas saludables y garantizar la convivencia pacífica.
El buenista está satisfecho de hacer el bien, pero puede esconder un vacío existencial, aunque no siempre es así, puesto que las personas que no encuentran sentido a sus vidas pueden ser más propensas a adoptar una actitud de buenismo para llenar ese vacío existencial. Parece evidente que adoptar el buenismo como respuesta a la falta de sentido de la vida no garantiza una perspectiva completa o equilibrada.
En algunos entornos, el buenismo no se ve como la forma más adecuada para resolver los problemas de un país, sino como una forma débil, ya que suele conllevar concesiones para evitar conflictos, a veces a costa de negar la realidad o dejar de lado la justicia. El buenismo puede llevar a ignorar problemas importantes o a ser indulgentes con comportamientos injustos o irresponsables. Puede ayudarnos el pensar en la actual crisis migratoria que, aunque reclama una ayuda humanitaria urgente y necesita encontrar soluciones generales entre los distintos países, no puede resolverse eficazmente de manera individual o grupal, porque se pueden producir consecuencias negativas, como las del “efecto llamada” utilizado por los propios inmigrantes y las mafias que se lucran del comercio humano. Así se acaba fomentando el mal que se quiere evitar, lo contrario de lo que se pretende en una buena obra, con la que se busca el bien y que esa búsqueda no fomente el mal, “lo mejor es enemigo de lo bueno”.
La actitud contraria al buenismo nos tiene que llevar a buscar la verdad, para poder tomar decisiones bien informadas, con criterio moral, y así descubrir soluciones efectivas. La verdad es fundamental para el desarrollo de una sociedad justa y equitativa. La verdad implica ser honestos y transparentes en nuestras acciones y palabras, buscando siempre la veracidad de los hechos. Promover la verdad implica construir una sociedad basada en la confianza mutua. Tanto la verdad como la bondad son valores importantes que deben prevalecer en la sociedad.
Asimismo, el buenismo también forma parte de la cultura woke, en la que se manifiesta como la tendencia a justificar las actitudes violentas y antisociales de “grupos oprimidos”, frente a los opresores. Con este fenómeno ideológico se pretende extender una especie de “humanitarismo global” fundamentado en ayudas sociales desprovistas de coherencia social y de la defensa de un multiculturalismo vago, pero por el que se apuesta para mejorar las relaciones a todos los niveles.
Quizá, en la sociedad actual, el buenismo persiste por lo siguiente: 1) la Influencia de los medios de comunicación, ya que permiten difundir un gran número de mensajes basados en el altruismo, la empatía y la bondad; 2) los cambios culturales, como la mayor valoración social de la inclusión, la diversidad, la igualdad y el respeto por los derechos de los demás; 3) la reacción ante el aumento del individualismo y el consumismo, por eso muchas personas buscan distintas formas de conectarse con los demás y encontrar sentido en la labor social que realizan; 4) la mayor preocupación por el bienestar de los demás; 5) la presión social que puede fomentar comportamientos altruistas para obtener la aceptación de los demás.
Por otra parte, el respeto humano y la comodidad también pueden favorecer la aceptación de los principios del buenismo que presuponen el respeto a todas las personas por igual y que pretenden crear un ambiente más cómodo y pacífico, donde las personas se sientan seguras y protegidas. Esto puede hacer que algunas personas opten por el buenismo como un enfoque de vida.
En resumen, el exceso de buenismo puede obstaculizar el desarrollo personal y social al evitar enfrentar desafíos, limitar el pensamiento crítico, inhibir la responsabilidad personal y anular las injusticias y desigualdades. Es necesario encontrar un equilibrio entre el bienestar individual y el desarrollo integral de las personas y la sociedad.
Por otra parte, la sed de trascendencia se intenta paliar con un sentimiento pseudo-trascendente, que facilita sentirse bien con uno mismo (feel good) y hacer lo correcto (do the right thing). Se trata de un buenismo superficial, que incluso tiene expresiones caritativas o solidarias, pero que no está profundamente enraizado ni ofrece una razón profunda de esperanza.
Según Zygmunt Bauman (1925-2017), polaco, filósofo y sociólogo, el buenismo encaja perfectamente en una sociedad liquida, donde ya no prevalecen realidades sólidas de antaño como el trabajo o el matrimonio, sino que todo se ha tornado «líquido», mucho más provisional, precario, superfluo, ansioso de novedades y agotador.
Sin duda, el buenismo puede fomentar actitudes y acciones positivas, como la solidaridad, la empatía y el apoyo a los demás. Puede impulsar la inclusión social y promover la equidad y la justicia.
Visto lo visto, se ha de buscar un equilibrio que promueva el bienestar general, pero también tenga en cuenta la complejidad de los problemas sociales.

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