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Agustín Ortega

27 octubre, 2025

9 min

Dilexi te, teología y espiritualidad del amor con los pobres

Caridad, justicia y misión evangelizadora con los pobres

Dilexi te, teología y espiritualidad del amor con los pobres

En continuidad con el legado del querido Francisco, ahora que se cumplen los 6 meses de su muerte, León XIV ha publicado su exhortación apostólica Dilexi te (DT), sobre “el amor con los pobres”. Efectivamente, prosiguiendo la Tradición con la Sagrada Escritura y los santos padres o doctores- los mismos santos- unido al el magisterio de la iglesia con su doctrina social (DSI) de los anteriores Papas, DT nos enseña lo más verdadero, bello y bueno de una auténtica teología  y espiritualidad del “amor preferencial con los pobres”. Como, asimismo, lo han transmitido los Obispos en América Latina con las Conferencias de Medellín y Puebla hasta llegar a Aparecida o en España, con dos memorables documentos como son “La iglesia y los pobres” e “Iglesia, servidora de los pobres” que recomendamos igualmente vivamente.

Primeramente, la entraña y base cristológica de esta opción. El Hijo Eterno y Unigénito del Padre, el Verbo-Dios Encarnado en Jesucristo nace y se hace pobre, humilde; se abaja con los últimos, con los pobres y las victimas o esclavos, para regalarnos su amor, misericordia y solidaridad con el ser humano, con el sufrimiento y mal e injusticia que padece. Tal como nos muestra la Palabra de Dios, los Evangelios de la Infancia (en Mt y Lc) o las mismas Cartas Paulinas (1 y 2 Cor o Flp). Jesús en encarnó y nació en una familia pobre, su madre era una mujer sencilla y humillada e insignificante que da a luz en un pesebre con los animales, y en lugar periférico como era Belén. Cristo vivió en las periferias del imperio romano y del poder judío, Nazaret, siendo su padre y él mismo trabajadores empobrecidos (DT 18-20). Jesús proclama el Reino de Dios y su justicia con los pobres, manifestando su misión: “«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres» (Lc 4,18; cf. Is 61,1). Él, por tanto, se presenta como Aquel que viene a manifestar en el hoy de la historia la cercanía amorosa de Dios, que es ante todo obra de liberación para quienes son prisioneros del mal, para los débiles y los pobres” (DT 21).

Así nos lo ha mostrado muy bien el Concilio Vaticano II (LG 8) y los Papas, por ejemplo, Benedicto XVI en Aparecida o en DCE y singularmente Francisco en EG (cap. IV), LS o FT. De ahí que esta Tradición (DT 45-46) y Magisterio de la Iglesia ve en los pobres: un sacramento (presencia) de este Cristo encarnado, pobre, humilde y crucificado, unido al criterio definitivo de salvación que es este amor fraterno y justicia con los pobres, donde encontramos al Cristo pobre (Mt 25, 31-46). Realmente, “Jesús se identifica con los pobres” (Benedicto XVI, DCE 15).  Como resalta especialmente San Pablo VI o San Juan Pablo II con su enseñanza y DSI, que subraya esta “opción preferencial por los pobres…. El amor de la Iglesia por los pobres es determinante y pertenece a su constante tradición….El amor por el hombre y, en primer lugar, por el pobre, en el que la Iglesia ve a Cristo, se concreta en la promoción de la justicia” (San Juan Pablo II, CA 57-58). El Señor Jesús se encarna (se hace carne) en los pobres (DT 110).

Ciertamente, la Palabra de Dios con la iglesia y la teología nos transmite los fundamentos de la antropología teológica que sustentan este amor con los pobres. El Don de la Gracia, con el Amor de Dios Padre en Cristo y su Espíritu que se derrama en lo más profundo de nuestro ser y corazón (Rm 5, 5), nos lleva a esta vida y virtudes teologales de la fe la esperanza y caridad que están unidas indisolublemente; y cuya primacía la tiene esa virtud más importante que es la caridad (1 Cor 13), el Amor a Dios y al otro que, auténticamente realizado en la promoción de la justicia, son inseparables (DCE 17) como igualmente enseña Benedicto XVI en CV (n. 6).

En este sentido, como ya comunica la Biblia con los profetas (DT 17) y dicha Tradición con los santos padres (DT 41) junto a la  enseñanza de la iglesia,  el verdadero culto a Dios con la liturgia y los sacramentos, especialmente la eucaristía, no se pueden separar de la vida, de este amor solidario y compromiso por la justicia con los pobres (DCE 14-15). Al respecto, afirman los obispos españoles que “que Jesús nos dejó como dos sacramentos de su presencia: uno, sacramental, al interior de la comunidad: la Eucaristía; y el otro existencial, en el barrio y en el pueblo, en la chabola del suburbio, en los marginados….Así como nuestra fe descubre a Cristo en la Eucaristía, que es su Cuerpo Místico como lo llamó la Iglesia de los primeros siglos, o en nuestro corazón por el Espíritu que se nos ha dado: también debemos despertar nuestra fe para descubrirle en todos los hombres, en particular en los más necesitados. No podemos afirmar un aspecto sin el otro, ni negar uno sin negar el otro” (IP 22, 132).

Por ello, como ya afirma San Juan XXIII junto al Vaticano II (LG 8, GS 1) o San Juan Pablo II en LE (n. 8), Francisco ha remarcado que la iglesia de Jesús es la iglesia pobre con los pobres (DT 35-36). Estas claves eclesiológicas de la opción por los pobres se explicitan, continuando con el Vaticano II, y expresan en lo que es más importante para la iglesia. Esto es, la vocación universal a la santidad, a la que todos estamos llamados como pueblo de Dios, caminando todos juntos sinodalmente, al servicio de la misión evangelizadora que anuncia, celebra y sirve al Reino de Dios que trae este amor, vida y justicia con los pobres. Es la iglesia samaritana, desde la Misericordia que encarna el Dios humanizado, Jesucristo, que la encamina a ejercer toda esta fraternidad solidaria y justicia con los pobres (DT 109-11).

De esta forma, como expresa la historia de la iglesia (DT, cap. III)  la verdadera espiritualidad y santidad se realiza en la misión al servicio de la transmisión fe y del amor a Dios, a la iglesia y a los otros con esta pobreza espiritual, evangélica de las Bienaventuranzas (Mt 5, 3-11). Es decir, la comunión de fe, de vida, de bienes y acción solidaria por la justicia con los pobres que, como iglesia pobre, nos va salvando y liberándonos del egoísmo e ídolos de la riqueza-ser rico, del poder y de la violencia. En esta línea, se ha ido desarrollando la DSI como vía de esta caridad, amor y justicia con los pobres (DT, Cap. IV), con sus valores y principios o claves.

Tales como la sagrada e inviolable vida y dignidad de las personas, de los pueblos y de los pobres con sus “movimientos populares”, al ser imágenes e  hijos de Dios, siendo sujetos protagonistas de la misión evangelizadora, de la sabiduría, de la cultura, de la educación, de su desarrollo, promoción y liberación integral (DT 99-102). Frente a todo asistencialismo o paternalismo y elitismo (DT 114), contra los falsos dioses del poder, del poseer y del tener antes que el ser. Una promoción y liberación integral del pecado personal, social, estructural e histórico, esas “estructuras de pecado” e injusticia que dominan y empobrecen causando cada vez más desigualdades, injusticia y exclusión. Como son esta economía dominante que mata, la dictadura del mercado, la tecnocracia financiera-bancaria especulativa, el fetichismo del dinero, la cultura del descarte y la globalización de la indiferencia (DT 90-98); en oposición a esa comprensión ideologizada e individualista  de los pobres y de la pobreza, que los culpabiliza, los estigmatiza y sataniza.

Como se observa, es muy importante pues toda esta esencial caridad social y política que nos llama al “compromiso para «resolver las causas estructurales de la pobreza»” (DT 91)…., “debemos comprometernos cada vez más para resolver las causas estructurales de la pobreza. Es una urgencia que «no puede esperar, no sólo por una exigencia pragmática de obtener resultados y de ordenar la sociedad, sino para sanarla de una enfermedad que la vuelve frágil e indigna y que sólo podrá llevarla a nuevas crisis. Los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras». La falta de equidad «es raíz de los males sociales». En efecto, «muchas veces se percibe que, de hecho, los derechos humanos no son iguales para todos»” (DT 94).

La verdadera solidaridad, virtud humana y espiritual imprescindible e inseparable de la caridad (amor) como nos enseña San Juan Pablo II (SRS), es compartir hasta de lo necesario para vivir y “luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, la tierra y la vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales. Es enfrentar los destructores efectos del imperio del dinero […]. La solidaridad, entendida en su sentido más hondo, es un modo de hacer historia y eso es lo que hacen los movimientos populares».” (DT 81).  Aquí se ha de resaltar la relevancia decisiva del trabajo decente, antes que dichos planes o subsidios y demás (LE), la vida digna del trabajador con su protagonismo y sus derechos como es un “salario justo”, que está antes que el capital (DT 87).  El destino universal de los bienes ya que por justicia solo podemos poseer lo necesario para vivir, “restituyendo” todo lo que se le debe al pobre, que tiene la prioridad sobre la propiedad.

En esta dirección la DSI, como elemento esencial de la misión evangelizadora con su acción de caridad-amor, se sintetiza en esta búsqueda del desarrollo humano y ecología integral, acogiendo el grito de los pobres y el clamor de la tierra; promoviendo la justicia social y ambiental con una “bioética global”, que protege la vida en todas sus fases o dimensiones, a todas las víctimas, a los pobres, a los descartados, a los hermanos migrantes, etc. Para concluir- como hemos apuntado ya-, toda esta universalidad del amor-caridad y justicia con los pobres de la tierra más allá de toda frontera (DT 120), que nos lleva a la vida plena, a la trascendencia y eternidad, lo han testimoniado en la historia los santos. Como, por ejemplo, San Francisco (DT 6) y Mons. Romero, testigos de todo este Amor de Dios con su opción preferencial con los pobres (DT 89).

Agustín Ortega

Nacido en Las Palmas de Gran Canaria, España. Agente de Desarrollo Local (ADL), Animación Sociocultural y Habilidades Sociales. trabajador social, experto en Intervención Social Integral y doctor en la rama de Ciencias Sociales (Dpto. de Psicología y Sociología, Formación del profesorado, ULPGC). Ha cursado asimismo los estudios de licenciatura y posgrado-máster en Filosofía (Magister Universitario Cum Laude, IVCH) y Teología (ISTIC), Experto Universitario en Moral (Ética Filosófica y Teológica) y Derecho (UNED), doctor en Humanidades y Teología (Cum Laude, UM). Profesor e investigador en diversas universidades e instituciones académicas latinoamericanas, pontificias, católicas y seminarios mayores diocesanos. Investigador asociado de la Universidad Anáhuac (México). Es miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía. Autor de numerosas publicaciones, artículos y libros.