De la necesidad del sacramento de la confesión
Cerrar la boca del infierno y abrir las puertas del cielo
Nadie desea, para sus amigos, que caigan por un precipicio altísimo y se rompan la cabeza en mil pedazos. Si, sus seres más queridos, padecen los horribles azotes de un naufragio, anhelan que lleguen a puerto seguro, que se salven, y que disfruten de una vida feliz. Por lo mismo, para los amigos, lo que queremos es el máximo bien, y no el máximo mal.
Ahora bien, quien muere en pecado mortal, sufre el sumo mal, que es el infierno, donde padece grandísima infelicidad, grandes y eternas penas; entre ellas, estar siempre separado de Dios. Mientras que, quien muere, habiéndosele perdonado sus pecados mortales, se salva. Esto es, ya directamente, o bien después del purgatorio, se va al cielo, que es nuestro sumo bien. En el cielo se goza de grandísima y eterna alegría y felicidad.
Al mismo tiempo, sabemos que el corazón humano es débil y quebradizo, está inclinado al mal, le resulta fácil pecar. Además, las invitaciones al mal son frecuentes, y, a veces, muy fuertes, no resultando difícil caer en pecados mortales. De hecho, también a todo el mundo es patente que, en este planeta, se hacen muchos pecados mortales. Es una tenebrosa mancha que está muy extendida por todo el orbe. Resultando, pues, bastante posible que todos nosotros tengamos amigos que tienen pecados mortales no perdonados. De modo que, si mueren así, se condenarán para siempre. Importa mucho, pues, que antes de su muerte, repentina o no, les sean perdonados sus pecados mortales.
Dado que, el pecado mortal se perdona en el santo sacramento de la confesión, y que Dios siempre está dispuesto a perdonar los pecados en este bendito sacramento, por graves que hayan sido, uno de los bienes más grandes que podemos hacerles a nuestros amigos es ayudarles a que vayan a confesarse.
En el número 1452 del “Catecismo de la Iglesia Católica” se afirma que la contrición perfecta perdona los pecados mortales si incluye la firme resolución de recurrir tan pronto como sea posible a la confesión sacramental. Para que haya esa contrición perfecta se necesita, pues, no solo de ese dolor de los pecados y del propósito, -al menos implícito-, de no volver a pecar, sino también de dicha relación con el sacramento de la confesión, en el que confesaremos esos pecados mortales que aún no habíamos podido confesar.
A su vez, el número 1497, de ese mismo Catecismo, afirma: “La confesión individual e íntegra de los pecados graves seguida de la absolución es el único medio ordinario para la reconciliación con Dios y con la Iglesia”.
Así pues, resulta claro que, quién quiere para sus amigos, que se encuentran viviendo en pecado mortal, tapar la boca del infierno y abrirles las puertas del cielo, quiere, por lo mismo, que confiesen sus pecados mortales.
Lograr dar, pues, dentro de esta vida mortal, el salto magno, inmenso, grandísimo, que va, desde el sumo mal, el infierno, que ya casi se tocaba con la mano, hasta llegar a posicionarse junto a las puertas ya abiertas del sumo bien, el cielo, es una de las maravillas más grandes de esta existencia, y es fuente de una gran alegría, así como de una gran paz.
Nótese también que, a la invitación a confesar los pecados mortales, no conviene responder con demoras, y ello por varias razones. Una, ¡para poder pasar ya desde la actual condición de enemigo de Dios a ser amigo de Dios! Otra, porque si llega la muerte repentina, cuando uno se encuentra en pecado mortal, se condenará. Resultaría temerario no aprovechar las posibilidades que tenemos de que nos sean perdonados los pecados, dejándolo siempre para confesarlos después, ya que ese después puede no llegar. Además, si en vez de limpiar el alma, lo que uno hace es añadir pecados, acumular y amontonar basura, tal vez resulte más difícil romper con el pecado. Pues, es más fácil romper un hilo que una maroma de hilos.
Además, la confesión nos da gracia especial, ayuda importante, en orden a no caer en los pecados que hemos confesado. Mientras que, los pecados no confesados, aumentan nuestra inclinación a volver a pecar, a ensuciarnos más.
Puede darse también que una persona no esté en pecado mortal. En tal caso, es una atención, una delicadeza, para con el Señor, especialmente en tiempo de adviento o de cuaresma, en que nos preparamos respectivamente a la Navidad y a la Pascua, y también para mejor recibir la Sagrada Comunión, limpiar la casa de nuestro corazón y adornarla por medio del sacramento de la confesión de los pecados, que la hace más pulcra, y más hermosa, para que así el Santísimo, Cristo Eucaristía, se encuentre más a gusto en ella.
Eso lo entienden muy bien los enamorados, ya que, para verse, se preparan, cuidando de la pulcritud, del perfume, de ir bien arreglados, de los detalles que hacen la vida más agradable al otro, y esto por una razón muy sencilla, ¡porque se quieren!

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