Cuando una vocación atraviesa una crisis
Una reflexión sobre cómo acompañarnos
En el día de hoy encontré en mis redes sociales la noticia de que el padre Damián María Montes, conocido por su presencia en los medios y las redes sociales, ha decidido dejar el ministerio sacerdotal después de veinte años.
La noticia despertó en mí muchos recuerdos y reflexiones. En mis años de servicio dentro de la Iglesia Católica me ha tocado atravesar situaciones muy distintas vinculadas a sacerdotes y comunidades: el dolor de conocer un caso de abuso, la crisis de un sacerdote que se enamoró y decidió dejar el ministerio, y también la historia de un religioso que atravesó un profundo conflicto respecto de su propia identidad y vocación.
Son experiencias diferentes entre sí, cada una con sus particularidades y complejidades. Sin embargo, todas me dejaron una enseñanza común: la necesidad de aprender a acompañar mejor los procesos humanos y espirituales que atraviesan tanto las personas involucradas como las comunidades que se ven afectadas.
Cuando un sacerdote comete un abuso, el daño alcanza en primer lugar a la víctima, que merece ser escuchada, protegida y acompañada. Pero también impacta profundamente en la comunidad. Quienes confiaban en ese sacerdote sienten dolor, desconcierto y, muchas veces, incredulidad. Surgen preguntas, divisiones y tensiones que pueden dejar heridas duraderas.
En esos momentos resulta evidente que no siempre sabemos cómo reaccionar. Nos cuesta escuchar el sufrimiento de la víctima, nos cuesta aceptar lo ocurrido y, muchas veces, terminamos enfrentándonos entre nosotros. Por eso creo que aún tenemos mucho que aprender sobre cómo acompañar comunidades heridas, cómo generar espacios de escucha y cómo poner en el centro a quienes más sufren.
También me tocó vivir la situación de un sacerdote que se enamoró. Fue una experiencia dolorosa para muchas personas de la comunidad. Más allá de las decisiones personales que cada uno pueda tomar, descubrí cuánto influye la forma en que se comunican y se acompañan estos procesos.
Cuando las situaciones se viven en silencio durante mucho tiempo y luego irrumpen de manera abrupta, el impacto suele ser mucho mayor. Muchas personas experimentan decepción, tristeza o desconcierto. Especialmente los jóvenes, que suelen encontrar en los sacerdotes referentes importantes para su camino de fe.
Aquella experiencia me dejó la convicción de que las comunidades necesitan ser acompañadas. No basta con gestionar una situación; es necesario cuidar a las personas que quedan atravesadas por ella. La fe de muchos puede tambalearse y, si no encuentran contención, algunos terminan alejándose de la Iglesia o incluso de la experiencia creyente.
También conocí el caso de un sacerdote que atravesó durante años una profunda lucha interior. Más allá de las circunstancias concretas de su historia, pude ver el sufrimiento que genera vivir largos períodos en conflicto con uno mismo. El desgaste emocional, espiritual y físico termina dejando huellas.
No me corresponde juzgar las decisiones ni la conciencia de nadie. Sí me parece importante reconocer que detrás de cada noticia hay una persona, una historia, una comunidad y un proceso que casi nunca conocemos en profundidad.
La Iglesia tiene más de dos mil años de historia. A lo largo de ese tiempo ha atravesado innumerables crisis, dolores y desafíos. Por eso quizás estamos llamados a aprender cada vez más a no reaccionar únicamente desde el escándalo o la condena, sino también desde la escucha, la verdad, la misericordia y el acompañamiento.
Por eso, cuando leemos que un sacerdote deja el ministerio, tal vez la primera pregunta no debería ser qué ocurrió, sino cómo podemos acompañar a las personas involucradas. Detrás de cada decisión suele haber procesos complejos, muchas veces dolorosos, que afectan tanto a quien los vive como a la comunidad que lo rodea.
No se trata de minimizar los hechos ni de evitar las responsabilidades cuando corresponden. Se trata de recordar que la Iglesia está formada por personas concretas, con fragilidades, luchas y búsquedas. Y que, en medio de esas realidades, estamos llamados a ser una comunidad capaz de sostener, escuchar y sanar.
Quizás allí haya una de las enseñanzas más importantes: aprender a caminar juntos también en los momentos difíciles, para evitar que las heridas se profundicen y para que nadie quede solo cuando más necesita ser acompañado.

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