Cuando la escucha se vuelve esperanza
Transformar la polarización en diálogo
Fomentar el diálogo en sociedades polarizadas es complicado. No se puede hablar con el otro si primero se le niega la escucha. Uno de los problemas más graves que enfrentamos hoy es precisamente esa incapacidad de oír puntos de vista distintos para construir, desde ahí, un entendimiento común. Nos hemos acostumbrado a conversar solo entre quienes piensan igual, a refugiarnos en burbujas de afirmaciones compartidas que nos reafirman en nuestra posición y van transformando al otro, poco a poco, en contrincante o enemigo.
Lo comunitario exige un esfuerzo consciente: analizar otras miradas, comprender otras circunstancias, reconocer que el mundo no se agota en nuestros ojos. Eso es lo que se ha ido rompiendo. Y reconstruirlo requiere decisión y voluntad; ganas de entender de verdad, no solo desde la mirada propia, sino desde una mirada colectiva. La riqueza de la comunidad no excluye los problemas ni las diferencias individuales; conviven en ella lo bueno y lo malo, y hay un trabajo permanente para desarrollarnos como personas. La diferencia es que en lo individual cada uno pule sus aristas, pero nadie se salva solo: en lo comunitario ese pulido se hace en conjunto, a través del intercambio, la escucha y el aprendizaje mutuo. La sabiduría de lo colectivo siempre será más rica que la del individuo, porque suma experiencias y matices que mejoran el juicio.
En esa lógica se inscribe el método sinodal. Usado desde siempre, se revitalizó con el Concilio Vaticano II y el Papa Francisco convocó un Sínodo sobre la Sinodalidad para caminar juntos, para sentarnos a pensar juntos. Supone cercanía, comunión, participación. Y es un modelo útil no solo para la Iglesia católica, sino para cualquier espacio que necesite diálogo, participación y decisiones colaborativas. Supone escuchar primero, participar y dialogar después, discernir y asumir corresponsabilidad respecto de los acuerdos. Esa dinámica permite construir puentes, romper jerarquías, hablar de manera horizontal entre diferentes grupos sociales, entender con empatía las circunstancias ajenas, y tender lazos entre confesiones religiosas o entre la Iglesia y la sociedad (que somos todos) sobre la base del respeto común. Al eliminar la verticalidad se abre la posibilidad real de consensos donde todos se sientan representados.
Nos comunicamos distinto. Hoy todo es más breve, más inmediato: mensajes cortos, imágenes, vídeos de segundos. Nos expresamos distinto: la música, el arte, el lenguaje de las redes han recogido esas expresiones y no son menos hermosas ni menos profundas que los clásicos. Son distintas porque somos distintos. Lo nuevo nos inquieta, nos da miedo. Pero nadie ama lo que no conoce. Para amar, primero hay que escuchar, observar, acercarse. Esa es la actitud que necesitamos frente a las nuevas formas de pensar y de vivir: no la de quien juzga desde lejos, sino la de quien se sienta a la mesa, conversa, pregunta y aprende.
La llamada “guerra cultural” es quizá la expresión más feroz de nuestra polarización: convierte las diferencias en trincheras y traslada al terreno de la política los resentimientos del día a día. Sin embargo, en medio de ese ruido siguen existiendo mesas de domingo donde una nieta, con el pelo pintado de azul, tatuajes y aros en las orejas, conversa con su abuela de manos arrugadas y rosario en los dedos. Hablan distinto, piensan distinto, pero se reconocen y se quieren. Ese pequeño acto de escucharse, aunque duela, es ya una semilla de paz. Nos recuerda que la escucha puede convertirse en esperanza.
El momento que vivimos reclama, de parte de todos, esforzarnos más por escuchar que por ser escuchados. En ese esfuerzo puede surgir un terreno común para cambiar una realidad que se hace cada vez más evidente: el miedo al otro porque piensa distinto. En lugar de invitarnos a reflexionar si podríamos estar equivocados, al menos en parte; expulsamos esa diferencia del espacio público, y en sus expresiones extremas incluso de la existencia física. Revertir este proceso exige reconocer que la vida en comunidad requiere comprender al otro en su integridad. Esa puede ser la vía para reconstruir diálogos, consensos, respeto, escucha y desarrollo integral, tanto en la vida individual como en la colectiva. Y requiere humildad, porque también nosotros podemos estar equivocados.
Jesús, en medio de un mundo dividido, sorprendía con frases que desarmaban las trincheras. Una vez dijo: “El que tenga oídos para oír, que oiga” (Mc 4,9). No es solo una invitación a escuchar con los oídos, sino con el corazón. Tal vez allí esté la esperanza: atrevernos a oír de verdad al otro para descubrir juntos lo que todavía no vemos. Cuando la escucha se vuelve esperanza, la polarización deja de ser un destino y se convierte en el punto de partida de algo nuevo.
Marisol Pérez Tello
Exministra de Justicia del Perú y actual integrante del Comité Académico Internacional.

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