Estos seductores recuerdos se editaron en forma de libro en 1995 bajo el título de Crónica general. Con aroma de aristocrática intimidad, hablan de una época ya desvanecida, pero reivindicada con la fuerza de quien conoce el destino de tener que vivir a contracorriente. Su prosa –brillante, mediterránea y profundamente ligada a su poesía– recrea con delicada sensibilidad la fascinación de lo vivido y condensa su estética de la vida, fundamentada a su vez en una posición ética contraria a cuanto constriñe la libertad.
Serían estas actitudes las que le hicieran marcharse, primero, a México y, después, a Buenos Aires, regresando para siempre a Valencia en 1947. Aquí se sumió en un retiro personal de fecunda creatividad: fue su exilio interior. Sin embargo, aquella difusión periodística de los 70 le popularizó entre el gran público. Editoriales prestigiosas apostaron por su obra, llegando su consagración literaria en 1982 con la concesión del Premio de las Letras Valencianas. A partir de ese momento se abrió también una época de reconocimiento social: medalla al Mérito de Bellas Artes, doctorado ´honoris causa`, presidencia del Consell Valencià de Cultura…
De su trayectoria existencial me he sentido especialmente atraído por el citado ´exilio interior`, que no se reduce a una mera etapa literaria con fecha de caducidad, sino que representa su más genuino talante vital. La personalidad introspectiva del creador alicantino le condujo a una militante actitud contemplativa: “Mi casa era mi mundo, el Mundo. De ella lo he extraído todo: casa con paredes de cristal abierta al confín. ¿Especie de invernadero? Pero con tormentas”. En virtud de esta disposición experimentó la imborrable evocación de su infancia, en la que “todo vive en perpetuidad, la luz, el verano, el perfume, el curso de los trenes, el aguijón de los recuerdos…”.
Desde esta perspectiva se comprende su afirmación en Breviarium vitae: “Tener un destino es sentirse súbitamente comprometido en una empresa interior”. En este libro, que recoge la labor de más de treinta años de anotaciones, se conoce a fondo a su autor, a la repercusión de su pensamiento en su propia evolución personal y en la de la narración de la condición humana. Su conocimiento de ésta le llevaría a decir: “la verdadera espiritualidad no consiste en ´ocuparse` de las cosas espirituales sino en ser espíritu, en adentrar en nosotros esa llama inminente, que prende y acrecienta en nuestro cuerpo con más y más ardor, a medida que nos vamos, paulatinamente, muriendo”.
Gil-Albert comprendió la naturaleza del amor (“amar, verdaderamente, es centrar en alguien la atracción del cosmos”) y su carácter nutricio (“el ser amado despierta en el amante la totalidad que este lleva dentro”), pero también el desamparo de su ausencia (“si la persona amada se nos niega, henos escindidos con una penosa sensación de cosa incompleta”), el sentido de la soledad (“cuando nos damos cuenta que estamos en una soledad sin paliativos, apreciamos de golpe lo insólito de nuestro destino”) y su utilidad para la supervivencia (“el escalofrío que acompaña esta especie de descubrimiento fatal, [nos] templa”).
Con esta sabiduría, su oficio de escribir la vida y vivir la escritura era inevitable: “Escribir a diario ha sido para mí realizarme. Una manera de ir calando, día a día, las disposiciones de este hombre que me era, en gran parte, desconocido. Pero también ocurre que lo que se anota un día en la más estricta intimidad puede convertirse, en manos ajenas, en algo que se ve desde el exterior y que adquiere, por ello, la sugestión personal de un estilo… Escribo para aclararme las cosas y doy a conocer lo que escribo por si este camino que hago puede ayudar, en algún caso, a los demás”. Doy fe y gracias de la eficacia de este último propósito. ¡Su empeño bien valió el exilio interior!
Pedro Paricio . Dame tres minutos
