Cómo hacer una buena confesión
No te conformes con confesar lo obvio: pide luz al Espíritu Santo y aprovecha para una limpieza profunda del alma
Con mucha frecuencia, los fieles le preguntan al sacerdote: “Padre, ¿cómo hacer una buena confesión?”. El Padre Ángel Espinosa de los Monteros, en una de sus charlas breves y directas, responde con claridad y cercanía, reconociendo que el tema podría dar para una conferencia completa, pero lo resume en pocos minutos para que sea accesible a todos.
El primer paso, según el padre, es invocar al Espíritu Santo desde el momento en que uno se prepara: ya sea en la fila del confesionario o camino a la parroquia. “Dios mío, ayúdame a ver de verdad mi conciencia”, es la oración clave. Muchos se acercan solo por pecados evidentes —como no haber ido a misa el domingo anterior o un robo concreto—, pero desaprovechan la oportunidad de una revisión más amplia del alma. Es como limpiar una habitación: si se derramó café y se rompió una taza, se recoge eso, pero también se quitan telarañas, se ordena el armario y se tiende la cama. “Hagamos las cosas un poquitín mejor”, invita el sacerdote.
Una vez iluminados por el Espíritu, propone dos esquemas sencillos para el examen de conciencia:
1. Los Diez Mandamientos
Comienza por el amor a Dios: “Amar a Dios sobre todas las cosas” no es una fórmula vacía. Significa revisar si hemos descuidado la oración, si nos distraemos en la misa, si hablamos durante ella o si hemos puesto a Dios en segundo plano. Santificar las fiestas incluye no faltar a la misa dominical, un pecado grave que deja a Dios relegado.
Respecto al nombre de Dios en vano, el padre advierte contra juramentos innecesarios o expresiones como “te lo juro por Dios” en discusiones triviales. “Tus palabras sean sí, sí; no, no”, recuerda citando el Evangelio.
Luego vienen los mandamientos que regulan las relaciones humanas: honrar a padre y madre (preocuparse por ellos, llamarles, atender sus necesidades, con la promesa bíblica de felicidad y vida larga —¡eterna!—); no matar, no robar, no cometer actos impuros (incluyendo con televisión o celular), no mentir, no codiciar bienes ajenos ni desear a la pareja del prójimo.
Aquí marca una diferencia clave: admirar la belleza de alguien (“qué persona tan guapa hizo Dios”) no es pecado, pero codiciarla en el corazón sí lo es, como enseña Jesús en el Sermón de la Montaña.
2. Los cinco dedos de la mano (un esquema más relacional y centrado en omisiones)
- Pulgar: relación con Dios.
- Índice: con el cónyuge.
- Medio: con los hijos.
- Anular: con los demás (familia política, empleados, vecinos).
- Meñique: responsabilidades como cristiano hacia los demás.
Aquí entra el tema de las omisiones: no haber matado ni robado no basta si por indiferencia hemos permitido que otros sufran hambre, frío, soledad o tristeza. Recuerda las obras de misericordia corporales y espirituales que Jesús menciona en Mateo 25: dar de comer, beber, vestir, visitar… pero también consolar, aconsejar, perdonar. “El hambre no es solamente de comida; hay hambre de amor”, subraya.
El padre resume la ley en el doble mandamiento del amor: a Dios y al prójimo. Invita a una meta clara: “A partir de hoy, nunca jamás un pecado mortal” (materia grave + pleno conocimiento + consentimiento deliberado). Los veniales son inevitables en la vida diaria, pero hay que estar en “continua limpieza” mediante la contrición y la gracia. “Hagamos todo el bien que podamos”.
Cierra con un mensaje de esperanza: la confesión no es solo quitar manchas, sino vivir en gracia, cerca de Dios. “Que Dios los bendiga siempre”.
Este consejo del Padre Ángel Espinosa —quien ha dado miles de conferencias sobre espiritualidad y familia— nos recuerda que la confesión es un encuentro de misericordia, no un trámite. Prepararla bien transforma el sacramento en un verdadero renacer espiritual. Si te animas a seguir estos pasos, la próxima vez que te acerques al confesionario, no será solo por “lo básico”, sino por una limpieza profunda del alma. ¡Ánimo! La gracia de Dios siempre espera.

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