13 mayo, 2026

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Cardenal Arizmendi: Examen final: los pobres

En este año que termina, ¿qué hicimos por ellos?

Cardenal Arizmendi: Examen final: los pobres

El cardenal Felipe Arizmendi, obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas y responsable de la Doctrina de la Fe en la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), ofrece a los lectores de Exaudi su artículo semanal.

HECHOS

Estamos a fines del año 2025 y es conveniente reflexionar sobre lo positivo y lo negativo de estos doce meses. ¿Qué hicimos bien, qué cosas buenas nos acontecieron, qué recordamos con agrado? Por lo contrario, ¿qué estuvo mal, qué querríamos que no hubiera sucedido, qué debemos corregir?

Hay muchos puntos en que este examen de vida debe hacerse, pero quiero insistir en la necesidad de una revisión personal y eclesial sobre cómo ha estado nuestro amor a los que su situación coloca en pobreza. Comprendo que para algunos puede resultar molesto que hable tanto de ello, pero es la pauta para saber si vamos por el camino de Jesús y es el examen que, según San Mateo, se nos hará al final de nuestra vida.

ILUMINACION

Sigo compartiendo con ustedes algunas afirmaciones categóricas del Papa León XIV en su exhortación Dilexi te sobre el amor a los pobres. Meditándolas, haremos un buen examen de fin de año.

“La llamada del Señor a la misericordia para con los pobres ha encontrado una expresión plena en la gran parábola del juicio final (cf. Mt 25,31-46), que es también una descripción gráfica de la bienaventuranza de los misericordiosos. Allí el Señor nos ofrece la clave para alcanzar nuestra plenitud, porque si buscamos esa santidad que agrada a los ojos de Dios, en este texto hallamos precisamente un protocolo sobre el cual seremos juzgados. Las palabras fuertes y claras del Evangelio deberían ser vividas sin comentario, sin elucubraciones y excusas que les quiten fuerza. El Señor nos dejó bien claro que la santidad no puede entenderse ni vivirse al margen de estas exigencias suyas” (28).

“Lo que dice la Palabra revelada es un mensaje tan claro, tan directo, tan simple y elocuente, que ninguna hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo. La reflexión de la Iglesia sobre estos textos no debería oscurecer o debilitar su sentido exhortativo, sino más bien ayudar a asumirlos con valentía y fervor. ¿Para qué complicar lo que es tan simple? Los aparatos conceptuales están para favorecer el contacto con la realidad que pretenden explicar, y no para alejarnos de ella” (31).

“La Iglesia reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo. En efecto, habiendo sido llamada a configurarse con los últimos, en ella no deben quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten este mensaje tan claro. Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres” (36).

“Desde los primeros siglos, los Padres de la Iglesia reconocieron en el pobre un acceso privilegiado a Dios, un modo especial para encontrarlo. La caridad hacia los necesitados no se entendía como una simple virtud moral, sino como expresión concreta de la fe en el Verbo encarnado” (39). “La Iglesia naciente no separaba el creer de la acción social: la fe que no iba acompañada del testimonio de las obras, como había enseñado Santiago, se consideraba muerta” (40). “Así pues, la caridad no es una vía opcional, sino el criterio del verdadero culto” (42).

“Para San Agustín, el pobre no es sólo alguien a quien se ayuda, sino la presencia sacramental del Señor” (44). “El Evangelio sólo se anuncia bien cuando llega a tocar la carne de los últimos, y advirtiendo que el rigor doctrinal sin misericordia es una palabra vacía” (48). Según San Basilio, para estar cerca de Dios hay que estar cerca de los pobres. El amor concreto era criterio de santidad. Orar y cuidar, contemplar y curar, escribir y acoger: todo es expresión del mismo amor a Cristo” (54). “Los pobres no son un problema que resolver, sino hermanos y hermanas que acoger” (56). “Para san Bernardo, la compasión no es una opción accesoria, sino el camino real para seguir a Cristo” (58).

“La caridad cristiana, cuando se encarna, se convierte en liberadora. Y la misión de la Iglesia, cuando es fiel a su Señor, es siempre proclamar la liberación… Cuando la Iglesia se arrodilla para romper las nuevas cadenas que aprisionan a los pobres, se convierte en signo de la Pascua” (61). “Para la fe cristiana, la educación de los pobres no es un favor, sino un deber” (72). “Los más pobres entre los pobres —los que no sólo carecen de bienes, sino también de voz y de reconocimiento de su dignidad— ocupan un lugar especial en el corazón de Dios. Son los preferidos del Evangelio, los herederos del Reino. Es en ellos donde Cristo sigue sufriendo y resucitando. Es en ellos donde la Iglesia redescubre la llamada a mostrar su realidad más auténtica” (76).

“Los más pobres no son meros objetos de compasión, sino maestros del Evangelio. No se trata de ‘llevarles a Dios’, sino de encontrarlo entre ellos. Servir a los pobres no es un gesto de arriba hacia abajo, sino un encuentro entre iguales, donde Cristo se revela y es adorado… Por lo tanto, cuando la Iglesia se inclina hasta el suelo para cuidar de los pobres, asume su postura más elevada” (79).

ACCIONES

Cuando tú y yo nos presentemos ante el juicio final, nos van a preguntar qué hicimos por los presos, los migrantes, los enfermos, los que carecen de bienes. En este año que termina, ¿qué hicimos por ellos? Ojalá que el año próximo seamos más cristianos en este amor preferencial.

Cardenal Felipe Arizmendi

Nacido en Chiltepec el 1 de mayo de 1940. Estudió Humanidades y Filosofía en el Seminario de Toluca, de 1952 a 1959. Cursó la Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca, España, de 1959 a 1963, obteniendo la licenciatura en Teología Dogmática. Por su cuenta, se especializó en Liturgia. Fue ordenado sacerdote el 25 de agosto de 1963 en Toluca. Sirvió como Vicario Parroquial en tres parroquias por tres años y medio y fue párroco de una comunidad indígena otomí, de 1967 a 1970. Fue Director Espiritual del Seminario de Toluca por diez años, y Rector del mismo de 1981 a 1991. El 7 de marzo de 1991, fue ordenado obispo de la diócesis de Tapachula, donde estuvo hasta el 30 de abril del año 2000. El 1 de mayo del 2000, inició su ministerio episcopal como XLVI obispo de la diócesis de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, una de las diócesis más antiguas de México, erigida en 1539; allí sirvió por casi 18 años. Ha ocupado diversos cargos en la Conferencia del Episcopado Mexicano y en el CELAM. El 3 de noviembre de 2017, el Papa Francisco le aceptó, por edad, su renuncia al servicio episcopal en esta diócesis, que entregó a su sucesor el 3 de enero de 2018. Desde entonces, reside en la ciudad de Toluca. Desde 1979, escribe artículos de actualidad en varios medios religiosos y civiles. Es autor de varias publicaciones.