Belenes
La tradición que nos devuelve a la Navidad verdadera de san Francisco
La Navidad irrumpe de nuevo en las transitadas ciudades y en los sosegados pueblos. Un abigarramiento de luces multicolores y villancicos, guirnaldas, nieve artificial y abetos cargados de adornos inunda calles y comercios. Sin embargo, en este heterogéneo ritual –que configura actualmente la conmemoración estética del nacimiento del Hijo de Dios en este mundo de hombres– es la representación del belén la que se enseñorea de la intimidad de las viviendas.
Desde mi infancia he disfrutado de su presencia en el hogar familiar. En aquella época, su instalación corría a cargo de mi abuela materna. De las numerosas figuritas que lo integraban conservo todavía un diminuto molino de harina, una variada fauna doméstica y una joven aldeana, que, arrodillada junto a la orilla del río, lavaba la ropa con primor. Este humilde personaje y el tendedero del que colgaban las prendas para su secado conforman la escena más vívida que de aquel nacimiento guarda mi mente.
La tradición familiar de los belenes hogareños estaba muy arraigada en la España de finales de los años 50 del siglo pasado. Era la centenaria herencia de una costumbre aparecida ya en el siglo XVI, derivada, a su vez, de las medievales escenificaciones sacras de los misterios del tiempo navideño. Entre esas sencillas representaciones sobresalió la del primer belén franciscano de Greccio, localidad italiana asentada al borde de una anchurosa oquedad, en la provincia de Rieti, región de Lazio. Gracias a ella se legó a la posteridad la intensa vivencia de esta espiritualidad navideña.
En 1223, tres años antes de su muerte, san Francisco de Asís, al meditar durante el adviento el misterio de la Navidad, sintió el deseo de tener la visión del nacimiento de Cristo. Se dispuso así a celebrar, en aquella villa cercana a Roma, la memoria de aquel acontecimiento con la mayor solemnidad y fidelidad posible. Cuando estuvo próxima la fecha, citó a hombres y mujeres de la comarca, que, según sus posibilidades, prepararon cirios y teas para iluminar la noche.
En plena naturaleza, sirviéndose de la propia hendidura de la roca, el santo de Asís hizo preparar allí la cuna para el Niño Jesús, traer heno y colocar el buey y el asno. En la celebración de la misa sobre el pesebre, Francisco experimentó inefable alegría, cantó el Evangelio con sonora voz y, después, predicó comunicando su propia visión de Belén. Con ello, el ´Poverello` quiso reproducir palpablemente el acontecimiento ocurrido siglos antes para que los asistentes participaran de lo que allí se conmemoraba, de modo que esta celebración les impulsara a la actualización y vivencia de una fe más profunda.
Pretendió hacer visible una nueva dimensión del misterio de la Navidad: la de la humanidad de Jesús, el Dios niño nacido de la Virgen María, envuelto en pañales, acostado en un pesebre y a quien, además de adorar, se podía tocar y acariciar. Lo que animaba a san Francisco era el deseo de que se percibiera de forma viva la grandeza del nacimiento del Dios-con-nosotros. Como señaló en su día Benedicto XVI, “pretendía poner de relieve el amor inerme de Dios, que se manifiesta a los hombres para enseñar un modo nuevo de vivir y amar”.
Ahora, transcurridas más de seis décadas desde los primeros belenes de mi infancia, sigo instalando el nacimiento cada año. No es el de mi abuela –del que sólo pude rescatar aquellas entrañables figuritas, que he incorporado a las de mi belén de nuevo cuño–, pero unas y otras me sirven de recordatorio exterior para la conmemoración profunda de la Navidad. Su sentido pleno resulta difícil de lograr en medio del frenesí y el consumismo de nuestros días, que enmascaran el misterio de la bondad de Dios y la verdadera vida. No entender adecuadamente esto es no alcanzar el elemento decisivo de nuestra existencia.
Si al barroquismo social de esta fiesta se añade la erosión emocional propiciada por el paso de los años, se sentirá –ante la contemplación del belén hogareño– la necesidad de exclamar con Unamuno: “Agranda la puerta, Padre, porque no puedo pasar; la hiciste para los niños, yo he crecido, a mi pesar. Si no me agrandas la puerta, achícame, por piedad; vuélveme a la edad aquella en que vivir es soñar”.
Pedro Paricio . Dametresminutos

Related
J.R.R. Tolkien III: El arte y la blanca orilla
María José Calvo
04 mayo, 2026
6 min
¿Por qué es necesario un buen uso de Internet y de las redes sociales?
Tomasa Calvo
04 mayo, 2026
8 min
Mes de Mayo: El Mes de la Virgen María
Patricia Jiménez Ramírez
01 mayo, 2026
4 min
¡Sonríe, por favor!
Marketing y Servicios
30 abril, 2026
3 min
(EN)
(ES)
(IT)
