Ayudar a Jesús
Del chicote bendito a la cruz en el cerro: una forma andina de corredimir con Cristo
Cuando terminé la misa, una abuela vino a la sacristía, desabrochó su abrigo y sacó un pequeño látigo trenzado de cuerda.
—Padre, por favor, bendiga mi chicote.
Yo llevaba dos meses de misionero en Perú y me sorprendí. Ahora llevo cuarenta años y he bendecido cientos de chicotes, muchos cada año, especialmente en vísperas de Semana Santa. Y es que los padres o madres de familia suelen dar tres azotes a cada uno de sus hijos el día de viernes santo “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Y los abuelos a sus hijos, que son papás. Los hijos lo reciben con humildad y devoción y de rodillas para “ayudar a Jesús” en su flagelación.
No cabe duda que lo aprendieron de los misioneros de la primera evangelización por estas tierras.
El día de Viernes Santo, en prácticamente todos los pueblos y comunidades de campo, sobre las cuatro o cinco de la mañana, los fieles se reúnen en su templo o capilla y cargan una pesada cruz de madera hasta la cima de un cerro. En esta región andina todos los pueblos están escoltados por cerros, unos más altos, otros más modestos. La procesión puede durar unas horas. Se va rezando el Viacrucis y cantando sentidos cantos en lengua quechua. Cuando es posible, acompaña un sacerdote o, en su defecto, un catequista.
Llegados a la cumbre se planta la cruz en un agujero previamente abierto. Después, todos, uno por uno, se arrodillan ante la cruz y el responsable —ya quisieran que fuera el sacerdote, aunque solemos negarnos— latiga por tres veces en la espalda al penitente “en el nombre del Padre, y del hijo y del Espíritu Santo”, claro está “para ayudar a Jesús”.
Hay ocasiones durante el año que una persona viene a pedir al sacerdote o al catequista o a sus padrinos unos latigazos como castigo para su esposo o pareja o para sus hijos, y suelen ser aceptadas por el que los va a recibir en señal de penitencia. Pero lo que me sorprende más gratamente es cuando lo hacen con la intención positiva de “ayudar a Jesús”, vale decir, compadecer con él, identificarse con Cristo.
No cabe duda de que, además de ser una penitencia que ayuda a dominar el cuerpo —tan inclinado a las tentaciones, a “disciplinar el potro”, sujeto a tantos instintos y caprichos—, hay en ello un aspecto luminoso: el de “ayudar a Jesús”, que encierra un encanto profundo.
Los cuatro evangelistas cuentan la cruel flagelación de Jesús a manos de los soldados romanos, San Pablo recibió por “cinco veces los cuarenta azotes menos uno y tres veces fue azotado con varas”. (2Co 11,24). Otros santos corrieron la misma suerte. Y muchísimos, de antes y de ahora, se dan disciplinas a sí mismos como expresión de penitencia.
Quizá la mentalidad moderna o postmoderna (que, al fin, maltrata el cuerpo de mil maneras), no entiende este sacrificio. Quizá porque no entienden la relación tensa que hay a veces entre el alma y el cuerpo, que ha sido herido por el Pecado Original y por tantos otros pecados personales.
Ojalá pudieran entender también su sentido positivo. Ayudar a Jesús ¿a qué? Sin duda a salvar almas, a “corredimir” con él. Es un privilegio.

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