Alguien para Alguien
Donde lo humano se vuelve divino
Todos los días toco el dolor. Un tsunami social…
Hay una sociedad que vive y otra que sobrevive como puede en el temporal de lo frenético, pero nunca en soledad
La esperanza mantiene nuestra mirada en el destino.
Hay personas a las que el hielo les ha curtido la piel y aunque se les pose un elefante, ni lo sienten; hay quien está acostumbrado a subsistir y a no molestar. Hay quien vive como si bastara con “respirar” Y así, poco a poco, la soledad invade el corazón de algunos hombres, pero “lo específicamente humano” se rebela y exhuma su identidad buscando la singularidad coloreando el pelo y, los tatuajes en su cuerpo… gritan lo que no se habla.
La soledad moderna tiene brillo de independencia y ruido de autosuficiencia. Pero bajo esa superficie late un cansancio antiguo: el del corazón que no encuentra el abrazo que sostiene.
Hemos olvidado que somos donación y sujetos receptores de donación libre. Nadie llega a conocerse si no se ve enriquecido en los ojos del otro. Es bueno recordar que solo el amor justifica la vida. Como dice Rosalía en su último disco “El amor no es consuelo, es luz”.
“Amigo de sí mismo contra sí mismo”
Todas las manifestaciones de amor bueno generan movimiento. El amor de amistad, filiación, conyugalidad… siempre hacia alguien o hacia algo; hacia el otro o hacia mi interior y, a veces, creyendo ir hacia el servicio al otro, voy hacia mí por diversas circunstancias. Y perdido en ese laberinto, interior podemos caer en un narcisismo que contamine pensamientos, palabras y emociones… Una cueva que oscurece el destino y nos difumina la esperanza. El amor es luz y la luz nos permite ver los objetos iluminados merecedores de nuestro amor.
¡Cuántos dobles fondos tiene el corazón humano!!
El yo se revela en la relación, en la reciprocidad que lo hace fecundo. Solo cuando el “yo” se abre al “tú”, nace el “nosotros”. La persona reclama, en su verdad más profunda, la vocación de encuentro. Y el verbo solo se conjuga en relación pronominal: yo contigo, tú para otros, nosotros en camino.

El gobierno interior del yo
Nadie entrega lo que no posee. Y, sin embargo, intentamos amar sin entregarnos porque nos desconocemos; hablamos sin habernos escuchado por dentro, reaccionamos sin habernos mirado con valentía.
Gobernarse no es reprimir ni fingir equilibrio: es aprender a ordenar la complejidad interior, a integrar emoción, razón y voluntad para poder darnos sin rompernos; la parte encuentra sentido en la imagen completa.
El yo que se desconoce se impone o se esconde. El yo que se posee, en cambio, se entrega libremente. No necesita dominar, sino sumar.
Gobernarse es tener la templanza de quien sabe sostener su identidad en medio de lo cambiante de los ambientes. No hay encuentro verdadero sin ese señorío personal que permite salir de uno mismo sin perderse.
Aprendemos a gobernarnos cuando decidimos no responder con el mismo tono a una palabra que hiere. Cuando elegimos no alimentar la queja, aunque tengamos motivos. Cuando nos levantamos sin ganas porque alguien nos espera y queremos servir. Cuando callamos para escuchar mejor, aunque tengamos mucho que decir. Cuando perdonamos en silencio, sin hacer alarde, solo porque entendemos que la paz vale más que la victoria.
Son pequeños actos invisibles que conquistan un territorio interior. La voluntad deja de ser capricho, el sentimiento deja de gobernar, y el yo -no el ego- recupera su centro.
En un mundo donde todo se mide por la eficacia, el autogobierno parece inútil, pero es la condición del amor. Sin esa raíz, la entrega se vuelve dependencia, y la relación se reduce a consumo material y/o emocional.
Así trabajan la gula, la lujuria y la avaricia: no solo en el cuerpo, también en el corazón que quiere poseerlo todo. La solución no es solo combatirlas, sino gobernarlas, para no ser manipulados por esas dependencias que el consumismo voraz aprovecha continuamente.
A nivel emocional, sentimos el dominio que el estado de ánimo quiere ejercer sobre la persona para encaracolar y producir parálisis: la tristeza, la pereza, la melancolía. En lugar de dejarnos arrastrar, podemos poner distancia para objetivar, relativizar y desprendernos de su influencia. A veces basta un paseo al aire libre, una llamada sincera, un pequeño gesto de servicio. La vida se destraba cuando el corazón, como centro energético, actúa, aunque sea a pequeña escala.
La dimensión espiritual tiene batallas más sutiles: la vanagloria, la envidia y la soberbia. El causante de todo es el ego, que nos aleja del otro porque entra en competición directa con él. Estas batallas, para ser gestionada, sólo pueden ser miradas desde la humildad. Solo el humilde es capaz de amar sin contaminación ambiental. La humildad es el verdadero yo.
El arte de escuchar
Escuchar es una de las formas más altas del amor. Pero exige algo que nos cuesta cada vez más: vaciarnos de nosotros mismos. No escuchar para responder, sino para acoger. No esperar turno para hablar, sino dejar que el otro exista en mí.
La escucha activa no es estrategia, es humildad. Y la humildad “duele” porque obliga a reconocer que el otro tiene algo que decirme, algo que aportarme, algo de lo que yo carezco. No soy el centro de todo. Escuchar al otro es también aprender a escuchar el rumor del propio corazón…
Nos hemos vuelto expertos en comunicación y analfabetos en presencia. Vivimos rodeados de palabras, pero sedientos de conversación. Cuánta violencia se esconde en la indiferencia, y cuánta ternura se libera cuando alguien mira sin juzgar y escucha sin distraerse.
La escucha es también una manifestación de libertad interior: apagar el teléfono durante una conversación, sostener una mirada cuando aparece el silencio, no llenar los incómodos silencios de ruido. Son gestos pequeños que devuelven la dignidad al encuentro y recuerdan al otro: “estoy aquí contigo”.
“El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente.”
(San Juan Pablo II Redemptor Hominis, n.º 10)
Solo quien se deja tocar por el dolor del otro descubre que el sufrimiento compartido es un fuerte amurallado.
La vida se mide por la calidad de los encuentros. Mirar a los ojos, sostener la palabra, callar con respeto, acompañar sin imponer… son verbos que nos humanizan. Conjugarlos bien requiere coraje, porque cada verbo implica un pronombre que nos habla de entrega, y un adverbio que lo matiza: siempre, después, nunca, pronto, todavía…
Siempre se puede rectificar: volver a mirar, volver a escuchar, volver a amar. La esperanza se cultiva en cada gesto cotidiano que nos saca del encierro del yo.
Allí donde alguien rectifica el rumbo,
lo humano renace en lo divino.

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