A hombros de gigantes
Nostalgia, gratitud y la verdadera libertad: lecciones de mi abuela
Hace unos días he vuelto de Ávila, de casa de mi abuela. No es la primera vez que escribo sobre ella y su casa ( https://exaudi.org/es/el-desvan-de-mi-abuela/) Ir allí me hace volver a posicionarme con muchísima naturalidad y ternura, en mi condición olvidada de nieta, con lo que ello conlleva.
Me hace sentirme más niña y como tal, más observadora. Me convierto en una pequeña exploradora. En principio algo propio de la condición de ser niño, pero que hoy, quizá, no podemos dar por hecho. Así, la curiosidad propia de la etapa infantil o esa observación callada del niño que todo lo quiere conquistar parece, en demasiadas ocasiones, haberse ocultado bajo una capa pesada de pedruscos.
Es un hecho que la capacidad de atención de adultos, jóvenes y niños está diluyéndose, siendo cada vez más heroico el poder hablar de habitar la realidad como ésta se merece. Y es que si no atendemos no podemos ver. Si no miramos no podemos asombrarnos. Si nada nos asombra, nada hace que nos preguntemos y, si no nos hacemos preguntas, dejamos de buscar.
Esta atención menguada es cada vez más evidente y se escribe mucho de ello, hablando de cómo estamos dispersos y absortos por los numerosos impactos, distracciones y ruido de nuestro tiempo.
El ser humano, llamado a explorar, comprender y a buscar el sentido de las cosas, dotando de un significado a la realidad y al mundo en el que vive, ha decidido convertirse en un mero consumidor. Hemos dejado de ponernos en camino para buscar respuestas. Las personas, llamadas a descubrir, a pensar, a reflexionar y a comprender el mundo, vivimos cada vez más en la comodidad de nuestro balcón como simples espectadores de una realidad, que parece que poco tiene que ver con nosotros. O si algo tiene que ver, es solo para comentarla como quien ve un partido de fútbol, asumiéndola como “lo que hay”, muchas veces en pos de una tolerancia mal entendida.
Nos gusta ser tolerantes. Es más, ahora mismo, nos parece el peor insulto el hecho de que nos puedan etiquetar de intolerante.
Una tolerancia absolutizada que hemos convertido en imparcialidad y de ahí en indiferencia. Y es que vivimos indiferentes. Vivimos imparciales. Vivimos todo el rato en los grises y en el relativismo de la liquidez: la sociedad líquida y desvinculada.
Y pensando en esto, me surgía la pregunta de si realmente hemos decidido conscientemente vivir a así o simplemente nos estamos dejando llevar sin más por esa falta de atención a lo que la realidad y el otro con el que convivimos nos pone delante. Porque si es lo segundo, fruto del devenir o del dejarse arrastrar, poco tendrá que ver con esa libertad de la que tanto se nos llena la boca como sociedad.
Y bajando un poco más, ¿no podría ser que creyéndonos mucho más libres que las generaciones pasadas sin embargo fuéramos muchísimo menos que mi abuela y sus coetáneos?
Porque ¿qué es ser libre y cuándo lo soy? O mejor ¿cuándo dejo de serlo?
Este viaje era diferente a todos los anteriores. La casa de mi abuela, esa casa de mi “yo-nieta” se ha vendido y teníamos que desmontarla para que una nueva familia viva en ella.
Eran muchas las preguntas y para algunas no encontraba una respuesta: ¿Cómo se desmonta un hogar con tantos recuerdos? ¿Cómo deshacerte de esas cosas que tú no necesitas o que no puedes llevarte pero que tanto te recuerdan a una persona tan querida y a una parte de tu vida tan feliz? ¿Qué convierte una simple mesa desvencijada que no vale nada en dinero en la mesa más maravillosa y valiosa del mundo?
Mi corazón era un cúmulo de emociones y sentimientos. La nostalgia se entremezclaba con el agradecimiento. La tristeza con la alegría…
Era capaz de ver cómo mi abuela había guardado con inmensa delicadeza y cuidado durante años, tantos tesoros familiares. Cómo había custodiado con esmero esos recuerdos tan importantes para ella y que, de alguna manera, también formaban parte de mí, de mi historia.
Hoy que todo es de usar y tirar. Que con un clic compras lo que necesitas y lo tienes al momento, sentía la lentitud y el amasar con el que ella y su generación vivieron. Gusté del sabor de las cosas hechas despacio, con atención, con paciencia. Percibí la fragancia de las cosas pequeñas que nadie ve, por el hecho de que se no hacían para ser vistas.
Y caí en la cuenta de la enorme libertad con la que vivió, precisamente en una época en la que había un régimen llamado dictadura. Y es que su libertad poco tenía que ver con el ir o venir. Era la libertad personal de vincularse. La libertad de poder comprometerse. Una libertad no referida al movimiento y con el hacer “lo que le daba la gana”, como se diría hoy, pero que la hizo vivirse desde el “sí” cada día.
La libertad de habitar el presente y de decidirse por ese proyecto vital que era su familia. La libertad de tener un “para qué” que le daba sentido a su vida. La libertad de saberse deudora de una tradición y de una vida recibida como un don.
Es la libertad que da el no creerse invencible. De no creerse conocedora de todo y, por ello, vivirse necesitada de otros. Es la libertad del amor y la entrega.
Si algo caracterizaba a mi abuela era el no ser imparcial ni gris. El no vivir indiferente.
Decía Chesterton «La imparcialidad es un nombre pomposo para la indiferencia, que es un nombre elegante para la ignorancia.»
En este viaje ha habido lágrimas y sonrisas a partes iguales. Mucho silencio y también muchas historias que no conocía o no recordaba. He compartido mucho con mi familia. Y he mirado mucho, muchísimo a mi madre. Cuánto la quiero. Cuánto la necesito. Cómo nos cuida a todos y qué poco indiferente es su modo de estar en la vida.
Ella me dice siempre que voy muy rápido. Me pide ir más despacio porque no puede correr tanto. ¿Correr yo? Pero si me paso el día pisando el freno y hablando de vivir con más atención. Si parece que me lo sé todo y que, además, lo pongo por obra. Si aquí estoy hablando y escribiendo sobre vivir más atenta…
Va a ser que no me lo sé todo y que yo también soy hija de mi tiempo.
Y esto me produce mucha alegría. Qué gozada. Qué gran regalo saber que soy parte del mundo. De una época. De un momento. Que soy deudora y no acreedora. Que puedo decidir estar en modo robot o en modo persona. Que soy libre para decidir con qué actitud vivir y responder a lo que me interpela cada día. Que puedo mirar con atención buscando el significado de las cosas o simplemente ver. Que soy quién soy gracias a otros y a una tradición, y que puedo decir con grandísimo orgullo que si estoy aquí es porque he venido “a hombros de gigantes”, entre ellos, mi querida abuela.

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