19 abril, 2026

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Vaticano II, misión y doctrina social: espiritualidad de la santidad

Fe, justicia social y caridad política

Vaticano II, misión y doctrina social: espiritualidad de la santidad

En los últimos tiempos, llegan distintas voces negando el Concilio Vaticano II, el mayor acontecimiento espiritual de la historia de la fe y guía (brújula) para la iglesia en este siglo, como nos enseñan los Papas; yendo en contra de estos Papas santos contemporáneos como San Juan Pablo II o de otros como Francisco y su magisterio, creando polarizaciones e ideologizaciones de un signo u otro, etc.

Tal como afirma Benedicto XVI, “San Juan Pablo II escribe: «siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia que la Iglesia ha recibido en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza» (Novo millennio ineunte, 57). Pienso que esta imagen es elocuente. Los documentos del Concilio Vaticano II, a los que es necesario volver…son, incluso para nuestro tiempo, una brújula que permite a la barca de la Iglesia avanzar mar adentro, en medio de tempestades o de ondas serenas y tranquilas, para navegar segura y llegar a la meta”.

La verdadera fe cristiana-católica, continuando la Tradición de la Iglesia con sus Santos Padres y Doctores, como sigue mostrando Benedicto tiene pues como referente u horizonte imprescindible este Concilio, que nos lleva al Dios revelado y encarnado en Jesucristo: La Verdad, El Camino, La Vida y Resurrección. Dichos Papas santos y contemporáneos, como Francisco y ahora León XIV, tratan de seguir desarrollando el espíritu y enseñanzas de este acontecimiento del Vaticano II.

Esto es, una fe e iglesia que, fundamentada en el Dios Trinitario del Padre e Hijo con el Espíritu, siguiendo a Jesús viva y testimonie la espiritualidad de la santidad. Una iglesia, por tanto, al servicio de la misión evangelizadora anunciando, celebrando y sirviendo al Reino de Dios que nos trae la Gracia de su salvación liberadora e integral, los dones de la fe, la esperanza y la caridad, el amor y la justicia con los pobres de la tierra.

Es una iglesia, como sucede en otro Concilio como el de Nicea, que proclama la verdad central de nuestra fe. Es decir, el kerygma con la Encarnación de Dios en Jesucristo humilde y pobre-crucificado, que asume con su amor misericordioso y solidario toda la humanidad y realidad e historia, hasta su muerte en cruz, para salvarla y liberarnos a todos del mal, del pecado, de la muerte, de toda esclavitud e injusticia. La fe e iglesia transmite y testimonia esta verdad integra, la buena noticia del Reino, como hijos del Padre en el Hijo Jesucristo, que nos dona la vida humanizadora, digna, honrada, espiritual, moral, escatológica y eterna. Tal como celebramos todo ello en la liturgia con los sacramentos, especialmente en el Bautismo y la Eucaristía, cauces de Gracia, fuente y culmen de la misión, de la santidad y de toda espiritualidad.

Es la iglesia en Cristo, signo de comunión con Dios, con toda la humanidad y del santo pueblo fiel de Dios, comunidad sinodal que caminan juntos en esta historia de salvación, con responsabilidad compartida para la misión en su diversidad de carismas y ministerios. La iglesia del Padre en el seguimiento del Cristo, por el Espíritu, que vive de la Gracia de la santidad en la caridad, como iglesia pobre, en esta comunión de amor, de vida, de fe, de esperanza, de bienes y acción por la justicia con los pobres.

Una iglesia misionera y en salida hacia las periferias, samaritana y pobre con los pobres, libre, liberada y liberadora integralmente de todo pecado, egoísmo, de la mundanidad espiritual e individualismo burgués con sus idolatrías del dinero, de la riqueza-ser rico, del poder y de la violencia. La fe e iglesia que en su misión sale al diálogo y encuentro con la cultura, con las otras iglesias en su acción ecuménica y con las religiones en su horizonte inter-religioso, con esa búsqueda de la convivencia fraterna, del perdón y de la paz.

Esta santidad que sigue el camino del amor misericordioso y de la paz en la justicia con los pobres, regalados por el Reino de Dios manifestado en Cristo y sus Bienaventuranzas, nos visibiliza la constitutiva dimensión social y publica de la fe, del kerygma y de la misión. Esa esencial caridad política que busca la civilización del amor, el bien común más universal y la mundialización de la fraternidad solidaria.

Dicha caridad política, que todos debemos ejercer con nuestra vida teologal en el Espíritu, se concreta aun más en la vocación y misión especifica del laicado.  Esta identidad del laico, para ir logrando su santidad, es la gestión y transformación más directa e inmediata del mundo, con todas sus realidades sociales e históricas como son la política y la economía, para que se vayan conformando al Reino de Dios y su justicia, su paz y vida trascendente.

Como se observa, de esta forma la difusión y puesta en práctica de la doctrina social de la iglesia (DSI) es inherente e ineludible para la santidad con toda esta misión evangelizadora. La DSI es un elemento esencial del anuncio de la fe y de la practica de la caridad e inseparable de la liturgia-sacramentos como es la Eucaristía. Esta DSI nos transmite la verdad moral y antropológica del ser humano, expresando el compromiso por la justicia que la fe supone y exige.

La DSI nos comunica esos valores y principios que han de orientar la existencia espiritual, social e histórica de la humanidad. La sagrada e inviolable vida y dignidad de la persona en todas sus fases, desde la fecundación-concepción como nos enseña la ciencia, en cada una de sus dimensiones y aspectos. Es el desarrollo y ecología integral que nos visibiliza esta relación y comunión con Dios, con los otros escuchando el grito de los pobres, con toda la creación acogiendo el clamor de esa casa común que es nuestro planeta tierra, con todo el cosmos. La ecología integral con esta bioética científica y global nos muestra igualmente el don del cuerpo, unido inseparablemente a esa sexualidad-afectividad del hombre con la mujer, abierta a la vida con los hijos, que constituyen los matrimonios-familias. Esas iglesias domesticas y realidades laicales, santuarios de vida, de amor, de socialización, de virtudes y responsabilidad solidaria por el bien común.

La DSI apunta todo este desarrollo humano, ecológico, bioético, integral y solidario con una economía ética al servicio de las necesidades y capacidades de los pueblos, cuyo principio clave es el destino universal de los bienes, que tiene la prioridad sobre la propiedad con su intrínseco carácter solidario y social. Una economía real con un comercio justo y una banca ética, frente a la especulación financiera y la usura con sus créditos e intereses injustos, que son pecados muy graves. Aquí asimismo está esa otra clave del trabajo, la vida digna de la persona trabajadora con sus derechos como es un salario justo para ella y toda su familia, que está antes que el capital, con una empresa de economía social que haga posible la socialización de los medios de producción.

De ahí que las naciones-estado con sus sociedades civiles, los pueblos con los pobres y sus movimientos populares, son los sujetos protagonistas de esta misión, de su promoción y gestión de toda esta vida social, política y económica, del mercado y de las autoridades gubernamentales. Y que sirvan así a la ley natural-moral, a la vida y dignidad de la persona, al bien común y a la justicia social, transformando el pecado personal, social y estructural; esas estructuras (sociales e históricas) de pecado con su cultura de la muerte, del descarte y de la globalización de la indiferencia.

Para concluir, como ya indicamos, todo lo expuesto hasta aquí lo han testimoniado ese modelo para la fe e iglesia que es la Virgen María, la Madre de Dios, y los santos que son auténticos pioneros de la misión, de la nueva evangelización y de la DSI. Por ejemplo, un San Francisco de Asís o un San Juan de la Cruz y que, en este año, celebramos sus respectivos aniversarios. Como afirma el Papa León del pobre de Asís: “Fue él, hace ocho siglos, quien provocó un renacimiento evangélico entre los cristianos y en la sociedad de su tiempo. Al joven Francisco, antes rico y arrogante, le impactó encontrarse con la realidad de los marginados. El impulso que provocó no cesa de movilizar el ánimo de los creyentes y de muchos no creyentes, y «ha cambiado la historia». El mismo Concilio Vaticano II, según las palabras de san Pablo VI, se encuentra en este camino: «la antigua historia del buen samaritano ha sido el paradigma de la espiritualidad del Concilio». Estoy convencido de que la opción preferencial por los pobres genera una renovación extraordinaria tanto en la Iglesia como en la sociedad, cuando somos capaces de liberarnos de la autorreferencialidad y conseguimos escuchar su grito” (DT 7).

Agustín Ortega

Nacido en Las Palmas de Gran Canaria, España. Agente de Desarrollo Local (ADL), Animación Sociocultural y Habilidades Sociales. trabajador social, experto en Intervención Social Integral y doctor en la rama de Ciencias Sociales (Dpto. de Psicología y Sociología, Formación del profesorado, ULPGC). Ha cursado asimismo los estudios de licenciatura y posgrado-máster en Filosofía (Magister Universitario Cum Laude, IVCH) y Teología (ISTIC), Experto Universitario en Moral (Ética Filosófica y Teológica) y Derecho (UNED), doctor en Humanidades y Teología (Cum Laude, UM). Profesor e investigador en diversas universidades e instituciones académicas latinoamericanas, pontificias, católicas y seminarios mayores diocesanos. Investigador asociado de la Universidad Anáhuac (México). Es miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía. Autor de numerosas publicaciones, artículos y libros.