18 junio, 2026

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Una razón que ama

En el centenario del nacimiento de Jérôme Lejeune (1926-1994)

Una razón que ama
Jérôme Lejeune

El pasado sábado 13 de junio se cumplió el centenario del nacimiento del profesor Jérôme Lejeune. Una vida ejemplar que comenzó en Montrouge, cerca de París, una población frontera entre la gran capital y el mundo rural donde Jérôme dio sus primeros pasos. Sus padres Pierre y Massa, que eran católicos practicantes y personas conocidas, cultas y respetadas, procuraron una educación cristiana a sus hijos Jérôme y Philippe, primero en la escuela Santa Juana de Arco de Montrouge, y al pasar a primaria, en el prestigioso colegio privado católico Stanislao de París.

Cuando Jérôme tenía 13 años, leyó el Médico Rural, de Honoré Balzac, obra escrita en 1833, cuyo protagonista, el doctor Benassis atendía y curaba por amor a los más pobres y necesitados, lo que sembró su modo de entender la Medicina. Esta lectura marcó su destino como persona dedicada a atender a los demás. En 1944, Jérôme comenzó la carrera de Medicina en la Sorbona de París, y un año después, al término de la segunda guerra mundial, Jérôme, bajo el impulso del médico rural, compaginó sus estudios con la asistencia en hospitales benéficos.

Al término de sus estudios, defendió su tesis doctoral el 15 de junio de 1951 y un año después se incorporó al Centre Nationale de la Recherche Scientifique. En 1956, Jérôme Lejeune asistió a un congreso científico, en el que el citogenetista sueco Albert Levan (1905–1998) comunicó que el ser humano tiene 46 cromosomas, y no 48 como erróneamente se había publicado anteriormente. El descubrimiento de Levan, se había hecho en Zaragoza, en el centro de Aula Dei del C.S.I.C., donde trabajaba el investigador indonesio Joe Him Tjio (1919-2001), y se ratificó en Lund (Suecia) por Tjio y Levan. Más tarde Lejeune hizo una estancia en EE.UU. junto a Tjio, que le permitió conocer nuevas técnicas de observación cromosómica.

El descubrimiento de la trisomía 21 y la consagración científica

Con el beneplácito del Dr. Raymond Turpin (1895-1988), decidió averiguar si la causa del síndrome de Down tenía que ver con la dotación cromosómica, y con la colaboración de la pediatra Marthe Gautier (1925-2022), aplicó y mejoró las técnicas de tinción y observación cromosómica, lo que le permitió visualizar mejor el cariotipo de sus pacientes. Por fin, tras muchos intentos, descubrió en uno de sus pacientes la presencia de tres ejemplares del par cromosómico 21 en lugar de los dos de la dotación normal. Este importante hallazgo fue publicado en una breve nota en coautoría con Gautier y Turpin en enero de 1959, tras ratificar el hallazgo en varios pacientes [1]. Dos meses después ratificaron el hallazgo mediante una nueva publicación basada en el análisis cariotípico de muchos más casos [2]. Impulsado por este gran descubrimiento, Lejeune se dedicó a estudiar las causas de otras patologías y diagnosticó que el síndrome de Cri du Chat, se debe a la pérdida de una región del cromosoma 5, y más adelante, descubrió otras patologías debidas a aberraciones cromosómicas causantes de abortos espontáneos u otro tipo de síndromes. Por estos descubrimientos se considera a Jérôme Lejeune el “padre de la citogenética humana”.

Por sus investigaciones recibió las más altas distinciones que se otorgan en el campo de la genética humana, de la que se considera uno de sus modernos fundadores. Su fama internacional creció, fruto de sus constantes viajes y comunicaciones en diferentes foros académicos. En 1982 fue admitido en la Academia de Ciencias Morales y Políticas y al año siguiente, en la Academia Nacional de Medicina de Francia. En 1962 la Organización Mundial de la Salud le designó experto en Genética Humana y recibió el prestigioso premio Kennedy.

En 1964 fue nombrado director del C.N.R.S. y se le otorgó la Cátedra de Genética Fundamental en la Facultad de Medicina de la Sorbona. Un año después fue nombrado jefe del servicio de Genética del hospital Necker-Enfants Malades de París. Desde su nombramiento compaginó la enseñanza con la investigación y la práctica clínica, convencido de que el hallazgo de la causa de una patología no es más que el primer paso… pero tras ello queda lo más difícil, su curación. Fue también miembro de academias extranjeras, como la de Ciencias de Suecia, la norteamericana de Humanidades y Ciencias (Boston), y la Real Sociedad de Medicina de Londres. Fue un firme candidato al premio Nobel de Medicina, que nunca recibió. A propósito de esto el escritor y periodista José Javier Esparza en su obra “Jérôme Lejeune: amar, luchar, curar”, lo compara con el juicio de Galileo al que condenaron en una villa en Florencia, por su defensa del heliocentrismo. A diferencia de los usos de la inquisición del siglo XVII, los usos del XX eran más sutiles, consistían en el aislamiento. Simplemente le dieron la espalda quienes no querían reconocer que la vida humana comienza cuando se forma el cigoto, que ya es una realidad humana. Le pedían que vendiera su alma y renunciara a considerar al embrión un ser humano en el seno materno [4].

En enero de 1994, San Juan Pablo II le nombró primer presidente de la Academia Pontificia por la Vida, pero dos meses después del nombramiento, el 3 abril de 1994, domingo de Pascua, Jérôme Lejeune falleció en París a causa de un cáncer de pulmón a la edad de 67 años. Dejaba esposa, cinco hijos y 28 nietos.

El paciente por encima de la enfermedad

Al conmemorar este centenario creo que es oportuno destacar sus cualidades como científico, y como médico. Es obligado reconocer en Jérôme Lejeune la curiosidad científica, el interés por conocer las causas de los problemas de salud de sus pequeños pacientes, el modo de afrontar la defensa de sus convicciones científicas, deontológicas y espirituales, y su entrega a su profesión médica, convencido de que en el centro está el respeto a la dignidad humana y el cuidado de la salud de sus pacientes. Mientras aumentaba su investigación y viajaba por el mundo para atender múltiples conferencias, cuidaba a sus pacientes, especialmente a los niños enfermos y se mantenía disponible para sus familias.

Como su hija Clara ha señalado en la biografía dedicada a su padre, una de sus mayores preocupaciones era la de curar a sus pequeños pacientes [5]. Clara dice que su padre era en primer lugar médico, y que basaba su defensa de la vida principalmente en su profesión, no en su fe. Decía de su padre que opinaba que cuando eres médico has jurado el juramento hipocrático de no hacer daño. Lejeune siempre decía que el respeto a la vida no tenía nada que ver con la fe, aunque, por supuesto, está en la fe el respetar la vida. Por eso fue tan impopular por los partidarios del aborto.

Jérôme Lejeune ejerció la Medicina con una gran humanidad.  Es un modelo que debería divulgarse en las Facultades de Medicina, Enfermería y el resto de las instituciones que tienen como misión la salud y el cuidado de los seres humanos más débiles y desasistidos. Desde la perspectiva de quien conoce como nadie la verdad, defendió con ahínco el valor irreductible y la dignidad de cada ser humano desde la fecundación hasta el ocaso natural. En un debate en la Televisión francesa se enfrentó a otros colegas médicos que defendían el aborto de los niños a los que se les detectase el síndrome de Down antes de nacer. Lejeune les decía: «Nosotros somos médicos. Yo no hablo desde un púlpito. Yo hablo de niños de carne y hueso y yo no los quiero matar porque son enfermos». Fiel a sus principios decía con frecuencia que el enemigo del médico es la enfermedad y no el enfermo. En esta línea plena de humanidad se pronunció públicamente en contra de la anticoncepción, la eugenesia, la fecundación in vitro, la clonación, el aborto y la eutanasia, y a favor de la familia, el amor, el consuelo, el cuidado y la vida.

Jean Marie Le Méné, yerno de Jérôme Lejeune, Magistrado del Tribunal de Cuentas del estado francés y Presidente de la Fundación Jérôme Lejeune, en su obra “El Profesor Lejeune. Fundador de la Genética moderna” [6] señala cuatro cualidades del sabio y médico francés. En primer lugar, la “sencillez” en el modo de vivir y atender a las personas, a las que hablaba con respeto y toda la consideración al elevarlas con elegancia a su nivel. En segundo lugar, su “inteligencia”, que quienes le conocieron siempre reconocieron por encima de cualquier discrepancia. En tercer lugar, su “bondad”, que junto a su inteligencia hacían de Jérôme una persona íntegra a la que difícilmente se podía llevar la contraria.  Y finalmente, su extraordinaria “fecundidad” que se ha traducido en un extraordinario legado de conocimientos como científico que investiga, médico que cura y humanista que ama al hombre y reconoce su dignidad.

Lejeune basó siempre la defensa del ser humano en argumentos científicos, antes que en cualquier otra consideración social o religiosa, pero fue un “hombre de fe científica”, como le calificó su amigo el papa San Juan Pablo II.

Aude Dugast, filósofa y postulanta de la causa de canonización de Jérôme Lejeune, subraya la esperanza vivificadora de Jérôme en su doble condición de médico e investigador y señala en su libro “Jérôme Lejeune. Un retrato espiritual [7], que, convencido, como señaló Benedicto XVI de que “el cielo no está vacío… la vida no es el simple producto de las leyes y de la casualidad de la materia”… Jérôme luchaba por sus pacientes. Es el primero en creer que hay esperanza para ellos y se lanza a la búsqueda de un tratamiento cuando otros le abandonan, aún en contracorriente de la comunidad científica y de la sanidad pública que opta por la selección eugenésica. Solo la esperanza cristiana explica el cuidado y la defensa, que muchos de los familiares de sus pacientes le reconocen.

En una entrevista en Madrid a principios de 2016 a su esposa, Birthe Bringsted, Madame Lejeune, recordaba como un padre le confesó a Jérôme que durante años se había avergonzado de su hija que tenía trisomía 21, pero que algo le hizo cambiar su visión: “Este señor le dijo a Jérôme que por mucho tiempo no había aceptado la enfermedad de su hija, que no la quería. Pero que, tras la muerte de su esposa, había sido consciente del grandísimo amor que esta niña regalaba a todos, también a él todos los días, ahora ella es toda mi vida, no sé qué haría sin mi hija, decía el padre”. Mme. Lejeune, añadió que: «la gran mayoría de los padres de niños con síndrome de Down aman enormemente a sus hijos».

Es evidente que el amor a los pequeños enfermos que derrochaba Lejeune, era un amor cristiano, basado en el amor de Dios por todas las criaturas. Al final de la película biográfica producida por la Fundación Jérôme Lejeune [8], se resaltan estas palabras pronunciadas por él en una de sus conferencias: «Los que tenemos esta profesión ¿qué tenemos que hacer para saber qué se debe hacer y qué debe ser rechazado?. Necesitamos una referencia y tal vez una referencia mucho más fuerte que la ley natural… y esta referencia es muy sencilla… la conocéis todos. Mejor dicho, es una frase, pero una frase que lo juzga todo y lo explica todo, que lo contiene todo… y esta frase es: “lo que hagáis al más pequeño de los míos es a mí a quien se lo hacéis”».

Tras lo mucho y bueno que nos ha dejado Jérôme Lejeune, no nos debe quedar ninguna duda de que el mejor argumento, la principal arma intelectual para amar la vida y defenderla como él lo hizo, es la razón. Una razón que ama, y una razón que se basa en la verdad de la ciencia y en la Verdad revelada, ambas perfectamente compatibles.

Nicolás Jouve . Catedrático Emérito de Genética de la Universidad de Alcalá . Miembro del Observatorio de Bioética . Universidad Católica de Valencia

***

[1] J. Lejeune, M. Gautier, R. Turpin. “Les chromosomes humains en culture de tissus”. Comptes Rendus de l’Académie des Sciences 248, 1959, pp. 602–603.
[2] J. Lejeune J, J. Lafourcade, R. Berger, J. Vialatte, M. Boeswillwald, P. Seringe, R. Turpin R. “Trois cas de délétion partielle du bras court d’un chromosome 5“. CR Acad Sci (D) 257, 1963, pp. 3098–3102.
[3] J. Lejeune, R. Berger, J. Lafourcade, M.O. Rethore. “La délétion partielle du bras long du chromosome 18. Individualisation d’un nouvel état morbide”. Ann, Génét. 9, 1963, pp.32–38.
[4] J.J. Esparza. « Jérôme Lejeune : amar, luchar, curar. La fascinante vida del descubiridor del origen del síndrome de Down”. Libros Libres. Madrid, 2019.
[5] C. Lejeune, La vie est un bonheur, Jérôme Lejeune, mon père (Critérion, Paris, 1997) (Dr. Lejeune. El amor a la vida. (Ediciones Palabra. Madrid, 1999.)
[6] J.M. Le Méné. El Profesor Lejeune. Fundador de la Genética Moderna. Ed. Marova, Madrid, 2023.
[7] A. Dugast. Jérôme Lejeune. Un retrato espiritual. Ediciones Palabra, Madrid.  2022.
[8] Fundación J. Lejeune. Jérôme Lejeune: A los más pequeños de los míos. Película biográfica. 2017.

Observatorio de Bioética UCV

El Observatorio de Bioética se encuentra dentro del Instituto Ciencias de la vida de la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” . En el trasfondo de sus publicaciones, se defiende la vida humana desde la fecundación a la muerte natural y la dignidad de la persona, teniendo como objetivo aunar esfuerzos para difundir la cultura de la vida como la define la Evangelium Vitae.