18 marzo, 2026

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Una monja rebelde que escapó por amor: la historia de Madre Olga María del Redentor

De fugarse a los 18 años para entrar en el convento a fundar un nuevo carisma: el testimonio radical de una carmelita samaritana que descubrió que Jesús tiene corazón y no decepciona nunca

Una monja rebelde que escapó por amor: la historia de Madre Olga María del Redentor

Bilbao, finales de los años 80. Una joven de 18 años, estudiante de conservatorio, apasionada por la música, la natación y la vida social, decide un día cortar con todo. Sin avisar a su familia, sin dinero ni permiso, Olga María del Redentor toma un tren y se marcha al convento. “Me piro por lo criminal”, cuenta ella misma con humor en una reciente entrevista en el podcast Rebeldes, conducido por los sacerdotes Ignacio Amorós y Pablo López. Aquella decisión no fue capricho adolescente, sino respuesta a una certeza absoluta en el corazón: Jesucristo la llamaba.

Nacida en Baracaldo (Vizcaya) en 1970, Olga creció en una familia católica no practicante, pero con raíces de fe. Su padre, un hombre profundamente bueno y trabajador, había sufrido una experiencia negativa en la adolescencia que lo alejó de la Iglesia, aunque nunca dejó de ser un ejemplo de virtud humana. Su madre rezaba con ella por las noches y la llevó a colegios religiosos. Fue allí, ante un crucifijo en Loyola durante una excursión parroquial, donde la niña sintió por primera vez que “Dios existe y es bueno”. Aquella mirada del Crucificado le marcó para siempre.

A los 14-15 años llegó el conflicto interior: un corazón apasionado, afectivo en extremo, que ardía por dentro y no encontraba dónde canalizarse. Películas románticas como Love Story le hicieron ver claro: “Necesitaba un amor que no se acabara”. Una religiosa del colegio, sor Margarita, le ayudó a descubrir que ese amor existía y tenía nombre: Jesús. Poco a poco, entre oración, capilla y discernimiento, entendió que su vocación era la entrega total en la vida contemplativa. A los 16 años, en Ávila, tuvo la claridad: sería carmelita descalza.

Pero la familia se opuso con todas sus fuerzas. Negociaciones, sobornos, lágrimas. Su padre, su gran referente, le rogó de rodillas que no se fuera. “Solo por Dios soy capaz de hacer sufrir así a mi padre”, recuerda. Dos años de discusiones intensas, de llanto casi diario. Al cumplir 18 años, al día siguiente, se escapó. Llamó por teléfono para tranquilizar a sus padres y entró en el Carmelo de Valladolid. “Nunca me he arrepentido”, afirma tajante.

La vida en clausura fue un cambio brutal: de niña de casa acomodada a cuidar 400 gallinas, de conservatorio a silencio y austeridad. Horario riguroso: levantarse a las 6:30, oración mental, misa, trabajo silencioso, recreo conversable —como enseñaba Santa Teresa: “Cuanto más santas, más conversables”—, lectura espiritual y cama tras completas. “Fui feliz desde el minuto cero”, asegura, aunque no faltaron nostalgias ni momentos duros.

Tras 17 años como carmelita descalza, en 2001, víspera del Corpus Christi, ante el Santísimo expuesto, vivió el momento que transformó todo: comprendió con todo su ser que Jesucristo está vivo y tiene corazón humano. “Jesús siente, se ríe conmigo, llora conmigo, se ilusiona cuando voy a comulgar y sufre cuando lo ignoro”. Aquella gracia eficaz la volcó en la espiritualidad del Sagrado Corazón. De ahí surgió la llamada a “gritarlo al mundo”: fundar, junto con su comunidad, las Carmelitas Samaritanas del Corazón de Jesús, un instituto de vida activa contemplativa, inspirado en el encuentro de Jesús con la samaritana (Jn 4). Hoy tienen presencia en Valladolid, Toledo, Segovia, Eibar y Uruguay.

El testimonio más desgarrador de la entrevista fue el suicidio de su hermano Iván, víctima de una depresión endógena grave. “Me dolía hasta respirar”, confiesa. En la capilla, entre lágrimas, repitió las palabras de Marta: “Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Sintió en su interior: “¿Y quién te ha dicho que yo no estaba ahí?”. Desde entonces, la certeza de que “nadie muere solo” —Jesús está en ese último instante— le da paz. “Mi hermano está con el Señor”.

Madre Olga habla también del miedo, esa tentación que paraliza: “El antídoto no es la valentía, es la confianza”. Recurre al episodio de Jesús en la barca: “¿Por qué tenéis miedo? ¿No tenéis fe?”. Y al niño en el avión turbulento: “No tengo miedo, mi papá es el piloto”.

A una chica joven en la universidad le diría: “No te conformes con nada que sea menos que Dios”. A su yo adolescente: “Ten paciencia, deja actuar a Dios”. Su devoción mayor: Santa Teresa de Jesús, su “madre”, y el Corazón de Jesús, que “no decepciona nunca”.

Hoy, esta “monja rebelde” grita desde redes y podcasts que la vida consagrada no quita, sino que da todo: amor eterno, plenitud y esperanza. Porque, como repite, “Dios te quiere y te quiere feliz”.

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