26 octubre, 2026

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Un viaje desde el Evangelio hacia la realidad de América Latina

De Aparecida a las periferias: el viaje del Papa León XIV y el desafío de transformar América Latina

Un viaje desde el Evangelio hacia la realidad de América Latina

El anuncio de un próximo viaje pastoral del Papa León XIV a tres países latinoamericanos: Uruguay, Argentina y Perú, entre el 8 y el 17 de noviembre próximo, sujeto a la evolución médica por las últimas noticias sobre la salud del Papa, nos brinda la oportunidad y el contexto para reflexionar sobre: la actual realidad social y eclesial de América Latina, la importancia que este viaje apostólico tiene para el mundo, para el continente latinoamericano y, en particular, para los tres países contemplados en la agenda; la misión de la Iglesia y su tarea evangelizadora en Latinoamérica, especialmente desde la Doctrina Social de la Iglesia; sobre el ejercicio – especialmente – político y gubernamental – por parte de los líderes latinoamericanos y,  además, sobre la proyección social que la fe de cada discípulo ha de tener en la vida, en la transformación, en el desarrollo y progreso de las sociedades latinoamericanas.

Para revisar la situación actual de América Latina y de la Iglesia Católica que peregrina en ella, recurro al análisis que, de ambas realidades, hicieron los obispos latinoamericanos en la última de las cinco conferencias generales (CELAM), reunida en Aparecida – Brasil, del 13 al 31 de mayo de 2007.

En la Primera Parte del Documento oficial: «LA VIDA DE NUESTROS PUEBLOS HOY», los obispos ofrecen una mirada – desde la fe y a la luz del Evangelio – pastoral, teológica y crítica sobre las luces y sombras de la región. Los obispos nos recuerdan que estamos viviendo un cambio de época, de alcance global, que afecta todas las áreas del acontecer social: la cultura, la economía, la política, la academia, etc. Cambio de época determinado por aspectos tales como: la concentración del capital que supera a los Estados nacionales, la “globalización” reducida a lo económico, que mercantiliza la vida humana y la naturaleza y por la que se expanden la cultura del consumo, el individualismo y el hedonismo. (Cfr. Aparecida 33, 34, 43–45).

Respecto de la realidad socio-económica en América Latina, uno de los aportes más sobresalientes de Aparecida, respecto a conferencias anteriores, es la distinción entre explotación y exclusión: Ya no se trata de campesinos u obreros explotados, sino de personas que son directamente excluidas o desechadas (“descartadas”) del sistema productivo. (65, 70, 73, 407–430)

Dos realidades nuevas y apremiantes, analizadas por los pastores latinoamericanos en Aparecida son: el fenómeno urbano y los desafíos del medio ambiente, sobre lo que, proféticamente, alzan su voz para decir que en las grandes ciudades convergen nuevos modos de lenguaje, estilos de vida, pero también anonimato, soledad y marginación periférica. Y, además, que la destrucción del medio ambiente, la deforestación irresponsable, la contaminación del agua y la explotación desmedida de la biodiversidad, nos amenazan a todos, especialmente a comunidades campesinas e indígenas.

Pero, el episcopado latinoamericano aborda también, con sentido autocrítico, la situación interna de la Iglesia católica en la región, marcada, especialmente por esta paradoja: un continente de bautizados, pero con debilidades críticas en la vivencia y madurez de la fe cristiana, por ausencia en la vida personal y comunitaria de los criterios del Evangelio y de sus exigencias.

Además, constatan, debilidad en la identidad católica y desafección religiosa que se manifiesta, especialmente, en la pérdida constante de fieles que migran hacia sectas, movimientos pseudo-religiosos o que caen en la indiferencia religiosa y el secularismo práctico. Muchos de los fieles que abandonan la Iglesia católica lo hacen buscando comunidades más acogedoras, un estudio más directo de la Biblia y una atención pastoral más personalizada que la estructura parroquial tradicional no contempla.

Sin embargo, siempre tendremos que volver a criterios de Jesús en su evangelio, contrarios a los criterios del mundo, según los cuales la soberanía de Dios va sucediendo en lo pequeño y en los pequeños, no en la cantidad sino en la calidad, como en la levadura o como en el granito de mostaza.

No menos grave es el fenómeno de los “católicos de nombre”, ya que gran parte de los bautizados no participa en la vida sacramental ni conoce los contenidos fundamentales de la doctrina cristiana, lo que debilita el tejido eclesial. (112, 134, 225, 285).

El rápido avance de grupos evangélicos pentecostales y otras expresiones religiosas es analizado por los obispos como una llamada de atención directa a las estructuras pastorales de la Iglesia católica en Latinoamérica. (135–138, 226).

Una fuerte autocrítica merecen, en Aparecida, los temas del clericalismo y de la rigidez de las estructuras pastorales con métodos pastorales obsoletos ante los cambios culturales en esta transición de la modernidad a la postmodernidad. (165, 174, 365–372).

En respuesta a este doloroso análisis, los obispos exhortan a una urgente “conversión pastoral” y a la vida cristiana como un discipulado misionero. (365–370, 547). Pero frente a las carencias y debilidades institucionales católicas, Aparecida reconoce en la piedad popular un «precioso tesoro» y un bastión de la fe. (258–265, 276).

Y frente a la dura realidad social latinoamericana, los obispos subrayan la resiliencia social que hace que, pese a la inequidad y a las injusticias sociales, la capacidad de solidaridad, la calidez comunitaria, la defensa de la vida y de la familia, y la búsqueda de sentido espiritual continúen siendo la reserva moral de la región. (100, 258–265).

Todo esto dicho de la realidad Latinoamérica y de la Iglesia católica en ella, es muy bien conocido y sentido por “el Papa de las dos Américas”. Nacido en Chicago Illinois, Estados Unidos, Robert Francis Prevost vivió – en varios momentos, entre 1985 y 2015 – una extensa experiencia pastoral en Perú, primero como misionero agustino y, finalmente, como obispo de Chiclayo. Esta etapa de la vida del Papa León XIV, tiene hoy una especial relevancia para la Iglesia latinoamericana en particular y para la Iglesia universal, en distintos aspectos.

En primer lugar, el actual Papa, aunque originario de la iglesia católica norteamericana, es reconocido como un pastor con corazón latinoamericano; como un pastor que conoce bien y de primera mano, la cultura, la mentalidad, la sociedad, los desafíos, las luchas, los anhelos y la religiosidad del pueblo latinoamericano.

Todo lo cual garantiza que los problemas y las prioridades latinoamericanas estén presentes en el corazón del Papa y en el quehacer y decisiones de la Iglesia que se abre y va en busca de las periferias geográficas y teológicas, en continuidad con los afanes pastorales del anterior primer Papa jesuita, argentino y latinoamericano: Francisco.

Como Francisco, el Papa León XIV, es conocido por haber promovido durante su ministerio sacerdotal en el Perú, una imagen de Iglesia cercana y dialogante, una Iglesia que escucha desde las bases y que promueve una visión centrada en Cristo, pero descentralizada en sus estructuras de gobierno, para hacer posible la sinodalidad.

Y también, como su antecesor, el Papa León XIV, marcado por su experiencia peruana y latinoamericana, aboga por la sensibilidad social frente a la pobreza y a la inequidad e injusticia social, la urgencia por defender “la casa común” y la urgencia de ser y hacer una Iglesia-hospital de campaña, comprometida con la defensa de los más vulnerables de la sociedad y de los derechos humanos.

Entonces, el origen norteamericano del Papa León XIV y los años vividos en Perú lo posicionan como un puente de encuentro y diálogo entre el norte y el sur del continente americano, pero, también, entre el norte y el sur del planeta.

El anunciado viaje apostólico del Papa León XIV tiene especial importancia a nivel social, eclesial, pastoral y geopolítico tanto para las naciones receptoras como para toda la región.

Para URUGUAY, se trata de la primera visita pontificia a este país, desde la presidida por san Juan Pablo II en 1988, que tiene como principal desafío el de un diálogo plural entre la fe cristiana, la cultura, la educación y toda la secularizada sociedad civil uruguaya y el acercamiento a sectores vulnerables como el programado al barrio de Casavalle, en Montevideo.

En ARGENTINA, la figura del Papa puede servir como símbolo de unidad, de diálogo, reconciliación y cohesión social en un contexto social y político complejo y polarizado. Además, las visitas pastorales a comunidades vulnerables, centros de atención y santuarios marianos (como Luján) confirmarán el debido acompañamiento de la Iglesia a las realidades cotidianas del pueblo argentino y a las periferias urbanas de América Latina.

En PERÚ, la inclusión en el viaje de regiones como Pucallpa, destaca la importancia central de la Amazonía en el pontificado, vinculando los desafíos medioambientales, la protección de los pueblos originarios y la ecología integral. Los encuentros previstos en Lima y el Cusco, por su parte, buscan proyectar un mensaje hacia la juventud y el reconocimiento de la piedad popular y la diversidad cultural andina.

Para AMÉRICA LATINA, en su conjunto, el viaje de León XIV representa un fortalecimiento a la defensa del medio ambiente, especialmente de las poblaciones amazónicas y rurales, una voz profética contra las desigualdades sociales y la renovación del llamado a la fraternidad entre hombres y pueblos de la región contenido en la Encíclica “Fratelli Tutti” del Papa Francisco.

Eclesialmente hablando, el viaje renueva el llamamiento a construir una “Iglesia en salida”, que escucha los clamores de hombres y pueblos y confirma el papel activo de la Iglesia latinoamericana en la construcción de la sinodalidad. Pero, además, los posibles encuentros del Papa con representantes civiles, académicos y líderes de distintas denominaciones religiosas manifiestan la vocación del Papa y de toda la Iglesia universal como constructores de paz en el mundo.

Reflexión aparte merece el tema de la realidad política en América Latina, la fragilidad de las instituciones, la corrupción e impunidad, la desconfianza y la consiguiente crisis de representatividad democrática, las nuevas formas de populismos y de polarizaciones (Cfr. Aparecida 74-79) y – especialmente – la necesidad urgente de la formación de líderes sociales que entiendan la política como el ejercicio de todo ciudadano por la búsqueda del bien común y no como el ejercicio en cargos gubernamentales para el beneficio propio y el enriquecimiento ilícito.

Como Director de la Academia de Líderes Católicos, constato la urgente necesidad de formación en la fe de todos los miembros de la Iglesia. Formación que ha de servir, al mismo tiempo, para instruir en la necesidad de que la fe cristiana y los principios, valores y lógica de la Buena Nueva, que es Jesucristo, iluminen e impregnen nuestras realidades temporales y sociales, nuestra convivencia y todas nuestra estructuras e instituciones sociales.

Todo esto es contrario a confundir la soberanía de Dios que los discípulos de Jesucristo debemos construir, con los gobiernos de este mundo. Porque el reinado de Dios no coincide y no debe coincidir con los reinados del mundo. Y contrario y contradictorio, también, con una vida “cristiana” manifestada solamente en ritos y devociones, pero divorciada – puertas afuera de los templos – de las realidades sociales y cotidianas.

América Latina es un continente mayoritariamente habitado por hombres y mujeres que se dicen católicos, por lo que la mayoría de los líderes civiles, políticos y gubernamentales, en las distintas ramas del poder civil, son hombres y mujeres “católicos”, llamados a impregnar el ejercicio de su vida personal y también profesional de los criterios del Evangelio, especialmente desde la Doctrina Social de la Iglesia.

En el contexto de la realidad actual de América Latina, marcada por todos los aspectos sociales y eclesiales aquí considerados (desigualdad e inequidad social, formas de injusticia, violencia y muerte, vulnerabilidad ambiental, polarización política y múltiples desafíos en la construcción del tejido social e institucional) la Doctrina Social de la Iglesia  contempla temas para que la tarea evangelizadora de la Iglesia en el mundo y, concretamente, en América Latina, tenga un impacto transformador, tales como:

  • La opción preferencial por los pobres y vulnerables, para la promoción humana (no para el asistencialismo), en una de las regiones más desiguales del planeta, con pobreza estructural, trabajo informal y la exclusión social que afectan a millones de personas.
  • La dignidad de la persona humana y la cultura de la paz, porque la defensa incondicional de la vida y la inviolabilidad de la persona constituyen el fundamento de todo el edificio social de la Iglesia.
  • La ecología integral y “el cuidado de la casa común” por la justicia social, ya que América Latina posee la mayor biodiversidad del planeta (la Amazonía, los Andes, grandes cuencas hídricas), pero sufre la explotación indiscriminada de recursos, la contaminación y los efectos severos del cambio climático sobre las poblaciones más vulnerables y los pueblos originarios.
  • El trabajo humano y la justa economía, entendiendo que la economía debe estar al servicio de la persona y del bien común, no al revés.
  • La búsqueda del bien común, la solidaridad y “la amistad social”, como manifestaciones concretas de la fraternidad humana que nace del reconocimiento de sabernos todos hijos del mismo Dios, Creador y Padre.
  • La realidad migratoria y el acompañamiento a los desplazados, poniendo en práctica cuatro verbos propuestos por la pastoral migratoria de la Iglesia: acoger, proteger, promover e integrar.

Resumiendo todo lo anterior, termino con palabras del querido Papa Pablo Vi, de feliz memoria “Lo que importa es evangelizar —no de una manera decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces— la cultura y las culturas del hombre en el sentido rico y amplio… tomando siempre como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios.” (EN 20).

Por: Mario J. Paredes . Presidente de la Academia Internacional de Líderes Católicos

Academia de Líderes Católicos

Es una fundación de derecho privado sin fines de lucro que busca formar católicos que a partir de la experiencia cristiana desarrollen su vocación política con la ayuda de la Doctrina Social de la Iglesia. La Academia Latinoamericana de Líderes Católicos tiene como misión, formar líderes desde una perspectiva católica, arraigados en la fe de la Iglesia, para transformar el mundo social, político y económico a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia. Formar una nueva generación de católicos latinoamericanos con responsabilidades políticas y sociales para que transformen el rostro del continente al servicio de sus pueblos, a la luz del Magisterio de la Iglesia y de cara a los Jubileos del V Centenario Guadalupano y de los dos mil años de la redención.