16 abril, 2026

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Tú no te cansas de mí

Misericordia sin medida, Amor sin fatiga

Tú no te cansas de mí

Padre eterno, que no te cansas,

que sostienes con mano firme

lo que mi mano rompe;

Tú, que no mides mi valor por mis obras

—tan pobres, tan mezcladas—

sino por el peso infinito de tu Amor,

ese Amor que pronuncia mi nombre

antes de que yo sepa pronunciar el tuyo.

 

Yo valgo porque me miras,

porque tu corazón me quiso

cuando aún no sabía volver.

Si caigo, no eres juez que disfruta mi ruina:

eres Padre que sale al camino,

con los brazos abiertos y la casa encendida,

y una mesa preparada

para el hijo que vuelve sin méritos,

pero con hambre de perdón.

 

Cristo Jesús, Verbo hecho carne,

Redentor de los que no saben salvarse:

te contemplo en la Cruz,

no como derrota, sino como trono.

Tus manos clavadas no retienen rencor:

retienen al mundo.

Tu costado abierto no acusa:

derrama.

Hasta el último instante entregas,

hasta la última gota pronuncias misericordia;

y tu “tengo sed” atraviesa mi tibieza

para enseñarme que tu sed es mi vida,

que tu sed es mi regreso,

que tu sed es mi salvación.

 

No me condenas: me llamas.

No me empujas al abismo: me levantas.

No me cierras puertas: las abres por dentro,

con esa paciencia soberana

que sólo tiene el Amor verdadero.

Tu gracia no es premio: es medicina.

Tu perdón no es olvido barato:

es creación nueva.

 

Y en el silencio de los días,

cuando todo parece rutina,

estás en el Sagrario:

no como recuerdo, sino Presencia;

no como símbolo, sino Fuego humilde;

no como idea, sino Pan vivo.

¡Eucaristía!

Corazón escondido de la Iglesia,

latido de Dios en la tierra,

cielo plegado en un pedazo de pan.

Ahí esperas, paciente,

como quien sabe que el amor se mendiga,

pero nunca se impone.

Esperas mis pasos torpes,

mis regresos repetidos,

mis promesas a medio hacer,

y aun así, al abrir la puerta,

me das más de lo que merezco:

te das a Ti.

 

Dices mi nombre sin cansancio,

y ese nombre —mi nombre—

suena distinto en tu boca:

suena a vocación,

a dignidad rescatada,

a hijo amado.

Me elevas conforme a tu Espíritu:

me enseñas a mirar como Tú miras,

a perdonar como Tú perdonas,

a amar no por cálculo,

sino por desbordamiento.

 

Y cuando la noche se cierne,

cuando el pecado pesa

y la esperanza parece lejana,

aparece Ella:

María, Madre, Aurora sin sombra,

Puerta ancha hacia Jesucristo,

camino seguro que conduce al Cielo.

No se queda con la luz: la señala.

No atrae para sí: me entrega al Hijo.

 

Oh Virgen fiel,

sí pronunciado en cada hora,

obediencia sin miedo,

humildad sin servilismo,

fortaleza sin ruido;

corona de todas las virtudes,

espejo limpio donde Dios se refleja

sin distorsión de orgullo.

Mediadora de las gracias,

no por competir con el Salvador,

sino por abrazar su voluntad

con entrañas de Madre:

tú recibes lo que viene de Él

y lo repartes como quien ama,

como quien sabe

que la gracia se ofrece mejor

cuando se ofrece con ternura.

 

Llévame de la mano, María:

si me pierdo en mis razonamientos,

enséñame lo simple:

volver.

Si me quedo mirando mis fallos,

recuérdame lo esencial:

su Misericordia.

Si me paraliza el miedo,

muéstrame el Sagrario

como un hogar donde siempre hay sitio.

Si me tienta la soberbia,

hazme pequeño;

si me hiere la tristeza,

hazme confiado;

si me duerme la costumbre,

hazme adorador.

 

Y a vosotros, santos del Señor,

amigos de lo alto,

testigos de que la gracia transforma,

y a ti, ángel custodio,

compañero silencioso de mis combates,

guardad mi corazón en la ruta:

que no negocie con el pecado,

que no se acostumbre a estar lejos,

que no se conforme con sobrevivir

cuando está llamado a la Vida.

 

Padre, Hijo y Espíritu Santo:

Dios que no falla,

Dios que sostiene,

Dios que espera sin humillar,

Dios que perdona sin cansancio,

Dios que ama primero.

Haz de mi alma una respuesta,

no perfecta, pero sincera:

un “aquí estoy” cotidiano,

un regreso constante,

una adoración sin teatro.

 

Porque mi salvación no nace de mi fuerza,

sino de tu Amor que me precede.

Y si hoy vuelvo —otra vez—

no es porque yo sea grande,

sino porque Tú eres bueno

y María me conduce

por el camino seguro

hasta tu Corazón abierto.

Diego Blázquez Bernaldo de Quirós

Fundador y director estratégico de CUSTODEC S.L., abogado especializado en liderazgo estratégico, fundraising, comunicación y sostenibilidad institucional. Con más de 20 años de experiencia asesorando a congregaciones religiosas en los cinco continentes, diseña e implementa planes estratégicos, programas de formación y campañas de recaudación de fondos para el sostenimiento de la vida consagrada. Experto en gobernanza eclesial, gestión patrimonial, cumplimiento normativo y transformación digital en contextos multiculturales.