17 mayo, 2026

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Sanar el alma del sanador: cómo vencer el distrés desde la libertad interior

Consideraciones creativas y curativas ante el distrés en los profesionales de ciencias de la salud

Sanar el alma del sanador: cómo vencer el distrés desde la libertad interior

La realidad del distress en el personal sanitario no siempre se resuelve adecuadamente. Se sugiere profundizar en quien es la persona y se abre un campo de reflexión en esta línea. Se trata de un breve artículo que puede facilitar nuevas prácticas orientativas para disminuir en el profesional las situaciones de ansiedad que actualmente suele provocar tanto el trato con los enfermos, como la acumulación de tareas.

Introducción. Situando este trabajo

Brevemente deseo comenzar este trabajo señalando lo que todos consideramos saber y soportar; deseo hacerlo con respeto, porque la constante extensión del distrés en los profesionales de ciencias de la salud[1] no disminuye su importancia, y porque la claridad de juicio es una compañera inseparable para que toda actuación sea lo más certera posible ante cualquier situación, particularmente en las dolorosas. Afirmo, sin temor a errar, que todo profesional del ámbito sanitario, desde el considerado con una mínima cualificación en su trabajo hasta el más puntero, dispone en su corazón de una dimensión, diría que sobreañadida y profunda, de beneficencia gratuita[2], de un afán primario y primero por curar, cuidar y consolar a todo paciente. Beneficencia que en estos tiempos puede estar empañada o desdibujada, pero, como yo defiendo, siempre arraigada. Y es el momento de desempolvarla para ser más libres, más felices, y vencer o casi vencer el distrés.

Esta dimensión, digamos benéfica, de alta dignidad existencial moral, es la que se quiebra cuando a la persona le invade, en mayor o menor medida, una tensión que le fractura en lo más íntimo de su status, no tanto el profesional, que lo es, como el personal. Y desgraciadamente se incapacita, en parte o en todo, para tomar decisiones, para compartir dudas y discutir que es lo mejor para el paciente; estos obstáculos que quizás sus compañeros ven como un montículo más o menos elevado, para él es la punta de un iceberg, no solo grande o grandioso, sino pesado e inamovible: existe el distrés. En realidad, hay un desbordamiento negativo y peligroso de lo que se es, -no tanto de lo que se tiene, aunque no sea considerado así- y que afecta o puede afectar a una o a más de las dimensiones que conocemos en cada persona: física, sicológica, espiritual, social, etc. entonces es complejo y difícil discernir, al menos, el grado de intensidad del malestar; se entremezclan elementos no invitados voluntariamente: inseguridad, confusión, ansiedad, preocupación.

“Hemos querido entender la vida como sinónimo de plenitud física y mental, olvidando que la enfermedad forma parte consustancial de la vida y que la muerte es inherente a la propia existencia (…). Entender la existencia como un proceso dinámico de expectativas y proyectos, éxitos y fracasos, de deficiencias y cualidades, puede hacer más aceptable el afrontamiento de la enfermedad, etc. (…) Se precisa la necesidad de formar a los profesionales sanitarios, y a la sociedad misma, para enfrentarse a los propios límites de la naturaleza humana (…)[3]. Por lo tanto reconocer las limitaciones, principalmente para aprender a afrontarlas.

Lógicamente se van buscando remedios para evitarla o al menos disminuirla. Remedios que, por ahora, abarcan un arco muy amplio y quizás no tan eficaz como convendría, al menos en profundidad. He leído en fuentes diversas distintos modos de afrontar el distrés; desde que se aconseja beber té verde, hasta esfuerzos sicológicos a nivel personal, ayuda por el especialista pertinente, insistencia en buscar las causas de la situación, distanciamiento del asunto que preocupa, ampararse más en la familia y seres queridos[4]. Todo puede ser aceptable y conveniente, pero quizás bastante incompleto, pues lo que se es permanece inalterable, aún perdiendo tanto de lo que se tiene. Es en ese ser en lo que sugiero insistir[5].

 No sé hasta qué punto mi trabajo puede considerarse original, puesto que avalo el proyecto que trabajo con profesionales de la Antropología y de la Bioética que defienden esta línea. Considero que hay trabajos que son originales por su novedad; hay otros que lo son por insistir de diferentes modos en realidades perennes, en las que los matices deben enriquecer esa realidad, pero no ocultarla. De ahí que añada opiniones certeras y contrastadas que facilitan la comprensión y la práctica de este trabajo. Ciertamente hay citas de hace años, pero es que son totalmente valiosas porque son casi inalterables; como también las hay de investigaciones recientes.

Deseo apuntar en la persona a algo más alto, más profundo y sobre todo más real. Como ya señaló Sócrates “una vida sin explorar no merece ser vivida”[6]. Y por ahí va mi aportación. El gran desarrollo científico, empírico y tecnológico de nuestros días no corre acorde con el estudio de quiénes somos y se da la paradoja de saber mucho, muchísimo de algo y desconocer mucho, muchísimo de lo importante: quiénes somos y a qué estamos llamados.

Desde siempre, si se puede hablar así, he defendido que la Bioética no puede ni debe hacerse exclusivamente con datos; su línea argumental o es la persona o no es nada. Algo curioso, dada la espléndidas posibilidades que nos rodean de adelantos de todo tipo. Aprendí del eminente profesor López Quintás que “nuestra época muestra una proclividad especial hacia lo ambiguo despreciándose el análisis .de las virtualidades decisivas para la existencia humana. Por ello, se trata de adensar desde distintas percepciones, el significado nuclear de los aspectos de la vida humana que están trastocados y van provocando demasiadas rupturas y desajustes en las conductas”[7]. No es algo nuevo esta pérdida de significado y de sentido; ya lo reconocía en El principito Saint-Exúpery, cuando comentaba que un gran misterio del hombre es perder lo esencial e ignorar que lo ha perdido[8].

Tampoco resulta vano repetir aquí la opinión de uno de mis colegas para defender a la persona tanto como ser vulnerable, como cuando en el desarrollo quizás excesivo de trabajo y de las tensiones que conlleva, se incida negativamente en lo principal de su existir. Para el Dr. Ferrer la protección de la dignidad es el principio rector de la Bioética “Sin el principio fundador de la dignidad humana, sería arduo encontrar una fuete para los derechos de la persona e imposible llegar a un juicio ético sobre las conquistas de la ciencia que intervienen directamente en la vida humana. Es necesario repetir con firmeza que no existir una comprensión de la dignidad humana ligada solo a elementos externos como el progreso de la ciencia, la gradualidad de la formación de la vida humana o el pietismo fácil ante situaciones límites. Cuando se invoca el respeto por la dignidad de la persona -dignidad que posee intrínsecamente desde su primer instante de vida su fin natural- es fundamental que éste sea pleno, total y sin condicionantes, excepto los de reconocer –si se quiere buscar un condicionante- el encontrarse siempre ante una vida humana”[9].

Ínsito, no una sino muchas veces, que se impone recobrar en la sociedad un modo respetuoso y delicado de cuidar la vida y nos falta encontrar soluciones más asentadas, más amplias que estén de acorde con la dignidad y que por ello no se generen importantes y nuevos conflictos, como ahora, al menos en Europa lo es el distrés otros problemas. “Es frecuente que la docencia de la Bioética se base en el aprendizaje de los principios básicos de autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia, ampliamente usados. De cara al tema que nos ocupa, algunos autores señalan como el profesional biosanitario puede carecer de formación humanística, y por ello se acoge incluso a prontuarios sencillos, que le proporcionan pistas orientadores para su actuación profesional. No siempre expresan la realidad que aparece, incluso ésta queda cubierta por un cierto formalismo[10].

Una invitación a vivir en libertad

Para desarrollar brevemente esta, diríamos, evidencia, que es una evidencia desconocida, me siento deudora de un joven teólogo, Martín Luque, y de un potente filósofo, Leonardo Polo.

Martín Luque es argentino, Licenciado en Medicina y en Teología. Uno de sus temas de estudio es el desafío posible de la madurez psicológica y espiritual. Para ello emplea un método simbólico que expongo brevemente a continuación[11].

Dice así, una persona madura es alguien que más o menos está situada y que se entiende consigo misma. Podemos señalar estas características como un vector dirigido hacia dentro de la persona. A su vez, la persona cuenta con otro vector que está dirigido hacia afuera que tiene una riqueza personal mágica. Es personal, irrepetible y creativa, porque abarca todo lo que le rodea: trabajo, familia, amigos (personalmente yo añado dos campos más: costumbres y creencias). La madurez, dirá Luque, es funcionar con ambos vectores: el vector de conocerse y el vector de darse. Aunque, es bueno saberlo, nunca están resueltos del todo. Conocerse como persona es no ser una sorpresa para uno mismo: virtudes, traumas, fallos…que son, que deben ser un potencial solucionador para reencontrar el silencio interior suficiente y pacífico, y así conectar con el otro vector. Ese equilibrio dinámico hace que la persona responda gestionando tensiones, jerarquizando la vida; el vector hacia afuera tiene mucho que decirle al otro, porque aclara que soy, que somos, un ser de relaciones y por tanto con necesidad y con suerte de poder tratar a gente a quien querer, con gente que me necesita. El conocimiento y la relación de ambos vectores aumentan no solo la creatividad personal, sino lo más importante de la persona, la transcendencia. Redescubrirse como seres abiertos. Libres por dentro y muy comprometidos y agradecidos por fuera.

Paso a mi segundo maestro, Leonardo Polo (1926-2013); que ha sido llamado el Aristóteles del siglo XXI[12]. La profundidad y novedad de su pensamiento muestra, entre otros campos, quién es el hombre superando con su descripción y aprovechando a su vez, las aportaciones de los grandes filósofos de todos los tiempos; desde Aristóteles a Santo Tomás, Kant, Hegel etc. Ha creado la que denomina Antropología Transcendental[13]; su producción, en la que van trabajando sus discípulos, supera los 40 tomos con temas de gran calado. De sus libros más sencillos es el que titula “Quién es el hombre”[14], al que describe como “un espíritu en el tiempo”. Ahí es donde me detengo, ya que la comprensión de esta descripción arroja una fuerte luz sobre la situación presente de la persona en el mundo. Su método consiste en el abandono del límite mental, -en el que ahora no voy a entrar-; supone una arquitectura filosófica no elaborada de intuiciones aisladas y brillantes, sino verdades curiosamente ocultas y que aclaran e iluminan, cómo nuestra condición temporal, la cual se va realizando plenamente sólo si se hace desde lo que realmente somos: intimidad, libertad y corazón. Es revolucionario; así es la verdad que tanto amó. Polo nos avisa que no es suficiente, ni real, creer que somos cuerpo y alma. No; la persona es estrictamente espíritu, un espíritu que coexiste libremente, que busca réplica, con capacidad de donarse y de conocer; y todo ello, nos enseña, se va expresando en sus teneres; un cuerpo y una esencia en la que está su voluntad, su inteligencia y su yo. Permitidme una explicación pedagógica, en la que puede parecer que quizás hay cierta falta de rigor pero no es así, al contrario, es conveniente para estas reflexiones. Podemos afirmar que Polo sostiene que somos una vida personal en la que se asienta una vida añadida -la que cultivamos con nuestra inteligencia y nuestra voluntad-, y una vida recibida, el cuerpo. Es el espíritu, la vida personal, la auténtica vida, la que rige lo demás y la que nos facilita estar dispuestos para enfrentarnos a lo imprevisible. El hombre, explicará Don Leonardo, no solo resuelve problemas, sino que también los suscita. Pero ningún animal inventa un recurso; y el hombre sí; y no uno, sino muchos. Todos los sanitarios sabemos y experimentamos que el enfermo, o el personal angustiado sea por lo que sea, necesitan nuestro juego de vectores, y de nuestro espíritu. Y si yo soy el necesitado he de trabajar también esos vectores y proteger mi intimidad.

Sé que esto que son sólo pinceladas. Mi alerta es que, a veces, los problemas los afrontamos mal porque lo hacemos con métodos insuficientes e incluso inválidos. Y también porque el empecinamiento por un resultado nos impide considerar que hay problemas que tienen más de una solución; que los vectores amplían el campo; que la donación natural siempre sana. En definitiva, que plantear toda cuestión de modo certero es acertar en lo que es relevante y el método analítico, que es el que en mi conocimiento del distrés se aplica principalmente, a veces puede provocar más problemas de los que resuelve.

Se sugiere

Termino dejando abiertas estas ventanas, digamos creativas y también curativas; respeto y acepto el empleo de los medios conocidos para evitar el distrés, pero no dejemos de lado que hay que cultivar lo que más sana; contar con que cada persona, con su presencia, aporta nuevas capacidades de acogida y de esperanza.

El hombre no es una máquina y no puede plantearse ni su vida, ni su profesión, desde su eficiencia, o su eficacia o sus fracasos. Lo característico de la verdad de la persona es su integridad dinámica. Ese juego vectorial de conocerse y de darse que es el cuidado y desarrollo de su libertad, de su corazón y de su intimidad, ha de darse él antes que todos sus otros teneres. Somos desde dentro. Así, en la medida de lo posible, nos enriquecemos y nos curamos.

Gloria Mª Tomás y Garrido . Catedrática Honoraria de Bioética. Universidad Católica de Murcia . Académica de número de la Academia de Farmacia Santa María de España

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[1] https://www.wordreference.com/ (Consulta 2/11/2024)

[2] García González, J. El hombre como persona, AEDOS, 2019, pg150-165. La voluntad humana, el yo actuante

[3][3] Cerdá-Olmedo, G. “El hombre ante el sufrimiento y la muerte: cuidados paliativos vs eutanasia”, en Tomás G. y Ferrer M. “Respuestas a la Bioética contemporánea” Textos de Bioética. UCAM, 2012, pg.182-183

[4] https//:www.reverso.net (Consulta 30/11/24)

[5] Sellés, J.F. Teología para inconformes. Ed. Rialp, 2019, pg308-319

[6] Sócrates (470 a. C.-399 a.C) descrito en la obra Apología de Sócrates escrita en el año 399 por Platón

[7] L.Quintás, A. en . “Respuestas a la Bioética contemporánea” Textos de Bioética. UCAM, 2012,, pg.7.

[8] Saint-Exúpery, Citadelle, pg.59

[9] Ferrer, M. “Respuestas a la Bioética contemporánea” Textos de Bioética. UCAM, 2012,pg.10

[10] Pardo, A. Los principios de la Bioética en la docencia: dificultades y propuesta. En Cuadernos de Bioética, núm.112. Vol. XXXIV, 3ª, 2023, pg.297

[11] Conferencia oral, 13 agosto 2024. Puede encontrarse material en el Grupo Investigación Psicología y vida espiritual Joan Baptista Torelló. Pontificia Universidad Santa Cruz Roma.

[12] Cardona, L. en Filósofo, Maestro y Amigo, 278 testimonios sobre Leonardo Polo. Vol. II, EUNSA, pg. 322-336

[13] Un breve, sintético resumen desde los distintos filósofo el realizado por Armando Segura en Almudí. Org. artículos, 27/junio/ 2022 (consulta 9/enero/2025)

[14] Polo, L. Quién es el hombre, un espíritu en el tiempo, 5ª ed. Edic. Rialp, Madrid, pág.102-124,243, 244

Observatorio de Bioética UCV

El Observatorio de Bioética se encuentra dentro del Instituto Ciencias de la vida de la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” . En el trasfondo de sus publicaciones, se defiende la vida humana desde la fecundación a la muerte natural y la dignidad de la persona, teniendo como objetivo aunar esfuerzos para difundir la cultura de la vida como la define la Evangelium Vitae.