¡Sabe a chocolate, pero no es chocolate!
La buena vida y la vida buena
Hay bolsos falsos casi perfectos.
El logotipo. La hebilla. El pespunte. Hasta la bolsa de tela en la que vienen guardados.
A simple vista cuesta descubrir la diferencia. Hay que acercarse. Tocar la piel. Olerla. Observar una costura. Mirar el reverso.
La falsificación no intenta parecer falsa. Su éxito consiste precisamente en parecerse tanto al original que llegue a sustituirlo.
Con algunos alimentos sucede algo parecido.
El envoltorio conserva los colores de siempre. La forma es casi idéntica. Incluso el sabor recuerda vagamente al que conocíamos.
Tal vez al principio lo notemos: una textura extraña, un dulzor excesivo que permanece demasiado tiempo en la boca.
Después, el paladar se acostumbra.
Sabe a chocolate. Sí. Pero no es chocolate.
Cuando saboreamos durante mucho tiempo una imitación puede ocurrir algo más grave que el engaño: olvidamos el sabor del original. Sencillamente, dejamos de notar la diferencia.
Los sucedáneos se han instalado también en palabras que nombran realidades decisivas.
Llamamos descanso a quedar exhaustos ante una pantalla. Comunicación al intercambio incesante de mensajes. Libertad a vivir sin vínculos que comprometan. Amor a la emoción que nos hace vibrar.
No es falso todo lo que contienen esas experiencias. Una pantalla puede entretener y ser útil. Los mensajes pueden acercar. Una emoción puede convertirse en lenguaje.
Buscamos la felicidad en aquello que elegimos. Pero el sucedáneo puede distraernos con su sabor y terminar confundiéndonos.
El placer tiene prisa. Llega, brilla y se apaga. Cuando desaparece deja una satisfacción breve. Enseguida vuelve a tener hambre.
La felicidad, en cambio, puede sentarse junto al dolor sin huir de la habitación. No porque el dolor sea bueno, sino porque no siempre tiene la última palabra.
El placer exige que nada interrumpa su fiesta. Por eso, cuando los confundimos, cualquier sufrimiento parece una avería que hay que eliminar cuanto antes.
El engaño nunca es inocuo. También el cuerpo aprende a confundirse. Cuando nos acostumbramos a sabores prefabricados cada vez más intensos, lo sencillo empieza a parecernos insípido.
El paladar pide más dulzor, más sal, más estímulo. Mientras creemos que solo ha cambiado nuestro gusto, puede estar cambiando también nuestra manera de alimentarnos.
Otras veces el engaño cambia silenciosamente el nombre de las cosas. Las vacía. Separa lo que solo unido puede comprenderse: amor, sexo e hijos; libertad, elección y compromiso; verdad y unidad.
Y un día descubrimos que ya no mostramos lo que somos, sino aquello que creemos que los demás están dispuestos a aprobar.
Hay que parecer felices. Hay que parecer libres. Hay que parecer queridos. Hay que parecer que todo va bien.
La apariencia deja entonces de ser un adorno. Se convierte en una exigencia.
Podemos mirar una misma realidad desde lugares distintos. Podemos no comprenderla por completo. Podemos incluso equivocarnos.
Pero las cosas no cambian de naturaleza porque hayamos perdido el paladar para reconocerlas.
Lo que es, es. Lo que no es, no es.
Quizá llevamos años bebiendo algo que calma la sed, pero no hidrata. Quizá alguna vez conocimos el sabor original y lo fuimos olvidando.
Por eso no basta con arrancar el envoltorio. La verdad no humilla. Tampoco necesita gritar. A veces basta con que roce el paladar y despierte un recuerdo.
Hay una diferencia entre la buena vida y la vida buena.
La buena vida suele tener escaparates. Se exhibe. Se fotografía. Se cuenta.
La vida buena tiene otra densidad. Puede esconderse en una fidelidad que nadie aplaude, en una renuncia que no se publica, en una presencia que permanece cuando habría sido más fácil marcharse.
No siempre produce placer. Pero sí alegría. No elimina el sufrimiento, pero impide que el dolor lo ocupe todo.
No necesita parecer pleno. Tiene densidad interior.
Los sucedáneos resultan tan tentadores porque nos ofrecen el sabor sin la espera; la apariencia sin la consistencia; la emoción sin la entrega; el resultado sin el camino.
Y, sin embargo, siempre falta algo. Al principio apenas lo percibimos. Pero el hambre permanece.
Quizá hemos intentado saciarla con algo incapaz de responderle.
Porque el corazón no fue hecho para conformarse con una imitación del bien. Fue hecho para reconocer el Bien.
Y quizá baste una grieta en el envoltorio. Una costura mal rematada. Un sabor que ya no convence. Una alegría que dura menos de lo prometido.
Entonces alguien acerca a nuestro olfato un aroma de verdad… No necesita explicarlo.
El paladar se detiene. Algo despierta.
Sabe a pan, pero no es pan.
Sabe a vino, pero no es vino.
¡El Amor se ha quedado!
¡Para ser nuestro alimento!
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