Reflexión de Monseñor Enrique Díaz: “Y encontraréis descanso para vuestras almas”
XIV Domingo Ordinario
Monseñor Enrique Díaz Díaz comparte con los lectores de Exaudi su reflexión sobre el Evangelio de este domingo 05 de julio de 2026 titulado: “Y encontraréis descanso para vuestras almas”.
Zacarías 9, 9-10: “Mira a tu rey que viene humilde hacia ti”
Salmo 144: “Acuérdate, Señor, de tu misericordia”
Romanos 8, 9. 11-13: “Si con la ayuda del Espíritu dan muerte a los bajos deseos del cuerpo, vivirán”
San Mateo 11, 25-30: “Soy manso y humilde de corazón”
Nuestro mundo parece caerse a pedazos. Se siembra la desconfianza y se viven situaciones de angustia e inconformidad. En México se cimbra todo el territorio mezclando las celebraciones exageradas de un mundial que no logra ahogar el dolor y la angustia de los desaparecidos, ni las exigencias de seguridad y de justicia. El mundo sufre con las guerras, las manifestaciones y los supuestos controles. Los combates no cesan a pesar de las protestas mundiales, o la indiferencia por lo prolongado del conflicto en muchas otras regiones del mundo. Crisis económicas, crisis sociales, crisis de poder, crisis de la familia, crisis de los valores. Cada día más migrantes en medio de rechazos y discriminaciones, cada día más hambre, cada día más inseguridad… ¿No habrá otro camino para nuestro mundo?
Frente a este mundo incierto y confuso resuenan como fuera de contexto los gritos jubilosos del profeta Zacarías: “Alégrate sobremanera, hija de Sión; da gritos de júbilo, hija de Jerusalén” y no es que el pueblo israelita esté gozando periodos de paz y prosperidad, vive periodos de una gran inseguridad y desconfianza hacia el futuro. Pero es el mismo Dios quien pide a su pueblo que se alegre, que cante, porque Él se acerca justo y victorioso. No viene hasta ellos montado en caballos de guerra, ni en carro armado, sino modesto y cabalgando en un burrito. Dejando a un lado las expresiones de un Dios poderoso que con brazo fuerte destruye a los enemigos, hoy se nos anuncia al Mesías rompiendo las estructuras del poder y de la guerra, para construir una paz que se extenderá a los rincones de la tierra. Es la construcción de un nuevo mundo y de unas nuevas estructuras. Los carros de guerra no tienen sentido entre hermanos; los caballos de combate no se entienden cuando se busca la armonía, y los arcos del guerrero no amenazan la vida de los que llevan nuestra misma sangre. La alegría que anuncia Zacarías está basada en un nuevo pensamiento y en unas nuevas relaciones.
San Pablo también, optimista, afirma que se puede superar el desorden egoísta del hombre y vivir conforme al Espíritu. Es consciente de que el pecado crece y que ha puesto bajo su yugo a la humanidad, haciéndonos vivir como cautivos y esclavos, sujetándonos a su ley y a su paga. Pero la Resurrección de Jesús nos da nueva vida y nos libera de esta esclavitud, por eso ya “no estamos sujetos al desorden egoísta del hombre para hacer de ese desorden nuestra regla de conducta”. Y sus palabras resuenan proféticas y amenazantes: si vivimos de acuerdo a ese “desorden”, ciertamente seremos destruidos. Es la disyuntiva y la amenaza que se ciernen sobre la humanidad actual: necesitamos transformar radicalmente los fundamentos y estructuras de la sociedad para no perecer. No podemos seguir guiándonos por criterios del mundo, del poder, del dinero. Los valores que sembramos en el corazón de la niñez, van dando sus frutos. Y reconocemos que nos hemos dejado deslumbrar por falsos valores que no proporcionan verdadera felicidad y que ocasionan rivalidades, sangre, ambición y egoísmo. Es hora de cambiar profundamente tanto a nivel personal como en la sociedad, tanto en la comunidad internacional como en la familia. San Pablo nos asegura que si nos dejamos guiar por el Espíritu ciertamente viviremos.
Jesús en el evangelio nos trasmite una nueva paz y seguridad con su oración y con sus invitaciones. No es el rey todopoderoso que esperaban los israelitas, ni el sacerdote que viene a restituir la grandeza del templo, ni tampoco el gobernante extraordinario que soluciona todos los problemas del pueblo. Entiende y vive el poder como servicio y donación; el sacerdocio como santificación de la persona, y el reinado como la vida digna para todos por igual. Su forma de construirlo es desde los pequeños, desde los humildes y los pacíficos. Sólo con humildad y paz se puede romper el círculo de la violencia. Pero pacíficos y humildes no son, como alguien quisiera confundir, personas pasivas, sin nervio, sin ánimo, sin pasiones, indiferentes y sin emociones. Basta contemplar a Jesús: cuando es proclamado rey en su entrada a Jerusalén, va en un burrito, pero no duda en bajarse del burro, empuñar el látigo y descargarlo contra quienes se han atrevido a profanar el templo. Reprocha fuertemente a quienes lucran con la fe y el culto. Arde en su corazón el celo por la casa del Señor, “el templo y el sagrado recinto que es cada persona”. Así Cristo nos dice que el manso no es un resignado incapaz de afrontar los problemas, sino quien toma decisiones audaces frente a la injusticia. Si uno no está dispuesto a afrontar los retos y luchar con pasión por la justicia, no puede llamarse manso ni humilde: será irresponsable e indiferente.
La oración de agradecimiento de Jesús tiene este profundo sentido: los más sencillos y humildes son los que se comprometen con la verdad. Los sabios y entendidos, según el mundo, juegan con los sentimientos, buscan ventajas y abusan de su fortaleza. Cristo ha elegido siempre a los pobres y sencillos; no es difícil descubrirlo en su evangelio. Hoy invita a los fatigados y agobiados a que coloquen su corazón junto al suyo para encontrar alivio. Su oración y su invitación son un camino para romper el círculo de violencia y para hacer crecer la esperanza de que es posible construir un mundo con otras formas, con otros ideales y con la base del amor y del servicio. Nos ofrece no sólo su ejemplo, sino que nos invita a poner nuestro corazón, adolorido y confundido, en sintonía con su corazón para recobrar la calma y la paz. Si nos acercamos a Él y seguimos sus ideales podremos encontrar paz y armonía a pesar de los graves retos y dificultades que debemos afrontar.
¿Cuáles valores quiere imponerme el mundo y que no son acordes con el ideal de Jesús? Con Jesús es posible romper el círculo de la violencia, ¿cómo me comprometo en la vida diaria a construir este mundo nuevo?
Padre Bueno, te alabamos y te bendecimos porque has manifestado un amor y una predilección especial por los pequeños y sencillos. Te suplicamos nos des un corazón libre y valiente para construir la nueva humanidad con tu hijo Jesús. Amén.
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