14 abril, 2026

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Reflexión de Monseñor Enrique Díaz: Que la Palabra siempre nos ilumine

XXVIII Domingo Ordinario

Reflexión de Monseñor Enrique Díaz: Que la Palabra siempre nos ilumine
La palabra de Dios © Canva

 

Monseñor Enrique Díaz Díaz comparte con los lectores de Exaudi su reflexión sobre el Evangelio de este domingo 12 de octubre de 2025 , titulado:  “Que la Palabra siempre nos ilumine ”.

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II Reyes 5, 14-17: “Volvió Naamán a donde estaba el hombre de Dios y alabó al Señor”

Salmo 97: “El Señor nos ha mostrado su amor y su lealtad”

II Timoteo 2, 8-13: “Si nos mantenemos firmes, reinaremos con Cristo”

Lucas 17, 11-19: “¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?”

Qué triste se presenta la vida, y lo hemos podido comprobar en primera persona, cuando nos toca avanzar en solitario; cuando por diversas circunstancias, quizás ajenas a nosotros, nos dejan al margen de decisiones, de alegrías  o de los sentimientos de las personas que más queremos. Los leprosos en tiempos de Jesús, gritaban desde lejos, vivían en lugares apartados, no hacían vida social con los demás. Si ya dolía mucho su enfermedad física, más les dolía el considerarse a sí mismos impuros como lo marcaba la ley y “los puros” se encargaban de remarcarlo. Quizás lograran superar los dolores de una piel que se despedazaba sin remedio, pero no superaban el rechazo social y el hecho de que fuera considerada como una maldición divina. Eran, en definitiva, unos muertos en vida. Porque ¿para qué vivir si no puedes vivir con los que más quieres? El hombre no fue hecho para vivir en solitario y cuando es aislado sufre. Y cuando es marginado se siente desesperado e inútil.

 Hablar de lepra o decir leproso, hoy en día, puede causar sorpresa a más de una persona, ya que la mayoría de la población cree que la enfermedad ha sido erradicada del mundo. Sin embargo,  las  instituciones de salud reportan numerosos casos de lepra en nuestro país y en el mundo. ¿Lepra hoy? Por supuesto y no sólo la enfermedad. Hay otra lepra que no se observa a flor de piel pero que los ojos y los semblantes de las personas la denotan. Han florecido otros tipos de lepras y discriminaciones igualmente dolorosas, igualmente injustas e igualmente prejuiciosas. Mujeres expulsadas de sus comunidades o de sus trabajos, migrantes tratados como maleantes peligrosos, bardas que separan mundos de personas distintas pero que en el fondo son hermanas; razas que se creen superiores, personas “vip” que consideran peligroso o inmundo tener contacto con sus “hermanos”…  Hay lepras que duelen porque se consideran “normales”, que se justifican en ideologías puritanas y racistas, que están influidas por posiciones sociales o económicas, o que se sustentan en mentalidades moralistas y aparentemente religiosas.

Hoy también se eleva el grito de media humanidad que desde lo lejos suplica: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». Y su grito duele porque quieren participar de la misma casa de todos, porque quieren compartir con los hermanos, porque buscan que se escuche su palabra. Jesús no se hace sordo, ni en aquel tiempo, ni hoy tampoco. Hoy tiene la misma actitud de escuchar y de reintegrar a todos, sin distinciones, ya que por todos ha dado su sangre. Nosotros necesitamos hacer nuestro el mismo grito y proclamarlo a los cuatro vientos para que se rompan las barreras y las discriminaciones. Sí, gritemos en este domingo: “Ten compasión de nosotros”, pero necesitamos decirlo con convencimiento y no temiendo una afección epidérmica que distorsiona un rostro agradable, sino reconociendo esa otra lepra que destruye familias, que divide pueblos, aquella que deja el alma y el corazón congelados. A nuestro grito tiene que unirse el trabajo serio y constante por una humanidad más solidaria, más humana y más cristiana.

No sé que llame más la atención después del milagro que hace Jesús al reintegrar los diez leprosos a la comunidad: si la gratitud del samaritano o la ingratitud de los otros nueve. La ingratitud se nos hace normal, la gratitud parece extraordinaria y más porque viene de un samaritano. Era el menos apto a los ojos del mundo judío y sin embargo este hombre al verse curado comprendió que más importante que presentarse a la administración religiosa que, en su día, le había marginado, era el correr a tirarse a los pies del Señor, en el que encontraba una acogida, una sociedad nueva que le recibía, una administración religiosa menos estructurada y más misericordiosa que lo  que lo aceptaba como persona con todas sus limitaciones. Y Jesús no le vuelve a decir que se presente a los sacerdotes. Sólo le dice: “Tu fe te ha salvado”. Fe y gratitud unidas en un solo corazón. Una fe que logra no solamente la curación como a los otros nueve leprosos sino que le da la salvación. Fe y gratitud, dos virtudes exquisitas que ennoblecen el corazón. Los esquemas de inmediatismo y eficacia impuestos por la cultura de hoy son pródigos en mecanismos para pedir y exigir favores, pero para la gratitud no queda tiempo. Para vivir la existencia como un regalo de Dios no tenemos dispuesto el corazón. Jesús enseña que el ser agradecidos es parte sustancial de la fe. Elemento indispensable en el trato con Dios. El hombre que cree que todo lo merece cierra la oportunidad a nuevos dones. No todo lo que somos, se debe a nosotros. No todo lo que tenemos, es producto de nuestro esfuerzo. No todo lo que conquistamos, es golpe de la simple suerte. ¡Dios tiene mucho que ver en todo ello!

El Señor Jesús destruye con su cruz el muro de la discriminación y de la intolerancia. Rompe las barreras que hemos creado por diferencias externas y nos enseña que lo importante es la persona, el ser hijo de Dios. Nuestra gratitud por la vida, por la salvación, por su presencia será siempre un inicio de respuesta comprometida a tántos dones y regalos que nos ha dado.

Señor Jesús que nos has mostrado que las barreras y las fronteras sólo destruyen la comunidad,  concédenos superar la lepra del egoísmo y la ambición y danos un corazón alegre y agradecido que comparta con sus hermanos el don de la vida. Gracias por tu gran amor, Señor. Amén

 

 

Enrique Díaz

Nació en Huandacareo, Michoacán, México, en 1952. Realizó sus estudios de Filosofía y Teología en el Seminario de Morelia. Ordenado diácono el 22 de mayo de 1977, y presbítero el 23 de octubre del mismo año. Obtuvo la Licenciatura en Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico en Roma. Ha desarrollado múltiples encargos pastorales como el de capellán de la rectoría de las Tres Aves Marías; responsable de la Pastoral Bíblica Diocesana y director de la Escuela Bíblica en Morelia; maestro de Biblia en el Seminario Conciliar de Morelia, párroco de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, Col. Guadalupe, Morelia; o vicario episcopal para la Zona de Nuestra Señora de la Luz, Pátzcuaro. Ordenado obispo auxiliar de san Cristóbal de las Casas en 2003. En la Conferencia Episcopal formó parte de las Comisiones de Biblia, Diaconado y Ministerios Laicales. Fue responsable de las Dimensiones de Ministerios Laicales, de Educación y Cultura. Ha participado en encuentros latinoamericanos y mundiales sobre el Diaconado Permanente. Actualmente es el responsable de la Dimensión de Pastoral de la Cultura. Participó como Miembro del Sínodo de Obispos sobre la Palabra de Dios en la Vida y Misión de la Iglesia en Roma, en 2008. Recibió el nombramiento de obispo coadjutor de San Cristóbal de las Casas en 2014. Nombrado II obispo de Irapuato el día 11 de marzo, tomó posesión el 19 de Mayo. Colabora en varias revistas y publicaciones sobre todo con la reflexión diaria y dominical tanto en audio como escrita.