Reflexión de Monseñor Enrique Díaz: El Señor es compasivo y misericordioso
XXIV Domingo del Tiempo Ordinario
Monseñor Enrique Díaz Díaz comparte con los lectores de Exaudi su reflexión sobre el Evangelio de este domingo 13 de septiembre de 2026, titulado: “El Señor es compasivo y misericordioso”.
***
Sirácide (Eclesiástico) 27, 33-28, 9: “Perdona la ofensa a tu hermano para obtener tú perdón”
Salmo 102: “El Señor es compasivo y misericordioso”
Romanos 14, 7-9: “En la vida y en la muerte somos del Señor”
San Mateo 18, 21-35: «Yo te digo que perdones no sólo siete veces, sino hasta setenta veces siete”
Si el amor logra hazañas admirables, el odio arrastra a profundidades oscuras. Dos grupos antagónicos se odian a muerte. Las agresiones, los orgullos, el recuento de las ofensas, los ahogan, aunque son conscientes que se están destruyendo no es posible alcanzar ningún consenso. Cada quien en su postura, proyectando peores venganzas, sintiéndose agraviado y nadie con una mínima disposición para pedir o dar el perdón. ¿Reconciliación? En algún momento hasta se dieron la mano, pero todo quedó en palabras y pronto volvieron las agresiones. El corazón del hombre se ciega por los odios y los rencores y no le permite ver la insensatez de las venganzas. Se siente agraviados y no miden sus ofensas. En momentos se dicen palabras que sonarían a perdón, pero dichas con sarcasmo e ironía, producen los efectos contrarios. Y así siguen los dos grupos, viviendo en la misma comunidad, pero destruyéndose, mordiéndose, lastimándose aun sin proponérselo. Todo por no otorgar el perdón.
Tanto en los tiempos de Jesús como en nuestro tiempo el corazón del ser humano está tentado por el odio y la violencia. Las graves matanzas que estamos sufriendo y que dicen son consecuencias de venganzas entre cárteles rivales, los terribles asesinatos y los horrendos crímenes, no se pueden entender de personas con sentimientos humanos, muchos menos cristianos. Cuando hay odio y rencor el sentimiento de venganza atrapa nuestro corazón, se nubla la razón, se endurecen nuestras entrañas y se cometen los más atroces actos. El odio y el rencor no sólo hacen daño a los otros, sino nos hacemos daño a nosotros mismos. Es como un fruto que se pudre para que otros no lo traguen, pero acaba podrido por dentro. Sólo el perdón auténtico, dado y recibido, será capaz de transformar el mundo. Y no sólo en el plano meramente individual; el odio, la violencia y la venganza como instrumentos para resolver los grandes problemas de la humanidad están presentes también en el corazón del sistema social vigente. Hay pueblos, naciones enteras, que se mueven por sentimientos de odios y revanchas.
Quizás la más grande muestra del discípulo de Jesús sea el perdón o, en otras palabras, el amor a los enemigos. Amar a los que nos aman y nos tratan con consideración no tiene ninguna dificultad; pero amar a quien juzgamos que nos ha ofendido, requiere un heroísmo grande y una grandeza de corazón. El perdón es un don, una gracia que procede del amor y la misericordia de Dios. Pero exige abrir el corazón a la conversión, es decir, a obrar con los demás según los criterios de Dios y no los del sistema vigente. Sólo quien se sabe amado por Dios es capaz de amar gratuitamente a los demás, y sólo quien ha experimentado la grandeza del perdón de Dios, será capaz de superar las ofensas y dar de corazón el perdón. Es tratar a los demás como Dios nos ha tratado a nosotros, y muy al revés de lo que nosotros pretendemos cuando somos incapaces de ofrecer siquiera un poquito de lo que hemos recibido. El ejemplo de Jesús es por demás evidente: hemos recibido mil regalos de Dios: la vida, la salud, la familia, el tiempo… y somos malagradecidos ofendiéndolo con nuestros pecados. Recibimos su perdón, solamente porque nos ama. Pero por el contrario, nos sentimos muy indignados cuando un hermano no nos ha ofrecido el saludo, no ha respetado nuestro derecho o nos ha faltado en alguna cuestión. No hay proporción entre el amor que Dios nos otorga y el perdón que debemos ofrecer.
Para Pedro es difícil entender el perdón. Ya el Señor ha dado las recomendaciones para corregir al hermano, ya ha puesto en alto el sentido de la comunidad, y ahora Pedro se muestra impaciente y hasta cansado con “tener que ofrecer” el perdón. El número de setenta implica cantidad y calidad: siempre y de corazón. Pero Jesús lanza aún más lejos: “setenta veces siete”, es decir, el discípulo está llamado a la perfección, igual que su Padre Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos. Estos números nos recuerdan también los que se manejan en el castigo a Caín que buscan romper la cadena de la violencia. Sólo el perdón puede restablecer la comunidad. Es cierto que debe haber corrección, pero debe brotar del amor a la comunidad y al hermano, y no del deseo de venganza. ¿Cuántas familias se han destruido porque un simple enojo se fue transformando en una cadena de rencores y venganzas? ¿Cuántas personas viven amargadas porque un familiar o sus padres, no les dieron el afecto que esperaban o cometieron una equivocación y ahora no son capaces de perdonar? Sólo experimentando el amor que Dios nos tiene, seremos capaces de superar nuestros deseos de venganzas. Si vivimos para Dios seremos capaces de construir un nuevo mundo donde reine la verdadera paz. No esa paz sostenida por las fuerzas y los temores, sino la paz sustentada en la seguridad del amor de Dios Padre.
El libro del Eclesiástico rema contra corriente. Mientras el mundo canta “¡qué dulce es la venganza!”, el Eclesiástico con toda verdad afirma: “Cosas abominables son el rencor y la cólera” y nos asegura que para obtener el perdón, debemos perdonar. Nosotros rezamos diariamente el Padre Nuestro y decimos: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos”. Algunos, eludiendo el compromiso, cambian estas palabras y dicen: “Perdona como nosotros deberíamos perdonar”, pero lo cierto es que nosotros debemos perdonar como hemos sido perdonados. Demos gracias hoy al Señor que nos perdona, porque gracias a su perdón nos sentimos libres, salvados y queridos. Pidamos que nos ayude a romper las barreras de odios y rencores que construimos para protegernos pero que acaban ahogándonos y sofocando nuestro espíritu. Aprendamos de Jesús, busquemos seguir sus huellas. ¿Qué pensará Jesús de esta persona a quien yo no quiero perdonar? ¿Cómo lo ama Jesús si por él dio su sangre? ¿Qué me dice Jesús de mis rencores y de mis odios?
Gracias, Padre Bueno, por el perdón tan generoso que siempre nos otorgas. Míranos con ojos de misericordia y transforma nuestro corazón para que, superando nuestros odios, aprendamos a perdonar y a amar a nuestros hermanos. Amén.
Related
San Juan Macías, 16 de septiembre
Isabel Orellana
16 septiembre, 2026
6 min
Cuando el aula se sube al monte: la insólita peregrinación que transforma la mirada de los profesores de religión
Exaudi Redacción
15 septiembre, 2026
3 min
La procesión se lleva por dentro: la vida humana detrás de la noticia
Valentina Alazraki
15 septiembre, 2026
3 min
Jóvenes, Fe y Rebeldes: Encontrarse con Cristo más allá del perfeccionismo y las expectativas
Se Buscan Rebeldes
15 septiembre, 2026
3 min
(EN)
(ES)
(IT)
