Reflexión de Monseñor Enrique Díaz: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad
2º Domingo Ordinario
Monseñor Enrique Díaz Díaz comparte con los lectores de Exaudi su reflexión sobre el Evangelio de este domingo 18 de enero de 2026 titulado: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.
***
Isaías 49, 3.5-6 “Te hago luz de las naciones para que todos vean mi salvación”
Salmo 39: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”
Corintios 1, 1-3: “A todos ustedes Dios los santificó en Cristo Jesús y son su pueblo santo”
San Juan 1, 29-34: “Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”
Baja el río de la montaña con sus aguas cristalinas, saltando entre las peñas, corriendo entre la barranca y se introduce por medio pueblo. Sus aguas transparentes pronto se tornan opacas pues va recogiendo la basura y desperdicios de toda la comunidad. Le llaman “el río puerco”, a él que es tan limpio y que da tanta vida y belleza. A su paso barre con toda la porquería, pero parece que entre más purifica, más suciedad y desperdicios le arrojan las personas. ¿Se cansará un día el río de purificar y dar vida? Mi río es como esas personas buenas que sólo saben dar amor y bondad. Mi río es como Jesús que no espera agradecimientos, que siempre sigue liberando, purificando y perdonando.
Aunque desde el lunes pasado iniciamos el tiempo que llamamos ordinario, hoy es el primer domingo que retomamos la vida cotidiana para enfrentarnos a los problemas diarios. Hemos dejado atrás las fiestas de Navidad y Año Nuevo y ahora estamos subiendo ya la cuesta de enero. Y la cuesta “cuesta” porque hemos de enfrentar las situaciones ordinarias, pero de una manera extraordinaria y hemos de transformar el camino de cada día en un tiempo de construcción, de siembra y en un llamado a la esperanza. Y este año, por desgracia, tenemos que afrontar un ambiente de violencia, injusticias, dudas y de pobreza creciente. Parecería para desanimar. Pero el verdadero discípulo encuentra razones para sostener su lucha. Hoy San Juan Bautista nos indica la mejor manera de hacer este camino: acompañados de Jesús. Ya en los primeros días hemos ido descubriendo este rostro de Jesús, Emmanuel, Dios con nosotros, pero ahora el Bautista pretende acercarnos a Él, que lo conozcamos íntimamente, nos dejemos tocar, limpiar y fortalecer por Jesús.
La imagen de Jesús que nos ofrece este singular profeta es la del Cordero de Dios. Quizás a muchos de nosotros no nos diga nada esta palabra, o la miremos solamente como una bella imagen campirana, pero para el pueblo de Israel encierra un profundo significado que ojalá nosotros lográramos recuperar y transformar en una imagen actual y motivante. Miremos su significado: el pueblo que vivía en esclavitud se ve liberado por Dios, pero la señal de la liberación es la sangre de un “cordero” rociada en los dinteles de las casas. Así el Cordero aparece como liberador. Cuando el pueblo de Israel tenía sus fiestas anuales, debía purificarse de todos los pecados. En un rito ancestral, escogían un cabrito y, después de arrojar sobre él todas las culpas del pueblo, lo enviaban al desierto para que con él desapareciera toda la maldad del pueblo. Era un bello rito que implicaba arrepentimiento y conversión. La gran fiesta de Pascua y liberación se celebraba participando todos de un mismo cordero en fiesta familiar y comunitaria. Liberación, purificación y sentido de comunidad, se unen en el recuerdo del pueblo. Todos estos signos, experimentados y vividos por los israelitas, deberían acudir a su memoria cuando Juan presenta a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Pero ¿cómo explicarlo y vivirlo en nuestros días? Tendremos que dejarnos tocar Jesús, sentirlo como el gran liberador cuando sentimos que las injusticias nos superan; mirarlo como quien construye la unidad contra el individualismo y el egoísmo; y sabernos purificados y perdonados en un ambiente de corrupción y de pecado.
Con frecuencia los mismos cristianos hemos olvidado el significado de pecado. Lo hemos reducido a una especie de mancha y de impureza en el “alma”, o en un problema sicológico, pero el pecado es algo mucho más profundo: rompe la relación del hombre con sus hermanos, destruye la comunidad, atrofia los sentidos y le hace perder su propia identidad y vocación. Tendremos que reconocer que hay algo que nos impide vivir en plenitud. A esta realidad de injusticia, egoísmo, mentira y ambición, le llamamos pecado. Hay quien se asusta y no quiere llamarle pecado, pero, aunque no le llamemos pecado, estamos experimentando en nosotros, en las estructuras, en la sociedad, esa maldad que impide nuestra felicidad. Por eso cuando Juan nos presenta a Jesús no está indicando una acción moralizante o una limpieza de costumbres, sino que anunciando que Dios está de nuestra parte en esta lucha contra todo mal e injusticia. Jesús nos ofrece todo su amor, su apoyo y fortaleza, para librarnos del mal y poder vivir en armonía, felicidad y plenitud. No podemos permanecer pasivos. Cierto que Cristo quita el pecado y es el único que lo puede hacer, pero su dinamismo nos implica a todos en una lucha sincera, honesta y tenaz contra toda maldad.
Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, pero nosotros somos sus discípulos y también debemos entablar una lucha sin cuartel contra todo lo que sea pecado y no en el sentido escrupuloso de quien ve faltas en todos lados y se asusta, sino contra el verdadero pecado, el que mata y divide, el que provoca hambre y desigualdades, el que engaña y seduce, el que denigra y humilla, el que nos separa de Dios. Jesús juzgó certeramente las mentiras sociales y las mentiras del mundo, y tomó partido por la verdad y por la vida. Empeñó su palabra y transformó la comunidad. Hoy nosotros no podemos ser cómplices silenciosos de tanta injusticia. Callar es pecado cuando se está destruyendo la naturaleza, la fraternidad y convivencia. Hoy también nosotros nos debemos sentir impulsados por el Espíritu para formar este pueblo de santos que ha liberado Jesús. Experimentemos a Jesús que se ha metido en nuestra historia y carga con nuestros pecados, los borra. Hoy su fuerza y su gracia nos acompañan en una lucha sincera contra toda maldad personal y comunitaria. No podemos quedar indiferentes ante el pecado. ¿Qué estamos haciendo para superar el mal y la injusticia? ¿Callamos y convivimos con el verdadero pecado? ¿Cómo aceptamos en nuestra vida esta imagen bella de Jesús Cordero? ¿A qué nos impulsa en nuestra vida diaria?
Padre Bueno que nos llamas a una vida plena y en Jesús nos ofreces el don del Cordero que quita el pecado, concédenos la sabiduría para distinguir el mal y la fortaleza para sostenernos en la búsqueda del bien. Amén.

Related
¿Qué más pude hacer por ti?
Monseñor Gilberto Gómez González
02 abril, 2026
3 min
San Francisco de Paula, 2 de abril
Isabel Orellana
02 abril, 2026
6 min
San Ludovico Pavoni, 1 de abril
Isabel Orellana
01 abril, 2026
6 min
Las mejores vocaciones están en esta mesa
Se Buscan Rebeldes
31 marzo, 2026
6 min
(EN)
(ES)
(IT)
