“Dejadlos crecer juntos hasta la siega”: Comentario del P. Jorge Miró
Domingo 19 de julio de 2026
El P. Jorge Miró comparte con los lectores de Exaudi su comentario al Evangelio del domingo 18 de julio de 2026 titulado, “Dejadlos crecer juntos hasta la siega”.
Esta Palabra nos invita a tener una mirada de fe sobre toda la vida y también sobre el misterio del mal, misterio que nos sorprende y que nos desconcierta; un misterio que lo tenemos muy cerca de nosotros, porque todos experimentamos el mal en el mundo; y lo experimentamos también en nuestro corazón.
Por eso el Señor nos quiere dar una palabra para que podamos mirar desde la fe este misterio y no vivamos ni asustados, ni sobrecogidos, ni derrotados con el misterio del mal.
Por una parte, tenemos la herida del pecado original que hace que vivamos con la concupiscencia, que es la una tendencia que hay en nuestro corazón que nos lleva al desorden. Y una tendencia quiere decir que si no haces nada, pues vas hacia el desorden.
Para que no se desordene tu vida hay que hacer cosas, has de vivir con el Señor, has de combatir el combate de la fe, has de vivir la vida cristiana, y eso nos hace tener que discernir para saber que no puedes vivir sin más dejándote llevar por los deseos de tu corazón herido, porque a veces te dejarás llevar por el mal, y harás lo que dice San Pablo: hago el mal que no quiero hacer, y el bien que quiero hacer muchas veces no lo hago (cf. Rom 7, 14).
Y por eso esta palabra es una llamada a la conversión, a la conversión constante del corazón. Y la primera conversión es no vivir dejándonos llevar simplemente por nuestros deseos ni por las modas del mundo, sino que nuestros deseos y nuestras apetencias estamos llamados a discernirlos, a iluminarlos con la luz de la Palabra de Dios, y por tanto cada día a la hora de vivir tenemos que preguntarnos si lo que desea mi corazón es bueno, si es lo que el Señor quiere para mí, si me conviene o no; o si, por el contrario, lo que aparece en mi corazón es la cizaña que ha sembrado el maligno en mi corazón.
En tu corazón el enemigo siembra la cizaña de la soberbia, la autosuficiencia, la rebeldía, el desencanto, la queja, la amargura… Quiere hacerte dudar del amor de Dios, hacerte creer que tus planes y tus criterios con mejores que los de Dios; quiere hacerte creer que tú sabes más que Dios, que eres dueño de tu vida y de tu historia, que tú sabes mejor que nadie qué es lo que te conviene…
En la relación con tus hermanos siembra la cizaña de la envidia, el juicio, la murmuración, el rencor, el resentimiento… Quiere hacerte dudar de que tu hermano sea un don, para que empieces a mirarlo como un rival. Y así te va incapacitando para tener una mirada de misericordia, para mirarlo como Dios lo ve.
En la relación con tu comunidad siembra la cizaña de la rivalidad, el protagonismo, la división… Te va haciendo olvidar que los carismas los has recibido gratuitamente. Y los has recibido no para tu lucimiento personal, sino para el bien común. Te lleva a buscar tu proyecto de comunidad, y eso fácilmente te lleva a despreciar al pobre, al débil, al pecador…
Y este combate lo vamos a vivir hasta el último día de nuestra vida, y por tanto, ten paciencia contigo mismo. No te asustes ni te escandalices de tu debilidad. En tu debilidad has de aprender a vivir el bien. Todos somos pobres y débiles, y estamos llamados a aprender a vivir nuestra debilidad.
La debilidad nos tiene que llevar a la humildad, a vivir cada día agarrado al Señor. La humildad que nos ha de llevar a confesar nuestros pecados, a pedirle perdón al Señor por nuestros pecados y a volver a comenzar todas las veces que haga falta.
Y, por otra parte, esta mirada de fe también es sobre el mal que hay en el mundo.
¿Cómo se combate el mal? Pues San Pablo nos lo dirá también, el mal se combate con el bien.
Con esa mirada de fe, no viviremos escandalizados, ni acobardados, sino agarrados a Jesucristo, teniendo la certeza de que con Él tenemos asegurada la victoria.
Además, tú puedes vivir cada día colaborando con el cizañero, hurgando en las heridas de los demás, azuzando fuegos, ¡cargado de razones!… o puedes vivir colaborando con el Espíritu consolador, que viene en ayuda de nuestra debilidad, y te hace descubrir que Dios te ha dado las manos no para herir, sino para curar y ayudar; la lengua, no para maldecir, sino para alabar y consolar; el corazón, no para odiar, sino para amar y perdonar.
¡Ven Espíritu Santo! (cf. Lc 11, 13).
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